<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Pecios, hurtografías y demás]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[Cuentos y relatos a la deriva]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[Hurtografía]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200604]]></issued><modified><![CDATA[200604]]></modified><created><![CDATA[200604]]></created><summary><![CDATA[Hurtografía]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Hurtografía]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_42.htm"><![CDATA[—¿De qué sirve escribir? Yo escribo. Sí, vale, ¿y qué? ¿Crees que alguien podría vivir sin leer nunca lo que escribo? Por supuesto que sí.<br/><br/>—También hay quien vive sin haber leído a Proust, o a Cortázar, o a Calvino.<br/><br/>—Pero nos pavoneamos demasiado por el hecho de escribir. Escribir no tiene mérito.<br/><br/>—Lo importante es lo que se escribe.<br/><br/>—Eso es. Y el hecho de crear, de dejar de una vez por todas las imitaciones y las estructuras. De pisotear las reglas, los compases y los tropos. Las cosas por su nombre primigenio. <br/><br/>—Deliras.<br/><br/>—Es el calor, las palabras se me amontonan y no consigo hilvanarlas. Mejor hablemos de otra cosa. <br/><br/><br/>—De dónde vamos a cenar hoy, podemos ir al italiano de la calle Pereza, ¿te parece?<br/><br/>—Pereza, parece, perece… Cuando has probado un italiano ya todos son iguales.<br/><br/>—¿Has leído lo último de Andrés?<br/><br/>—¿Qué Andrés?<br/><br/>—Me lo imaginaba, ¿ves?, y sigues vivo, sin notar que te falte algo, sin embargo cuando lo leas, te parecerá que la realidad ya no puede ser como era antes de hacerlo.<br/><br/>—Creí que íbamos a hablar de comida y restaurantes. <br/><br/>—De cuentos y libros.<br/><br/>—Hablar por hablar es una mierda, se te van las ideas en un castillo pirotécnico.<br/><br/>—Sí, divagar, divagabundear, divagador divalente.<br/><br/>—¿Qué tal un guiso de Ambrosio?<br/><br/>—Quita, qué pesadez.<br/><br/>—Pásalo, que te vas a quemar las uñas.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Dentelladas de tiburón]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200602]]></issued><modified><![CDATA[200602]]></modified><created><![CDATA[200602]]></created><summary><![CDATA[Dentelladas de tiburón]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Dentelladas de tiburón]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_41.htm"><![CDATA[<br/>La lluvia había lavado la noche y el lunes era luminoso como la antesala de una buena noticia. Una mañana bucólica llena de trinos y alegría. En días así siempre encuentro un buen polvo. Por desgracia yo seguía barriendo las colillas del parque y ahí era difícil un buen contacto. Cómo entré a trabajar en el zoológico es otra historia, un despropósito de casualidades y un culo de infarto. Ya la contaré en otro momento.<br/><br/>Bueno, ese lunes magnífico yo estaba, como he dicho antes, haciendo mi trabajo tranquilamente cuando un grito en el acuario llamó mi atención. Fue más bien una exclamación y era femenina. No la había visto entrar, así que como tenía ganas de un pitillo y de esconderme del sol me metí en el túnel a curiosear. Y por si acaso. El cambio de luz me puso cara de asombro, estirando las cejas y descolgando la mandíbula, como si el tener la boca abierta ayudara a los ojos. Al poco distinguí una sombra enorme, ya pensaba que era una mujer de opulencia grasienta cuando la sombra se transmutó en una pareja. La chica tenía buen tipo, así desde lejos hubiera dicho que un seis. Encendí el cigarrillo y me acerqué. El tipo le pasaba un brazo por los hombros y le señalaba algo a lo alto del cristal. Ella asentía sin decir ni mu. Cuando estuve detrás de ellos vi que él le indicaba con la cabeza los tiburones y le susurraba algo que no llegué a oír. Me fijé bien en el cuerpo de la mujer, me había equivocado, tenía un culo perfecto así que la cosa subía a un ocho por lo menos. ¿Que no sabéis qué es un culo perfecto? Pues lo cuento en otro momento que ahora se me va el hilo.