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PARCELA DE CIELO.
VA DE LETRAS.
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PARCELA DE CIELO. PREÁMBULO.

PARCELA DE CIELO. El Castillo.
Sindicación
 
PARCELA DE CIELO. El Castillo.
El interno ha detenido sus pasos y alza la vista hacia la parcela de cielo restringida por el perímtro escabroso de los muros y sus perfiles superiores, en el patio del pabellón de tropa.
Una vaga intuición le ha indicado que tal vez ahora se deje observar el cernícalo habitual en ese cielo del Castillo, con su peculiar ala izquierda maltrecha, mermada, que no le impide trazar las raudas piruetas aéreas con total señorío y desenvoltura. Pero no, el ave no asoma hoy tampoco. No puede andar lejos, ésta es su zona de oteo predilecta; un momento u otro surcará la parcela, una y tantas veces, a lo suyo, planeando, virando, incluso parándose en el aire. Es un cielo ahora apenas azul, con unas nubes difusas, muy altas: tan pronto asemeja infinita expansión y profundidad como aparece obturado, opaco a partir de un plano próximo, se diría que pintado en un hipotético techo del patio. ¿Cual de las dos impresiones es el efecto óptico y cual es la realidad? Si pasara el cenícalo la parcela recobraría al instante sus magnitudes propias, estabilizadas; la rapaz posee ese don, deshace equívocos, restaura referencias y, a la vez, prodiga sugerencias.
Pero ni un extraviado gorrión. Hace unas horas la parcela era un inexorable fulgor, imposible de encarar, quién lo diría ya, prematura sumisión al prematuro atardecer. Pronto se mostrará acaso salpicada de estrellas recónditas, densa y diáfana, cuando el cielo nocturno manifieste intacto su despliegue ancestral. Y unos minutos, también la luna cruzará la parcela. Es probable que el recluso tampoco acierte a contemplarla.






Lleva nombre de santo insigne, pare de la Virgen, este penal militar en una piramidal isla volcánica de esta parte del atlántico, transcurriendo los inicios del verano de mil novecientos ochentaidós. Es el Castillo de San Joaquín, de construcción contemporánea en un enclave singular que en épocas antiguas se habría catalogado como estratégico. Se cimenta en un leve promontorio al borde de una brusca depresión que se desliza extensa hasta el mar a escaso trecho, por un lado. Mientras por el otro, la fachada principal del edificio se encuentra flanqueada en parte por los estriados y profundos barrancos que descienden de cotas superiores, y en parte por la barriada suburbial aposentada a orillas de la carretera con ininterrumpida cuesta que empieza a escalar la isla. El contraste entre las dos zonas contiguas al Castillo, el inmediato este marino y el inmediato oeste escarpado, resulta increíble por demasiado antagónico en el aspecto estético, paisajístico, y demasiado paradigmático bajo un simplificado enfoque clasista-sociológico. Ladera arriba del Castillo, marginado hasta por la también humilde pero altiva y compacta barriada de la carretera, diseminado por las diversas quebradas, se presencia un infortunado enjambre de barracas habitadas por familias enteras, carentes tanto de agua corriente como de electricidad. Confortada resignación y calenturientas inquietudes bajo tejados de placas onduladas de cinc, entre cascotes, chapas oxidadas y paupérrimos gallineros y corrales indiferenciables de las propias viviendas, evitando el fondo de los barrancos en cuya maleza de frondosidad impenetrable pululan ratas colosales. En oposición, ladera abajo del Castillo, residencial urbanismo blanco y sofisticadas, que no menos calenturientas, actitudes arraigadas en el lujo, emanando del ocio rodeado de tupidas alfombras de cesped tierno y piscinitas azules. Más abajo, la ciudad clara desparramada junto al puerto, el océano oscuro plagado de olas segmentadas y espumosas. Una fragancia tibia en la brisa. Y en el confín del horizonte, si la atmósfera es favorable, tal vez la isla de enfrente muestre su silueta.
No