Como el humo se va
Nunca he sido fumador, aunque sí ha caído algún pitillo ocasional. Cuando era un niño de diez u once años, fumar se presentaba como algo de adultos, ilegal para mi edad, y por lo tanto, atractivo.
Mi primer recuerdo con el tabaco se retrotrae a esa edad, unos diez años. Un tío mío que vivía en Madrid estaba en el pueblo y se dejó olvidado en mi casa un paquete de Winstons. Aquella cajetilla tenía cierto halo de prestigio. No eran unos tristes Ducados, ni mucho menos esos Celta que tanto se veían por aquellas fechas. Winstons era una marca que aparecía en la tele y que fumaban las estrellas de cine americanas.
Yo abrí el paquete, saqué un cigarrillo y me escondí a fumarlo debajo de la mesa camilla. Allí no me podían ver, pero, claro, el humo tampoco iba a ir muy lejos, se quedó concentrado bajo la mesa y pronto me hizo toser de lo lindo.
No recuerdo si me pillaron o no, pero desde luego, tuve claro que aquello de fumar no tenía ningún atractivo.
Mi primer recuerdo con el tabaco se retrotrae a esa edad, unos diez años. Un tío mío que vivía en Madrid estaba en el pueblo y se dejó olvidado en mi casa un paquete de Winstons. Aquella cajetilla tenía cierto halo de prestigio. No eran unos tristes Ducados, ni mucho menos esos Celta que tanto se veían por aquellas fechas. Winstons era una marca que aparecía en la tele y que fumaban las estrellas de cine americanas.
Yo abrí el paquete, saqué un cigarrillo y me escondí a fumarlo debajo de la mesa camilla. Allí no me podían ver, pero, claro, el humo tampoco iba a ir muy lejos, se quedó concentrado bajo la mesa y pronto me hizo toser de lo lindo.
No recuerdo si me pillaron o no, pero desde luego, tuve claro que aquello de fumar no tenía ningún atractivo.
Más humo
Tirando de la madeja del tabaco, me acude otro recuerdo. En mi pueblo, como en todos, había varios "tontos del pueblo", personajes con alguna tara psíquica que son objeto de burla de niños y no tan niños.
Uno de esos tontos era un hombre mayor (a saber qué años tenía, lo mismo no pasaba de los cuarenta, pero para un niño la edad no se mide de la misma manera) que caminaba muy despacio por la calle farfullando algunos saludos ininteligibles. Su familia le tenía prohibido fumar, pero a él eso era algo que le encantaba y no estaba dispuesto a renunciar a ese placer. Para que no lo descubrieran, escondía su paquete de Celtas (no puedo precisar ahora si con o sin boquilla) en algún lugar secreto del que sacaba sus cigarrillos diarios.
Un amigo mío descubrió que su escondrijo era la parte trasera de la puerta de la casa de alguien que hacía la vista gorda. Aclaro que en Andalucía las puertas de la casa suelen estar abiertas porque dan a un zaguán. Lo que se cierra es la puerta interior, la que da acceso a la vivienda.
Con mi complicidad, este amigo y yo nos acercábamos hasta esa casa, sácabamos el paquete de Celtas y le robábamos un par de cigarrillos. Apenas le dábamos un par de caladas teníamos que tirar aquello, pero tenía el regusto de lo ilegal por partida doble.
Aunque a mí me daba algo de pena por el propietario del tabaco, debo reconocer que durante un par de semanas participé en aquel robo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Uno de esos tontos era un hombre mayor (a saber qué años tenía, lo mismo no pasaba de los cuarenta, pero para un niño la edad no se mide de la misma manera) que caminaba muy despacio por la calle farfullando algunos saludos ininteligibles. Su familia le tenía prohibido fumar, pero a él eso era algo que le encantaba y no estaba dispuesto a renunciar a ese placer. Para que no lo descubrieran, escondía su paquete de Celtas (no puedo precisar ahora si con o sin boquilla) en algún lugar secreto del que sacaba sus cigarrillos diarios.
Un amigo mío descubrió que su escondrijo era la parte trasera de la puerta de la casa de alguien que hacía la vista gorda. Aclaro que en Andalucía las puertas de la casa suelen estar abiertas porque dan a un zaguán. Lo que se cierra es la puerta interior, la que da acceso a la vivienda.
Con mi complicidad, este amigo y yo nos acercábamos hasta esa casa, sácabamos el paquete de Celtas y le robábamos un par de cigarrillos. Apenas le dábamos un par de caladas teníamos que tirar aquello, pero tenía el regusto de lo ilegal por partida doble.