<br/><br/>Bien, la mujer se dio cuenta de que yo estaba detrás de ellos y mirando de reojo preguntó en voz alta:<br/><br/>—¿Y por qué está herido?<br/><br/>—No lo sé, pero es magnífico. Fíjate qué fuerza, qué poder…<br/><br/>Yo me adelanté y carraspeé.<br/><br/>—Esa es la hembra. Las dentelladas se las da el macho durante el apareamiento.<br/><br/>El tipo, que tenía el bigote espeso y mirada de chulo, me dirigió un gesto despectivo con la barbilla. Sin embargo ella me miró directamente a los ojos arrugando un poco el entrecejo. Seguí con tono interesante.<br/><br/>—El macho le muerde las aletas durante un buen rato antes del coito propiamente dicho.<br/><br/>Eso pareció interesar al hombre.<br/><br/>—¿Cuánto es un buen rato?<br/><br/>—Joder, pues un buen rato —yo me aburrí de tener la cabeza mirando para arriba. Me dolían las cervicales y todo.<br/><br/>—¿Y luego?<br/><br/>Me encogí de hombros, no me caía bien así que no le conté más. Ella agachó la cabeza y con un hilo de voz volvió a hablar.<br/><br/>—¿Pero por qué le hace tanto daño? Esas marcas parecen tan dolorosas…<br/><br/>—Lo son —dije mientras él la cogía del brazo y tiraba acercándola—. Verá, a veces las hembras mueren durante el período de celo, deben soportar a varios machos que la cortejan. La naturaleza es así —y me encogí de hombros.<br/><br/>—Ya lo has oído cariño —él bajó el tono casi susurrándole al oído—, la naturaleza es así. Y la naturaleza es sabia.<br/><br/>Ella miraba al suelo. Él me sonrió con asco, me dio las gracias y de un leve tirón se la llevó hacia fuera. Ni siquiera me dio tiempo a ver el color de sus ojos. En fin, tiré la colilla, le di un pisotón, que otro la barra que no es mi sitio, y me fui a la mañana luminosa y calentita.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Lectura recomendada]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200602]]></issued><modified><![CDATA[200602]]></modified><created><![CDATA[200602]]></created><summary><![CDATA[Lectura recomendada]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Lectura recomendada]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_40.htm"><![CDATA[<br/><br/>Acabo de leer <i>Resan till isberg</i>, de <b>Ingemar Mårtesson</b>, creo que aún no ha sido traducido al castellano. Es una brillante narración en clave de aventura en la que Mårtesson –es lo primero que leo de él- va asombrándonos con los grados, siempre ascendentes, de la estupidez humana. Todo empieza cuando a Churchill se le ocurre la genial idea de utilizar un iceberg como base aérea durante la segunda guerra mundial, lo que pretenden es hacer un portaaviones y remolcarlo hasta Japón. El jefe científico de la expedición junto con el capitán de la nave, hacen una pareja hilarante, enfrentándose la mente curiosa y propicia al asombro del hombre de ciencia contra la pragmática y cuadriculada del militar. Las situaciones en el barco se van haciendo cada vez más estrambóticas y la narración degenera en una aventura fantástica llena de seres cuasi-irreales. El final… el final es lo mejor de la novela, que por cierto no supera las ochenta páginas, una lectura muy recomendable.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[La cucaracha]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200602]]></issued><modified><![CDATA[200602]]></modified><created><![CDATA[200602]]></created><summary><![CDATA[La cucaracha]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[La cucaracha]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_39.htm"><![CDATA[<br/>     Antes de ponerme las lentillas era un pegote pardo en el espejo, por un momento me pareció una amorfa e inesperada verruga en mi mejilla izquierda. Una vez dominada la hipermetropía, se reveló en el espejo, con sus seis patitas, sus largas antenas, su coraza marrón. Se resbalaba poco a poco en la tersura del cristal, andaba un poco, se detenía y volvía a deslizarse. El primer impulso, después de saltar hacia atrás, fue el de aplastarla, pero intuía que de un zapatazo podría romper el espejo. Casi inmediatamente me di cuenta de su indefensión, de la imposibilidad de escapar, y la observé con curiosidad.