LA HORA AZUL. Tan mala que parece imposible.
He leído minuciosamente hasta la página doscientos y pico, aburrido y asombrado de lo pésima que puede llegar a ser una novela publicada a bombo y platillo como flamante Premio Herralde, en su edición XXIII. Al aproximadamente centenar de páginas restantes les he echado una pasada rápida muy por encima, por si acaso al final la cosa se arreglaba ni que fuera un poquito, pero no, qué va., esta novela no se arregla ni con esparadrapo.
Jamás me he topado con un teórico argumento con tanto potencial absoluta y penosamente desaprovechado. Este argumento fue precisamente el causante de que adquiriera el libro con muy buena motivación para leerlo, a pesar de no conocer para nada al tal Alonso Cueto, el autor, peruano para más señas, 1954. (imagen)
¿Y cual es ese argumento tan interesante que se anuncia en la engañosa promoción de la novela? Perú, años ochenta, Sendero Luminoso, Terrorismo maoista contra el Estado, guerra sucia con todas sus trágicas consecuencias, como el secuestro por parte del ejército de una muchacha campesina para ser, como tantas, vilipendiada en toda regla. Pero el comandante del destacamento resula que se encapricha de ella y la convierte en su concubina forzada y privada hasta que un día la chica consigue escapar para más tarde rehacer su vida, a pesar del trauma. Pues bien, resulta que unos años más tarde, el hijo de ese comandante, reconocido abogado limeño, se entera de la historia, y le entran unas ganas locas por conocer los detalles de las tropelías de su padre, ya fallecido, así como una extraña fascinación por el personaje encarnado en esa mujer de la que su padre abusó y se encariñó.
Con este material, alguien con un mínimo de talento, construye una novela sólida y aprovechable, ya no te digo si lo trabaja el escritor peruano por antonomasia, no lo nombro, una obra maestra de mucho cuidado, sin ninguna duda. Historia de Mayta está por estos ambientes, del escritor peruano por antonomasia que no voy a nombrar en esta reseña. Y es verdaderamente magistral.
Prefiero no entrar en pormenores de cómo el tal Cueto, el autor, destroza toda posibilidad de rentabilizar literariamente ese tesoro argumental a base de tanta torpeza y hasta, diría, inexplicable desgana, por no excederme. Pero como mínimo sí debo constatar algunas claves de porqué resulta tan penosa la lectura del libro. El desarrollo de la acción, cuando se genera, es siempre poco creíble, acartonado, teatral, o directamente ridículo, como el episodio de la muchacha cautiva cuando se fuga del cuartel. Por otra parte el relato abusa de una cotidianidad insulsa, poco relevante, repetitiva, carente de profundidad o simbolismo respecto no sólo al supuesto argumento de la novela, sino como ente autónomo. Con demasiada frecuencia, el personaje protagonista, que no es otro que el abogado mencionado, se arranca con pequeñas reflexiones que no vienen a cuento de nada, y además absolutamente irrisorias en el peor sentido, por no decir estúpidas. Palabras y más palabras prescindibles, texto vacío, divagación en medio de la nada. La secuencia de los diálogos es burda, pésima, insoportable. En conjunto y en definitiva, pueril.
Vaya nivel ínfimo el de este XXIII Premio Herralde. Y vaya desvergüenza la del jurado y de la banda de críticos a sueldo que ensalzan semejante bodrio en las solapas de la novela.

Editorial Anagrama. 2005.
La única cosa meritoria y bonita que tiene el libro, es la mestiza guapa que aparece en portada, se supone que asemejándose a la protagonista, aunque sólo consta de tal foto un escueto y aséptico copyright que no revela nada de nada, como todo lo demás.
Jamás me he topado con un teórico argumento con tanto potencial absoluta y penosamente desaprovechado. Este argumento fue precisamente el causante de que adquiriera el libro con muy buena motivación para leerlo, a pesar de no conocer para nada al tal Alonso Cueto, el autor, peruano para más señas, 1954. (imagen)
¿Y cual es ese argumento tan interesante que se anuncia en la engañosa promoción de la novela? Perú, años ochenta, Sendero Luminoso, Terrorismo maoista contra el Estado, guerra sucia con todas sus trágicas consecuencias, como el secuestro por parte del ejército de una muchacha campesina para ser, como tantas, vilipendiada en toda regla. Pero el comandante del destacamento resula que se encapricha de ella y la convierte en su concubina forzada y privada hasta que un día la chica consigue escapar para más tarde rehacer su vida, a pesar del trauma. Pues bien, resulta que unos años más tarde, el hijo de ese comandante, reconocido abogado limeño, se entera de la historia, y le entran unas ganas locas por conocer los detalles de las tropelías de su padre, ya fallecido, así como una extraña fascinación por el personaje encarnado en esa mujer de la que su padre abusó y se encariñó.Con este material, alguien con un mínimo de talento, construye una novela sólida y aprovechable, ya no te digo si lo trabaja el escritor peruano por antonomasia, no lo nombro, una obra maestra de mucho cuidado, sin ninguna duda. Historia de Mayta está por estos ambientes, del escritor peruano por antonomasia que no voy a nombrar en esta reseña. Y es verdaderamente magistral.
Prefiero no entrar en pormenores de cómo el tal Cueto, el autor, destroza toda posibilidad de rentabilizar literariamente ese tesoro argumental a base de tanta torpeza y hasta, diría, inexplicable desgana, por no excederme. Pero como mínimo sí debo constatar algunas claves de porqué resulta tan penosa la lectura del libro. El desarrollo de la acción, cuando se genera, es siempre poco creíble, acartonado, teatral, o directamente ridículo, como el episodio de la muchacha cautiva cuando se fuga del cuartel. Por otra parte el relato abusa de una cotidianidad insulsa, poco relevante, repetitiva, carente de profundidad o simbolismo respecto no sólo al supuesto argumento de la novela, sino como ente autónomo. Con demasiada frecuencia, el personaje protagonista, que no es otro que el abogado mencionado, se arranca con pequeñas reflexiones que no vienen a cuento de nada, y además absolutamente irrisorias en el peor sentido, por no decir estúpidas. Palabras y más palabras prescindibles, texto vacío, divagación en medio de la nada. La secuencia de los diálogos es burda, pésima, insoportable. En conjunto y en definitiva, pueril.
Vaya nivel ínfimo el de este XXIII Premio Herralde. Y vaya desvergüenza la del jurado y de la banda de críticos a sueldo que ensalzan semejante bodrio en las solapas de la novela.

Editorial Anagrama. 2005.
La única cosa meritoria y bonita que tiene el libro, es la mestiza guapa que aparece en portada, se supone que asemejándose a la protagonista, aunque sólo consta de tal foto un escueto y aséptico copyright que no revela nada de nada, como todo lo demás.