Aunque a mí me daba algo de pena por el propietario del tabaco, debo reconocer que durante un par de semanas participé en aquel robo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Sistema educativo
A mí me tocó la época en que en los colegios aún se castigaba físicamente a los alumnos. Ya dije que durante la primera etapa la palmeta era el instrumento de tortura de nuestro maestro. Y que había otro profesor famoso por sus capones con uno de los nudillos sobresaliendo sobre el resto, capones que dejaban un leve picor durante horas.
Pero en la segunda etapa éramos ya mayores para la palmeta. Los profesores nos trataban ya como adultos y apenas recurrían a la violencia, ... apenas.
Cuando creían que tenían que hacerlo, lo hacían. Y lo peor, si tenían que humillar a alguien delante de clase, también lo hacían.
Recuerdo que tenía un compañero de clase bajito pero bastante "matón". Más de una vez uno de los profesores recurrió al chiste fácil de decirle cuando estaba de pie frente a todos: "***, ponte de pie". Inevitablemente, todos nos reíamos de nuestro compañero. Este compañero (por cierto, es el mismo con el que me pillé la borrachera baloncestística) usaba gafas. Cuando cometía una de sus trastadas, había un profesor que le pedía que se pusiera en pie y le pedía con amabilidad que se quitara las gafas. En cuanto se las quitaba, le caía un bofetón.
Por último, otro de los profesores creía algo más en la democracia y te dejaba elegir el castigo, pero sólo entre dos opciones. Te decía "¿Calefacción central o patillas?" Y tú tenías que elegir. La calefacción central consistía en darte dos bofetones a la vez, uno en cada mejilla. Con patillas se refería a un tirón de patillas, algo que duele bastante.
Así se educaba a principios de los ochenta.
Pero en la segunda etapa éramos ya mayores para la palmeta. Los profesores nos trataban ya como adultos y apenas recurrían a la violencia, ... apenas.
Cuando creían que tenían que hacerlo, lo hacían. Y lo peor, si tenían que humillar a alguien delante de clase, también lo hacían.
Recuerdo que tenía un compañero de clase bajito pero bastante "matón". Más de una vez uno de los profesores recurrió al chiste fácil de decirle cuando estaba de pie frente a todos: "***, ponte de pie". Inevitablemente, todos nos reíamos de nuestro compañero. Este compañero (por cierto, es el mismo con el que me pillé la borrachera baloncestística) usaba gafas. Cuando cometía una de sus trastadas, había un profesor que le pedía que se pusiera en pie y le pedía con amabilidad que se quitara las gafas. En cuanto se las quitaba, le caía un bofetón.
Por último, otro de los profesores creía algo más en la democracia y te dejaba elegir el castigo, pero sólo entre dos opciones. Te decía "¿Calefacción central o patillas?" Y tú tenías que elegir. La calefacción central consistía en darte dos bofetones a la vez, uno en cada mejilla. Con patillas se refería a un tirón de patillas, algo que duele bastante.
Así se educaba a principios de los ochenta.
Noche de estreno
Además de porque había vacaciones y de porque casi siempre coincidía con mi cumpleaños, había un motivo más por el que me encantaba que llegara la Feria de mi pueblo: ponían una película de estreno.
El gerente del cine Goya elegía aquellas fechas para estrenar una de esas películas de las que todos hablaban. Yo guardaba parte de mi dinero y me iba a verla, ya fuera solo o en compañia de otros.
En uno de estos estrenos vi La Guerra de las Galaxias. Y sí, soy uno de esos niños a los que aquello marcó. Estuve pegado a la butaca las dos horas, casi sin pestañear, alucinando con todo lo que veía.
Un par de años después correspondió aquel honor a una película española. Como era para mayores de dieciocho, me quedé con el dinero de la entrada en la mano y una terrible cara de decepción. Los tiempos han cambiado mucho, porque he visto esa película ya alguna vez en una sesión vespertina de la televisión. Hablo de Los Bingueros, la obra cumbre de Pajares y Esteso.
A partir de ahí, cada año las películas estrenadas eran peores. Un año, la película era tan poco conocida que comprendí que aquella sana costumbre se estaba acabando. Yo, fiel a mi cita con el cine, fui a verla, pero en la sala no habría más de veinte o treinta personas. La película era Montaña Rusa. Muy olvidable.
El gerente del cine Goya elegía aquellas fechas para estrenar una de esas películas de las que todos hablaban. Yo guardaba parte de mi dinero y me iba a verla, ya fuera solo o en compañia de otros.