<br/><br/>     La cucaracha movía lentamente las antenas ante ella misma, aunque en realidad tan sólo ejecutara una danza al unísono con la otra cucaracha, de patas heladas y resbaladizas, que seguía sus movimientos sin dudar ni un instante. A veces, sin previo aviso, golpeaba a la otra con insistencia, procurando una respuesta que no llegaba. Debía estar estupefacta maravillada turbada fascinada con aquella aparición.<br/><br/>     Sonreí a mi imagen del espejo. Me devolvió la sonrisa. Alargué la mano y toqué la fría palma de mi reflejo. Un escalofrío me atacó. Me retiré, me agaché, cogí mi zapatilla y uní las dos cucarachas en un solo manchurrón blando y parduzco.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El amor, el amor... qué poca cosa es eso del amor]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200601]]></issued><modified><![CDATA[200601]]></modified><created><![CDATA[200601]]></created><summary><![CDATA[El amor, el amor... qué poca cosa es eso del amor]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El amor, el amor... qué poca cosa es eso del amor]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_38.htm"><![CDATA[<br/><br/>No sabría decirte: <br/><br/>Es intuir a una persona antes de verla, de olerla, o de oírla. Y saber.<br/><br/>Es como una canción, enamorado de la vida aunque a veces duela, de la que no te puedes escapar sin saber porqué, si tengo frío busco candela, que se enrolla impaciente a tus pensamientos, enamorao de la vida aunque a veces duela, si tengo frío busco a mi abuela, entrometiéndose y zancadilleando cada frase que intentas hilar, volando voy volando vengo y por el camino yo me entretengo. Y no importa que esté ahí.<br/><br/>Es una risa que no te alegra, o como cuando una lágrima te enardece de felicidad. Contradictoriamente lógico, o viceversa; y no necesito explicarlo que la propia palabra ya se esclarece: vice y versa. <br/><br/>Es oler un perfume y zas, ya la estás viendo. <br/><br/>Mantener la cabeza bien erguida, abrir las fosas nasales, inspirar (pausa), legión de sensaciones, dejar a millones de neuronas trajinando para dilucidar qué corresponde a quién, quién a cuándo cómo dónde, espirar (pausa), para descompensar el equilibrio del recuerdo y trastabillar lugares y tiempos y ojos. No usar sin prescripción facultativa o bajo la supervisión de su abuela, que ya ha visto lo que había que ver y ha gastado la vasija del asombro. En caso de duda: arriésguese. <br/><br/>Andar con la cabeza a ras del adoquinado, siguiendo un rastro presentido, bufando al viento y mordisqueando la hierba improbable; no es una postura cómoda, los riñones se han acostumbrado al bipedismo, un retroceso antinatural pero admitido, sin embargo es la mejor manera de encontrar esa certeza primigenia que permite largar un es para siempre sin que tiemble la voz ni que aflore la risa.<br/><br/>Señoras y señores, sepan ustedes, que la flor de la noche (mano alzada para un brindis): para quien la merece.<br/><br/>No hay color. Los ejercicios amatorios de carretera son masturbaciones con ayuda profesional; y es cierto que hay una turbación en el placer nefando que atrae y repele; y las acrobacias pornográficas del celuloide consiguen el mismo asombro certero que las del equilibrista circense: se puede hacer, pero es imposible. Son lógicamente contradictorios. Pero no hay color.<br/><br/>Eso es el amor, ¿no? Inasible, alborotador, el alma del sarao, y a la vez hipnótico, sedante, sosegado.<br/><br/>La madre ama a su hijo, y este a ella, porque son cómplices del dolor primigenio. Uno fue en el vientre de la otra, y una vez dado a la luz, después de esa expulsión forzosa al dolor, un fogonazo de amor les ilumina y les une para siempre. Y… ¿acaso por la misma razón se ama también a la mierda? (como si pensara) Visto así, qué poca cosa es eso del amor.