En uno de estos estrenos vi La Guerra de las Galaxias. Y sí, soy uno de esos niños a los que aquello marcó. Estuve pegado a la butaca las dos horas, casi sin pestañear, alucinando con todo lo que veía.
Un par de años después correspondió aquel honor a una película española. Como era para mayores de dieciocho, me quedé con el dinero de la entrada en la mano y una terrible cara de decepción. Los tiempos han cambiado mucho, porque he visto esa película ya alguna vez en una sesión vespertina de la televisión. Hablo de Los Bingueros, la obra cumbre de Pajares y Esteso.
A partir de ahí, cada año las películas estrenadas eran peores. Un año, la película era tan poco conocida que comprendí que aquella sana costumbre se estaba acabando. Yo, fiel a mi cita con el cine, fui a verla, pero en la sala no habría más de veinte o treinta personas. La película era Montaña Rusa. Muy olvidable.
La casa de la juventud
De aquellos años en la segunda etapa guardo el recuerdo mitificado de un lugar: la Casa de la juventud.
Cerca del colegio de monjas y casi frente al almacén de la cerveza del pueblo, había una puerta que se abría a un mundo de ocio. Allí íbamos muchos de los niños y jóvenes del pueblo a pasar largas horas. Para mí, aquello era un pasillo en el que veías a gente jugando continuamente al ajedrez, casi como si formaran parte del mobiliario. En una habitación se guardaba un montón de juegos de mesa que podías pedir sin nada a cambio. Había también una sala de estar o de lectura, un patio, y, nunca supe por qué, una piragüa colgada de la pared.
Pero mis visitas a la Casa de la juventud se centraban normalmente en algo más concreto: el baloncesto. Allí me uní a un grupo de chavales a los que aquel deporte relativamente nuevo atraía mucho más que el fútbol. Nunca fui un figura, pero desde mi posición de alero anotaba alguna canastilla de vez en cuando y, al menos, me sentía bien jugando. De ahí pasé a formar parte del equipo local infantil, juvenil o qué se yo del pueblo. Mi posición era el banquillo, pero nunca me faltaban algunos minutitos de juego.
Después, la Casa de la juventud desapareció y hoy creo que forma parte de la Consejería de juventud del ayuntamiento (tendría que informarme).
Cerca del colegio de monjas y casi frente al almacén de la cerveza del pueblo, había una puerta que se abría a un mundo de ocio. Allí íbamos muchos de los niños y jóvenes del pueblo a pasar largas horas. Para mí, aquello era un pasillo en el que veías a gente jugando continuamente al ajedrez, casi como si formaran parte del mobiliario. En una habitación se guardaba un montón de juegos de mesa que podías pedir sin nada a cambio. Había también una sala de estar o de lectura, un patio, y, nunca supe por qué, una piragüa colgada de la pared.
Pero mis visitas a la Casa de la juventud se centraban normalmente en algo más concreto: el baloncesto. Allí me uní a un grupo de chavales a los que aquel deporte relativamente nuevo atraía mucho más que el fútbol. Nunca fui un figura, pero desde mi posición de alero anotaba alguna canastilla de vez en cuando y, al menos, me sentía bien jugando. De ahí pasé a formar parte del equipo local infantil, juvenil o qué se yo del pueblo. Mi posición era el banquillo, pero nunca me faltaban algunos minutitos de juego.
Después, la Casa de la juventud desapareció y hoy creo que forma parte de la Consejería de juventud del ayuntamiento (tendría que informarme).
Encuentros en alguna fase
En aquellos años me encantaba todo lo que diera miedo. Los sábados por la noche me acostaba escuchando en la cadena SER un programa que presentaba Antonio José Alex y que comenzaba creando ambiente con el O Fortuna del Carmina Burana. Ya desde ese punto yo estaba acurrucado en las sábanas esperando sufrir con las historias, las psicofonías, las invasiones alienígenas, los misterios sin resolver.
Y teniendo tanto interés en aquellos temas, un día ocurrió algo que le hizo dar un vuelco a mi corazón.
Eran vacaciones de Navidad y mi famoso primo se quedaba a dormir en mi casa. Nos fuimos a la cama y pusimos la radio mientras nosotros charlábamos de nuestras cosas. De pronto, en la radio, interrumpen la programación habitual para dar una noticia de alcance. En Madrid ha ocurrido algo sorprendente. Se han avistado unas extrañas naves tomando tierra en algún lugar. Todo el interés de la emisora se centró en aquel evento. Pronto descubrieron que se trataba de unas naves que habían aterrizado en la Casa de Campo de Madrid. Yo escuchaba aquello con una emoción nada contenida. ¡Los extraterrestres se querían comunicar con nosotros! ¡Existían!