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[El jorobado]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200601]]></issued><modified><![CDATA[200601]]></modified><created><![CDATA[200601]]></created><summary><![CDATA[El jorobado]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[El jorobado]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_37.htm"><![CDATA[<br/><br/>Andaba a largos pasos, con las caderas balanceándose acompasadas, el brazo izquierdo extendido llevaba la mano flotando a poca distancia del cuerpo, la suficiente para que fuera acariciando los árboles que salpicaban la acera a pocos pasos unos de otros. Así toda la calle. Cuando se perdió de vista me quedé pensando sobre el motivo de aquello. ¿Por qué esas caricias? Un espíritu noble y limpio en armonía con la naturaleza, que se siente obligado a pedir disculpas por las barbaries de su especie. Es una mujer solitaria, que cada día rememora los paseos por el bosque con su antiguo amor juvenil. Es, más bien, un acto de contrición, o una promesa religiosa, o una penitencia.<br/><br/>Al día siguiente, mientras me colocaba el gabán sobre los hombros y maldecía la joroba que me agriaba el carácter, pensé de nuevo en ella. ¿Por qué lo haría? Salí a la calle con la imagen de aquella mujer acariciando las cortezas de los árboles, y ese acto se convirtió en un enigma a resolver. En vez de acudir como siempre a la consulta del fisioterapeuta -lo único que me obligaba a salir de casa-, me fui enfrente de la puerta de dónde la vi salir el día anterior. La esperé sin saber qué haría, ¿volvería a acariciar los árboles? Acaso sólo fue una tontería, un arrebato momentáneo. Ahí sale, se detiene un momento; ahí va, el brazo extendido, la mano acariciando. Incluso me ha parecido ver una sonrisa, quizás dirigida a mí, ya que me miraba cuando sus labios se destensaron y dejaron entrever sus dientes. Un alma bella y limpia que no se mofa de mi defecto. Debía ser una buena conversadora. Si tuviera valor le invitaría a un café.<br/><br/>Dos semanas la observé, dos semanas hizo lo mismo. Esa mujer tocando suavemente la corteza se convirtió en el motivo para salir de casa. Luego me iba al parque intentando descubrir si alguien hacía lo mismo. ¿Por qué? Al decimoquinto día no pude resistirme y me acerqué a preguntarle. Fui discreto, educado, excesivamente comedido, pero nada de eso ocultaba mi curiosidad.<br/><br/>-Es por usted -me dijo. Mi cara debió resultar suficientemente explícita porque continuó:- Esa joroba que tiene me obliga a tocar madera treinta veces seguidas, desde pequeña tengo esa superstición.<br/><br/>Como no dije nada asintió como saludo y se fué. Yo también me fui a casa.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[hurtografía]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200601]]></issued><modified><![CDATA[200601]]></modified><created><![CDATA[200601]]></created><summary><![CDATA[hurtografía]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[hurtografía]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_35.htm"><![CDATA[<br/>Abro la puerta del portal y la calle no es la misma. Me fijo bien en la acera: tiene plaquetas de granito rosado y las juntas están ligeramente separadas; me fijo bien en el asfalto: oscuro como si estuviera recién echado y liso como la obra de un peón caminero maniático. Las farolas son de un hermoso hierro forjado. Definitivamente las administraciones mejoran, vaya obra han hecho en sólo una noche.<br/><br/>Sin embargo, cuando comienzo a andar dirección al metro, vislumbro por el rabillo del ojo que la casa de mi vecino no es la casa de mi vecino. También la han cambiado, ahora tiene un marmóreo friso griego y un enorme portón oscuro. Me fijo mejor: todos los edificios, excepto el de mi piso, han sufrido enormes mejoras, radicalmente mejores. Me alegro por ellos, pero por qué no el mío. Quizás la comunidad de propietarios no haya estado atenta a las subvenciones, quizás no estemos al corriente de algún pago.<br/><br/>Justo del edificio de enfrente sale un hombre vestido de riguroso luto, con su bombín hasta las cejas y el paraguas en ristre. Se para en seco cuando ve la calle, le pasa lo que a mí, no se lo esperaba. Me acerco a él y le doy los buenos días.<br/><br/>– Ya han vuelto a hacerlo –me dice un tanto enfadado–, no hay derecho.<br/>– No hay derecho –le respondo.<br/>– Aprovechan la noche los desalmados. No hay derecho. Antes estaba mucho mejor.<br/>– Dónde va usted a parar.<br/>– Voy a formalizar una reclamación ante la administración competente.<br/>– Hace usted bien, está en su derecho. Qué se habrá creído esta administración.<br/><br/>Se va gesticulando y hablando solo. De vez en cuando señala con el paraguas algún mobiliario urbano, como adjuntándolo a la reclamación. Continúo en mi camino a la boca del metro. Una mujer sale de una casa enorme a pocos pasos delante de mí. Da un pequeño grito y empieza a saltar de alegría.<br/><br/>– Qué bien, por fin nos ha tocado una calle en condiciones.<br/>– Sí, qué suerte, ¿verdad? –le contesto.<br/>– Hace años que vengo soñando con una calle tan bonita.<br/>– Alguna vez tenía que tocarnos.<br/><br/>Sale gente de los edificios, algunos blasfeman, otros se alegran, algunos se rascan la cabeza. Uno de estos se me acerca.<br/><br/>-¿Quién ha hecho esto?<br/>-El ayuntamiento, seguramente.<br/>-Incorrecto. Yo soy el subsecretario del adjunto al director de la comisión urbanística de la concejalía de obras y servicios, división del distrito B del ayuntamiento. No nos consta que debiera realizarse la obra. ¿Serán los anarquistas?<br/>-Malditos rebeldes inconformistas.<br/><br/>Se va con los brazos desarticulados, como aspas rotas de molino, agitándose de cintura hacia arriba. La ciudad es pequeña, recoleta y llena de movimiento, si tengo suerte podré encontrar más gente que descubre que le han cambiado la calle.<br/><br/><br/><br/>del libro <i>Apologías y disparates</i>, de <b>Tadeus Ratzinski</b>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Tengo que decirte algo...]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200512]]></issued><modified><![CDATA[200512]]></modified><created><![CDATA[200512]]></created><summary><![CDATA[Tengo que decirte algo...]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Tengo que decirte algo...]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_34.htm"><![CDATA[<br/>Tengo que decirte algo, me dijo Carlota. Yo no pregunté, me eché hacia atrás en el sillón y me puse la mano en la barbilla. Ella tenía que decirme algo. Podía haberle preguntado por su día de trabajo, por la inflación, o por la lluvia que ralentizó el tráfico por la tarde; podía haber intentado retrasar que me dijera algo. Pero me limité a callar.<br/>Una frase con el miedo prendido en cada sílaba; tengo que decirte algo: ¿recuerdas que prometimos no mentirnos si ocurría?, me dijo entonces y yo lamenté no haber preguntado por el nuevo restaurante italiano, me miró fijamente mientras yo permanecía callado. Ella calló también, bajó la vista y chasqueó las uñas: corazón contra pulgar.<br/>¿Carlota?<br/>¿Lo recuerdas?<br/>¿Qué me quieres decir que tanto te cuesta?<br/>¿Por qué no me dejas que te lo diga a mi modo?<br/>¿Ya no puedes contármelo todo, acaso algo ha cambiado?<br/>¿Morirías si dejaras de preguntar?<br/>¿No son nuestras vidas enormes preguntas en tiempos de guerra?<br/>Suspiró agotada, como si hubiera sido un último sprint, un esfuerzo vano. <br/>¿No vas a decirme nada más?<br/>Silencio.<br/>¿Carlota?