La Cadena SER desplazó rápidamente una unidad móvil a la Casa de Campo. Allí había ya un cordón creado por los militares para que nadie se acercara. No recuerdo la descripción de las naves, pero eran tal y como yo me las imaginaba. Circulares, con luces que salían del interior. El ejército estaba alerta, intentando comunicarse con los tripulantes de aquel artefacto y en espera de cualquier cosa.
Por la radio podíamos oir claramente el ambiente tenso, los vehículos pasando de un sitio a otro, la gente arremolinada alrededor del cordón, algún militar que no quería dar testimonios...
Tras un buen rato así, desconectaron para dar paso a otro programa. Nos mantendrían informados. Era tarde y no aguantamos. Nos quedamos dormidos.
Al día siguiente, nada más despertar, volvimos a poner la radio. Nada, ni una mención. Paseamos por todas las emisoras del dial y nada. Pusimos la tele. Nada.
Seguramente en el Telediario aclararían algo. Nada, ni una triste nota.
La invasión había comenzado a las doce de la noche anterior. En puridad, ya era 28 de Diciembre.
Y teniendo tanto interés en aquellos temas, un día ocurrió algo que le hizo dar un vuelco a mi corazón.
Eran vacaciones de Navidad y mi famoso primo se quedaba a dormir en mi casa. Nos fuimos a la cama y pusimos la radio mientras nosotros charlábamos de nuestras cosas. De pronto, en la radio, interrumpen la programación habitual para dar una noticia de alcance. En Madrid ha ocurrido algo sorprendente. Se han avistado unas extrañas naves tomando tierra en algún lugar. Todo el interés de la emisora se centró en aquel evento. Pronto descubrieron que se trataba de unas naves que habían aterrizado en la Casa de Campo de Madrid. Yo escuchaba aquello con una emoción nada contenida. ¡Los extraterrestres se querían comunicar con nosotros! ¡Existían!
La Cadena SER desplazó rápidamente una unidad móvil a la Casa de Campo. Allí había ya un cordón creado por los militares para que nadie se acercara. No recuerdo la descripción de las naves, pero eran tal y como yo me las imaginaba. Circulares, con luces que salían del interior. El ejército estaba alerta, intentando comunicarse con los tripulantes de aquel artefacto y en espera de cualquier cosa.
Por la radio podíamos oir claramente el ambiente tenso, los vehículos pasando de un sitio a otro, la gente arremolinada alrededor del cordón, algún militar que no quería dar testimonios...
Tras un buen rato así, desconectaron para dar paso a otro programa. Nos mantendrían informados. Era tarde y no aguantamos. Nos quedamos dormidos.
Al día siguiente, nada más despertar, volvimos a poner la radio. Nada, ni una mención. Paseamos por todas las emisoras del dial y nada. Pusimos la tele. Nada.
Seguramente en el Telediario aclararían algo. Nada, ni una triste nota.
La invasión había comenzado a las doce de la noche anterior. En puridad, ya era 28 de Diciembre.
Inocencia manchada
Ya que hablo de mi primo y del día de los Santos Inocentes, tengo que recordar una broma de mal olor (no sé si de mal gusto) que me gastó amparado en aquella fecha.
Nuestra familia solía celebrar muchas comidas campestres. A menudo nos reuníamos en el campo de un tío mío (Los Zamorales) y allí pasábamos el día entre perolos de comida, bebida de todo tipo, vacas y toros y carreras por el campo. Lo pasábamos muy bien.
Aún recuerdo que en una de estas reuniones probé por primera vez la carne cruda. Imagino que por una especie de apuesta, yo afirmaba que era capaz de comerme un trozo de pincho moruno sin hacer, simplemente con el aliño. Como no me creían, lo hice. Y no me supo mal (aunque no repetí). Quien sabe, si hubiera seguido por ese camino de experimentación gastronómica, tal vez ahora fuera una especie de Ferrán Adriá. O no.
En fin, a lo que iba. Un veintiocho de Diciembre, pasábamos el día en Los Zamorales, un luminoso día de Navidad. Fuimos a dar un largo paseo por el campo y cogimos varios palos para apoyarnos en nuestra caminata. Mi palo (según me recuerda mi propio primo) era muy bueno, con una orquilla en el lugar por el que se cogía que venía muy bien para apoyarse.
No sé cómo ni por qué, mi primo me pidió el palo un momento, o tal vez se me cayó y él lo recogió. El caso es que acabó en su poder. Lo llevó unos segundos y al momento, al grito de "cógelo", me lo tiró. Yo, haciendo gala de buenos reflejos pero poca visión, agarré el palo con todas mis fuerzas.