<br/>No podía moverme, me miré las piernas paralizadas y vi aquello que debía ser sangre, ¿era mía o de ella? ¿De ambos? ¿De aquél que era nosotros? El beige de las paredes se licuó y me asfixiaba, y oí la voz de Carlota, de la Carlota que reía en la cama conmigo, la que devolvió la belleza a mi vida, aquella voz alegre diciéndome que jamás pasaría: (soavemente) nunca lo dejaremos morir, ¿verdad? (presto, prestissimo), jamás. Lo tuve claro: la sangrante era mi promesa, yo la había asesinado, era yo, no Carlota, el que tenía que decir algo.<br/>Carlota, tengo que decirte algo. <br/>Ella se levantó, lo sabía, dijo, y se puso a llorar. Con una mano en la cara, la otra apartando sillas y obstáculos invisibles, se fue dando un portazo. Un punto y final.<br/>Me tumbé en el suelo, la cabeza latiendo, el corazón desorientado. Debajo del sofá había una nube de pelusa escondida, me ofendió su cinismo voyeur y me incomodó mi pudor infantil. La mano bajo la barbilla se dormía, sentía la calidez de la sangre derramada, intenté recordar los tiempos perdidos y me dormí con una extraña paz.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Cinco historias]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200512]]></issued><modified><![CDATA[200512]]></modified><created><![CDATA[200512]]></created><summary><![CDATA[Cinco historias]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Cinco historias]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_33.htm"><![CDATA[<br/><br/>Podría contar tres historias. La primera se titula «Aparición», y trata de una tarde luminosa en una playa en la que juegan niños y adultos. Es una playa pequeña, una hermosa calita que se va emponzoñando de humanidad conforme el sol la va quemando. El mar apenas se oye, hay una polifonía constante de vehículos y un alboroto festivo que lo anulan. De repente, de detrás de una roca que hay junto a la carretera, aparece un toro. Negro y soberbio. Majestuoso en su fiereza se para en seco, como una estatua: un homenaje escultórico a la fuerza animal. La cabeza levantada a poniente, los cuernos desafiantes, ojos insondables. Se diría que busca algo con el olfato. Los que lo ven, es decir, todos los que jugaban en la playa, toman aliento y abren la boca, mudos, sin palabras para entender. Hay un mecer de sombrillas y un flamear de toallas: tan sólo ambientación. Nadie se mueve, esperan la resolución del destino –la cara o la cruz de la moneda que viaja por el aire-, como si no necesitaran hacer nada más que permanecer allí helados para justificar su presencia en la escena. El olor a sal y yodo parece hechizar al toro, inunda unos pulmones desacostumbrados y le hace resoplar. Después de un instante enorme —laberinto de segundos inflamados—, después de un instante que pareció otra cosa más larga que un instante, se rompe el encanto, el toro se da la vuelta y se va por donde vino, y un griterío eufórico y asombrado celebra la visita.<br/><br/>La segunda historia se llama «El accidente». Empieza en un camión que conduce Joao, un portugués de treinta y seis años, que tiene cara de niño pero calza un cuarenta y cuatro. Le gusta silbar las canciones que suenan por la radio. Si contara esta historia diría que la canción que sonaba en el momento del accidente era “Dime A”, de Kiko Veneno, pero en realidad escuchaba —silbaba— un fado que no conozco. No le dio tiempo a reaccionar y el camión se le fue de las manos, como si entreabriera los dedos y una mariposa escapara, y él manoteara para volver a atraparla, consiguiendo tan sólo animarla en el vuelo. Pero el camión ya estaba fuera de su alcance. Había reventado una rueda, la segunda de la derecha, esa que Antonio le había dicho que vigilara, «ojito con esa rueda, Joao, que está pidiendo el retiro», eso le había dicho, pero Joao tenía cara de niño y tan sólo le había sonreído. Para eso estaba él, para gastarse medio jornal en una rueda. El camión se deslizó por la carretera como el niño que Joao fue una vez y patinaba por los pasillos de los centros comerciales. Mira como patino, mamá, mira el camión cómo patina. Acabó estampándose contra la roca del acantilado. Hubo un tronar de chatarra, una lluvia de cristal hecho añicos y un penetrante olor a caucho requemado. Menos mal que no cayó al mar. Joao rezó una vieja oración gastada y se persignó tres veces sobre el corazón. Luego se acordó de su madre y le dieron ganas de llorar. «No patines, Joao, que te vas a romper algo». El portón de atrás se abrió de par en par y la carga se escapó.