No fue muy agradable. Al momento noté una masa viscosa recorriendo la palma de mi mano y colándose entre mis dedos. Era mierda de vaca, una bosta fresca y humeante con la que mi primo había impregnado toda la parte alta del palo.
Las risas de todos mis primos se unieron a la suya, que al grito de "Inocente, inocente", evitó cualquier posibilidad de revancha inmediata.
Tampoco la hubo después.
Nuestra familia solía celebrar muchas comidas campestres. A menudo nos reuníamos en el campo de un tío mío (Los Zamorales) y allí pasábamos el día entre perolos de comida, bebida de todo tipo, vacas y toros y carreras por el campo. Lo pasábamos muy bien.
Aún recuerdo que en una de estas reuniones probé por primera vez la carne cruda. Imagino que por una especie de apuesta, yo afirmaba que era capaz de comerme un trozo de pincho moruno sin hacer, simplemente con el aliño. Como no me creían, lo hice. Y no me supo mal (aunque no repetí). Quien sabe, si hubiera seguido por ese camino de experimentación gastronómica, tal vez ahora fuera una especie de Ferrán Adriá. O no.
En fin, a lo que iba. Un veintiocho de Diciembre, pasábamos el día en Los Zamorales, un luminoso día de Navidad. Fuimos a dar un largo paseo por el campo y cogimos varios palos para apoyarnos en nuestra caminata. Mi palo (según me recuerda mi propio primo) era muy bueno, con una orquilla en el lugar por el que se cogía que venía muy bien para apoyarse.
No sé cómo ni por qué, mi primo me pidió el palo un momento, o tal vez se me cayó y él lo recogió. El caso es que acabó en su poder. Lo llevó unos segundos y al momento, al grito de "cógelo", me lo tiró. Yo, haciendo gala de buenos reflejos pero poca visión, agarré el palo con todas mis fuerzas.
No fue muy agradable. Al momento noté una masa viscosa recorriendo la palma de mi mano y colándose entre mis dedos. Era mierda de vaca, una bosta fresca y humeante con la que mi primo había impregnado toda la parte alta del palo.
Las risas de todos mis primos se unieron a la suya, que al grito de "Inocente, inocente", evitó cualquier posibilidad de revancha inmediata.
Tampoco la hubo después.
Ataques de risa
Sigo con el tema de la Navidad y mi primo. De hecho, este es un recuerdo compartido, la primera mitad es mío, y la otra es algo que recientemente me ha contado mi primo y que corresponde en verdad a sus recuerdos.
Como cada navidad, él se quedaba a dormir en mi casa. Como estábamos de vacaciones, solíamos acostarnos muy tarde.
Esa noche estábamos los dos en pijama, jugando al parchís. Eran las tantas de la madrugada, así que el sueño empezó a hacer mella en nosotros. Puede que sea algo común a todo el mundo, pero a mí, cuando tengo sueño, es muy fácil que me dé un ataque de risa. Y así ocurrió.
No sé si me salté una barrera, si saqué tres seises, si me conté veinte o qué, pero el caso es que empecé a reirme y no podía parar. Tanto y tanto me reía que no podía aguantar la presión en la vejiga y empecé a orinarme encima. Corrí por el pasillo (los pasillos largos son una constante en mi vida) dejando un caminito de orina hasta que llegué al cuarto de baño. Tenía el calzoncillo y el pijama empapados y me tuve que duchar.
Hasta ahí mi recuerdo, pero la siguiente parte no tiene desperdicio. Según me cuenta mi primo, a él, que también le había dado un ataque de risa, lo que se le relajó fue el esfínter. Vamos que estaba con el estómago un poco suelto y se cagó encima. Como yo estaba dentro del baño, él no podía entrar hasta que saliera. Pero cuando lo hice, le dio vergüenza reconocer que se había cagado (ya se sabe, siendo un niño hay debilidades que es mejor no reconocer), así que se calló, se quedó con la plasta en el calzoncillo y se acostó como si cualquier cosa. Por suerte, esa noche no compartíamos cama.
A la mañana siguiente, llegó a la casa de mi abuela (donde dormían sus padres), y se quitó el calzoncillo. La mierda se había secado y había formado un molde perfecto de su culo. Su madre le echó la bronca pertinente, pero él por fin pudo ducharse y quedarse limpio y a gusto. Y todo por un ataque de risa.
Yo no he conocido este parte de la historia hasta casi treinta años después.
Como cada navidad, él se quedaba a dormir en mi casa. Como estábamos de vacaciones, solíamos acostarnos muy tarde.
Esa noche estábamos los dos en pijama, jugando al parchís. Eran las tantas de la madrugada, así que el sueño empezó a hacer mella en nosotros. Puede que sea algo común a todo el mundo, pero a mí, cuando tengo sueño, es muy fácil que me dé un ataque de risa. Y así ocurrió.
No sé si me salté una barrera, si saqué tres seises, si me conté veinte o qué, pero el caso es que empecé a reirme y no podía parar. Tanto y tanto me reía que no podía aguantar la presión en la vejiga y empecé a orinarme encima. Corrí por el pasillo (los pasillos largos son una constante en mi vida) dejando un caminito de orina hasta que llegué al cuarto de baño. Tenía el calzoncillo y el pijama empapados y me tuve que duchar.
Hasta ahí mi recuerdo, pero la siguiente parte no tiene desperdicio. Según me cuenta mi primo, a él, que también le había dado un ataque de risa, lo que se le relajó fue el esfínter. Vamos que estaba con el estómago un poco suelto y se cagó encima. Como yo estaba dentro del baño, él no podía entrar hasta que saliera. Pero cuando lo hice, le dio vergüenza reconocer que se había cagado (ya se sabe, siendo un niño hay debilidades que es mejor no reconocer), así que se calló, se quedó con la plasta en el calzoncillo y se acostó como si cualquier cosa. Por suerte, esa noche no compartíamos cama.
A la mañana siguiente, llegó a la casa de mi abuela (donde dormían sus padres), y se quitó el calzoncillo. La mierda se había secado y había formado un molde perfecto de su culo. Su madre le echó la bronca pertinente, pero él por fin pudo ducharse y quedarse limpio y a gusto. Y todo por un ataque de risa.
Yo no he conocido este parte de la historia hasta casi treinta años después.
Slash
Hay recuerdos que están en algún lugar del cerebro, dormidos, sin molestar, y que salen al exterior con toda su lucidez en cuanto alguien los despierta con un par de palabras.
Recientemente, mi hermano mayor me ha recordado una de nuestras diversiones veraniegas en cuanto aterrizamos en la nueva casa.
El edificio, al no haber sido pensado como vivienda, tenía una estructura bastante rara. El patio que había (y que hay) junto a la cochera, tenía el suelo bastante liso, y un absurdo pasillo, largo, que terminaba en una puerta que daba a la calle.
Pues bien, una manera que teníamos de divertirnos era encharcar todo el patio con agua, ponernos en bañador o calzoncillos, tumbarnos bocabajo en el suelo, empujar con los pies en la puerta y... sssslash, deslizarnos para ver hasta dónde llegábamos.
Era una manera de pasar el rato barata, sencilla y, sobre todo en verano, muy refrescante.
Recientemente, mi hermano mayor me ha recordado una de nuestras diversiones veraniegas en cuanto aterrizamos en la nueva casa.
El edificio, al no haber sido pensado como vivienda, tenía una estructura bastante rara. El patio que había (y que hay) junto a la cochera, tenía el suelo bastante liso, y un absurdo pasillo, largo, que terminaba en una puerta que daba a la calle.
Pues bien, una manera que teníamos de divertirnos era encharcar todo el patio con agua, ponernos en bañador o calzoncillos, tumbarnos bocabajo en el suelo, empujar con los pies en la puerta y... sssslash, deslizarnos para ver hasta dónde llegábamos.
Era una manera de pasar el rato barata, sencilla y, sobre todo en verano, muy refrescante.
Albero en los zapatos I
Buscando en el baúl de los recuerdos, en un sentido casi literal, he encontrado varias revistas de las que se editan en mi pueblo anualmente con motivo de la Feria y fiestas populares. En la del año 1990 publiqué un cuentecito (el tema, obviamente era la Feria), que plasmaba la visión de un niño de aquellas fechas. Esa visión no era otra que la mía propia años atrás.
Evitando la tentación de corregir lo más mínimo, transcribo el cuento, que se titula Albero en los zapatos y lleva como subtítulo: “Retales de cuatro días de mi infancia”).
“¿Dónde están mis zapatos?
Dónde van a estar, en su sitio.
Mamá, ¿cuándo nos vamos a ir?
El niño seguía la mirada de su madre, directamente sobre sus pantalones nuevos. El padre, mientras, seguía sin encontrar sus zapatos. La madre abría un cajón y allí estaban, como siempre.
Dame la mano.
Las calles estaban alumbradas y miles de voces alegraban lo que dentro de pocos días volvería a aparecer tan normal, tan vacío y tan triste como todo el año. La madre discutía sobre hay que ver que esa camisa no te pega con esos pantalones, seguido del déjame del padre, y el me voy a montar en los cacharritos del niño a su vecino que saludaba al cruzarse.