<br/><br/>La tercera historia que podría contar no tiene título, me gustaba «El sueño», o «El soñador», otros se decantan por «El mar», pero en realidad no tiene título. Tampoco tiene comienzo, porque no hay indicios que apunten dónde empieza. Mantecao es un toro y no sabe quién le habló del mar, era un recuerdo medio olvidado, o una intuición mal atrapada. No sabe; normal, no es más que un toro. Él sabe de cornadas, de mirar con furia y de bufar la tierra. Para eso se entrenó desde que era un eral. Cuando por fin lo eligieron para ser sacrificado en el templo por el sacerdote amariconado de medias rosas y traje dorado, con su pose de gallarda mentira, con su cohorte de angelotes regordetes enfundados en ajustados trajes como morcillas; cuando fue elegido ya era un toro que soñaba con ver el mar. La imaginación de un toro es limitada, poco menos que la nuestra, pero era suficiente para visualizar la inmensidad de un estanque susurrante, con orillas coronadas por plumas blancas, el ir y venir sobre la arena, el sabor a sudor de hembra, el olor a niebla en la alborada. Él se veía trotando libre en la enormidad infinita del mar y su orilla, casi podía sentir cómo hendía la superficie perlada al alba, el sol que le cosquilleaba, imaginaba la sal que no podía imaginar, y veía cómo nadaba y se hundía soberano de su destino. Se imaginaba. Y era feliz. <br/><br/>La cuarta historia no la contaré nunca, porque comienza en la tercera, que ya fue contada, continúa en la segunda y acaba en la primera. Sería una redundancia estúpida. La que merece la pena contar es la quinta, la que explica porqué Mantecao no se queda en la playa y vuelve al camión. <br/><br/>Lástima que no sea escritor, si lo fuera al menos escribiría las tres historias.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Hurtografía - nunca cambia nada]]></title><link rel="Pecios, hurtografías y demás" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/pecios/atom.xml" title="Pecios, hurtografías y demás"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200512]]></issued><modified><![CDATA[200512]]></modified><created><![CDATA[200512]]></created><summary><![CDATA[Hurtografía - nunca cambia nada]]></summary><author><name><![CDATA[Lucullus]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Hurtografía - nunca cambia nada]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/pecios/c_32.htm"><![CDATA[<br/><br/>Siempre espero a que algo cambie, aunque sé que nada cambia. Nunca.<br/><br/>A las siete me lavo la cara y me afeito, saco un traje del armario, me disfrazo de hombre serio y me voy a trabajar. En el metro los mendigos me miran con soberbia, a veces me dan ganas de pedirles algo, no sé: algo.<br/><br/>En la oficina soy nadie. Soy otro, o simplemente no soy.<br/><br/>Cuando vuelvo a casa la portera me mira de reojo los zapatos. Sé que dice que un hombre con zapatos sucios va camino de la ruina. Siempre resopla cuando paso. Yo le saludo con mi voz de nadie.<br/><br/>Pongo la tele y le quito el volumen. Me gusta la compañía silenciosa. <br/><br/>Abro alguna lata y ceno de pie en la cocina. Luego cepillo los zapatos, están relucientes pero lo hago igual. Me ducho, me meto en la cama y me masturbo para dormir. En ocasiones no es suficiente y lo hago dos veces.<br/><br/>No sé por qué, pero no sueño nunca. O si sueño no me entero, o son invisibles como yo mismo. Las noches son de vainilla, no son negras, no huelen a ilusiones; son de vainilla. ¿Me repito? Claro, nunca cambia nada.