Mamá, yo quiero un caramelo como ése.
Entraban en el recinto ferial devorando con alegría el festival de colores, sonidos y aromas, que también era el mismo de todos los años. El hombre de la tómbola ofrecía una calabaza Ruperta a cambio de un regalo sin mucho valor. Algunos adolescentes tiraban con escopetillas trucadas intentando conseguir una botella de vino malo. Los que ya la tenían se la pasaban desgarrando sus gargantas con el líquido caliente. Los que la habían tenido cantaban y se balanceaban riendo sin cesar, algunos de ellos se echaban sobre una pared a vomitar, otros se sentaban en el suelo jurando no beber nunca más. Las niñas estrenaban su traje de gitana. Los volantes de aquél son más bonitos que los del mío, qué traje más feo. El novio martilleaba con fuerza para hacer sonar la campana, su pandilla lo admiraba y la novia le daba un beso en la mejilla. El amigo lo intentaba, no consiguiendo llegar más allá del cincuenta. Todos reían y él se disculpaba sin saber muy bien de qué. Pasaba un niño con algodón de caramelo y alguien, sin querer, se lo tiraba. El niño lloraba y conseguía otro nuevo".
El cuento continúa...
Evitando la tentación de corregir lo más mínimo, transcribo el cuento, que se titula Albero en los zapatos y lleva como subtítulo: “Retales de cuatro días de mi infancia”).
“¿Dónde están mis zapatos?
Dónde van a estar, en su sitio.
Mamá, ¿cuándo nos vamos a ir?
El niño seguía la mirada de su madre, directamente sobre sus pantalones nuevos. El padre, mientras, seguía sin encontrar sus zapatos. La madre abría un cajón y allí estaban, como siempre.
Dame la mano.
Las calles estaban alumbradas y miles de voces alegraban lo que dentro de pocos días volvería a aparecer tan normal, tan vacío y tan triste como todo el año. La madre discutía sobre hay que ver que esa camisa no te pega con esos pantalones, seguido del déjame del padre, y el me voy a montar en los cacharritos del niño a su vecino que saludaba al cruzarse.
Mamá, yo quiero un caramelo como ése.
Entraban en el recinto ferial devorando con alegría el festival de colores, sonidos y aromas, que también era el mismo de todos los años. El hombre de la tómbola ofrecía una calabaza Ruperta a cambio de un regalo sin mucho valor. Algunos adolescentes tiraban con escopetillas trucadas intentando conseguir una botella de vino malo. Los que ya la tenían se la pasaban desgarrando sus gargantas con el líquido caliente. Los que la habían tenido cantaban y se balanceaban riendo sin cesar, algunos de ellos se echaban sobre una pared a vomitar, otros se sentaban en el suelo jurando no beber nunca más. Las niñas estrenaban su traje de gitana. Los volantes de aquél son más bonitos que los del mío, qué traje más feo. El novio martilleaba con fuerza para hacer sonar la campana, su pandilla lo admiraba y la novia le daba un beso en la mejilla. El amigo lo intentaba, no consiguiendo llegar más allá del cincuenta. Todos reían y él se disculpaba sin saber muy bien de qué. Pasaba un niño con algodón de caramelo y alguien, sin querer, se lo tiraba. El niño lloraba y conseguía otro nuevo".
El cuento continúa...
Albero en los zapatos II
"Papá, papá, a los coches locos.
El padre compraba una ficha y buscaba el veintiuno blanco. Es el que más corre. A pesar del cartel luminoso que prohibía montar a niños menores de ocho años, él rodeaba a su hijo con el brazo en el tres verde. Déjalo, no lo sueltan. La madre esperaba de pie que acabara el tiempo. Sonaba la sirena y decenas de personas cruzaban la pista chocando, corriendo sin orden. Dos parejas se apoderaban de un coche al mismo tiempo y, tras una rápida discusión, se lo quedaba la de rojo y verde. Déjalo, déjalo, que no os pillemos montados. En el siguiente viaje se iniciaba una venganza que acababa cuando se acababan las fichas a algunos de ellos. Después ambas parejas saldrían satisfechas de haberle dado su merecido a la contraria.
Al tren de la escoba, al tren de la escoba.
En la ventanilla compraban tres billetes y subían al tren. Pronto estaba repleto y comenzaban a andar. Una bruja con cara de goma repartía golpes con su escoba, dejándosela arrebatar de vez en cuando. El niño sentía el paso por el túnel como una verdadera aventura. El padre intentaba no darle importancia a aquello, aunque miraba con recele a su alrededor.