<br/><br/>A veces me sorprendo de tener rostro. Ocurre cuando paso por delante de algún espejo, casi sin querer descubro los ojos que me miran con curiosidad y tardo unos segundos en reconocerme. Ese soy yo. Y tengo facciones distintivas. Non habet nomen propium, nombre no, pero rostro sí. Cualquiera que se fijara en mí podría, si quisiera, reconocerme al cabo de unos días. Y eso porque, después de todo, tengo una cara real. ¿He dicho ya que tengo rostro? ¿No estaré resultando pesado? ¿Repetido? Qué más da, si la vida es así de limitada yo no tengo la culpa.<br/><br/>A las siete me lavo la cara y me afeito, saco un traje del armario, me disfrazo de hombre serio y me voy a trabajar. En el metro los mendigos me miran con soberbia, no entiendo porqué me miran así. No saben preguntarse, quizás no se han planteado que yo tenga más que ellos, que sea yo el que deba darles una limosna. Un día me acercaré a uno, me tenderá la mano, me enseñará un diente entre la pelambrera tiesa del bigote, me mirará con descaro, se rascará con la mano libre la entrepierna, y yo le regalaré una pregunta. Me dará las gracias y le convertiré en un hombre diferente, más libre. Un día lo haré, un día que me sienta generoso y mejor que ellos. <br/><br/>En la universidad conocí a una mujer. En realidad conocí a varias, pero me refiero a conocerla en un sentido profundo. Como si en vez de una mujer fuera un hombre inteligente. Las mujeres son demasiado complicadas como para conocerlas, pero ésta era diferente. Hablábamos como dos amigos, unidos por la angustia común de la incertidumbre. Las preguntas nos oprimían, las respuestas nos huían, las conversaciones nos dormían. A veces follábamos, pero era como tomarse unas cervezas con unos colegas y hablar de putas y fútbol. Apenas estudiábamos, tan apabullados estábamos por tanta perplejidad que la vida se nos iba intentando descifrar el mundo. Los dos queríamos arreglarlo escribiendo. En aquellos años aún confiaba en las palabras.<br/><br/>En la oficina soy nadie, soy otro, o no soy, qué se yo. Ya no me fío de las palabras. No sirven para nombrar cosas ni ideas ni nada. Huyen sabiéndose sin sentido, como cuando se hielan a medio hacer en la boca, «yo soy…» Ni siquiera el que sienta frente a mí parece reaccionar y ríe por cualquier cosa. Yo pensaba que estar aquí implicaba cierta inteligencia. Algún día despertará y veré una mirada cómplice, «yo también lo sé, amigo, estoy contigo», y sonreiré a medias, para que comprenda que comprendo. Pero eso será algún día en el que algo cambie. <br/><br/>Siempre espero a que cambie algo, pero nunca cambia nada. Nada.<br/><br/>Cuando vuelvo a casa la portera me mira de reojo los zapatos. No me importa porque siempre los llevo limpios. Tiene una rara teoría sobre los zapatos sucios y la descomposición de la personalidad. «Si un hombre vive solo, lo más probable es que degenere hasta no ser persona —me dijo una vez—. Y se convierte en putero o drogadicto». O  maltrata a su mujer, le dije por ser amable, «por una torta de vez en cuando no pasa nada, hombre» Y ya no hablé más con ella, aunque me cepillo a conciencia los zapatos para no perderme.<br/><br/>Enciendo la tele y la dejo sin volumen. Así, con los rostros familiares mirándome mientras me abro una lata para comer, es como si me acompañara un amigo con el que el silencio no es embarazoso. Me gusta esa sensación de estar sin hablar y no tener que hacerlo. Rara vez siento la necesidad de escuchar lo que dicen. <br/><br/>Antes de dormir limpio los zapatos: la tabla de náufrago. Luego me ducho, me meto en la cama y me masturbo. Hoy una vez sólo. Me duermo y no sueño. <br/><br/>¿No serán los días los verdaderos ensueños y la vacía oscuridad de la noche la realidad?<br/><br/>Si al levantarme pudiera lamerme las heridas hasta que desaparecieran. Para qué, si todos los días son el mismo día. Si pudiera mentirme y seguir viviendo…<br/><br/>A las siete me levanto. Me acuesto a las once. En medio me limito a hacer bulto.<br/><br/><br/>Sacado de <i>Los dioses amables</i>, de <b>Federico <i>El pelao </i>Buendía</b>]]></content></entry></feed>