Venga, niño, vamos a dejar los cacharritos por un momento.
Esta vez los llantos no valían. Los padres estaban dispuestos a ir a las casetas y allí irían. Después de todo, un refresco y unas gambas tampoco están nada mal..."
Aún hay una entrega más.
El padre compraba una ficha y buscaba el veintiuno blanco. Es el que más corre. A pesar del cartel luminoso que prohibía montar a niños menores de ocho años, él rodeaba a su hijo con el brazo en el tres verde. Déjalo, no lo sueltan. La madre esperaba de pie que acabara el tiempo. Sonaba la sirena y decenas de personas cruzaban la pista chocando, corriendo sin orden. Dos parejas se apoderaban de un coche al mismo tiempo y, tras una rápida discusión, se lo quedaba la de rojo y verde. Déjalo, déjalo, que no os pillemos montados. En el siguiente viaje se iniciaba una venganza que acababa cuando se acababan las fichas a algunos de ellos. Después ambas parejas saldrían satisfechas de haberle dado su merecido a la contraria.
Al tren de la escoba, al tren de la escoba.
En la ventanilla compraban tres billetes y subían al tren. Pronto estaba repleto y comenzaban a andar. Una bruja con cara de goma repartía golpes con su escoba, dejándosela arrebatar de vez en cuando. El niño sentía el paso por el túnel como una verdadera aventura. El padre intentaba no darle importancia a aquello, aunque miraba con recele a su alrededor.
Venga, niño, vamos a dejar los cacharritos por un momento.
Esta vez los llantos no valían. Los padres estaban dispuestos a ir a las casetas y allí irían. Después de todo, un refresco y unas gambas tampoco están nada mal..."
Aún hay una entrega más.
Albero en los zapatos III
Aquí termina el cuentecillo Albero en los zapatos:
"Buscaban un sitio y se encontraban con unos amigo. Venid con nosotros. Se sentaban con ellos y la niña repipi le enseñaba el traje que él llamaba feo hasta hacerla llorar.
Niño...
Déjalos, son cosas de chiquillos.
Sonaban las sevillanas y unos jóvenes muy arreglados sacaban a bailar a unas jóvenes muy arregladas. Un vendedor pasaba por la mesa ofreciendo patatas fritas. Llegaba el camarero con los refrescos, el vino y las tapas y cobraba en el acto. Un vendedor de globos se desprendía de dos. Al poco, el niño lo dejaba volar hasta que chocaba con la lona de la caseta.
Un hombre que había bebido demasiado se encaraba con otro que siempre bebía demasiado y estaban a punto de llegar a las manos. Alguien quería evitar la pelea y se llevaba algún golpe.
Un joven tímido aprovechaba la música y el vino para declarar su amor. Ella se sonrojaba y le basaba en los labios.
El niño empezaba a aburrirse y bostezaba descaradamente. Niño, ¿quieres otra Coca-cola? Pero ahora sólo le apetecía dormir. La madre proponía volver a casa y el padre opinaba que era muy temprano. Pero mira el niño. Apuraban la última copa de fino y se despedían. No, nosotros os acompañamos. Por el camino el niño escuchaba a los hombres comentar los resultados de la liga y añadía una puntualización que no sabía por qué hacía reír a todos. La niña repipi dormía entre los brazos de su madre, que hablaba con la madre de él sobre la comida del día siguiente. Pues yo la hago triturando primero los tomates.
Se cruzaban con unos jóvenes que tocaban las palmas desacompasadamente y no sabían muy bien dónde poner los pies. Buenas nos dé Dios.
Ea, hasta mañana. Abría la puerta, encendía la luz y mientras el padre se iba desnudando, ella llevaba al niño al cuarto de baño. Después le ponía el pijama y lo acostaba.
Sueña con los angelitos.
Mamá...
Sí.
¿Cuándo acaba la feria?"

"Buscaban un sitio y se encontraban con unos amigo. Venid con nosotros. Se sentaban con ellos y la niña repipi le enseñaba el traje que él llamaba feo hasta hacerla llorar.
Niño...
Déjalos, son cosas de chiquillos.
Sonaban las sevillanas y unos jóvenes muy arreglados sacaban a bailar a unas jóvenes muy arregladas. Un vendedor pasaba por la mesa ofreciendo patatas fritas. Llegaba el camarero con los refrescos, el vino y las tapas y cobraba en el acto. Un vendedor de globos se desprendía de dos. Al poco, el niño lo dejaba volar hasta que chocaba con la lona de la caseta.
Un hombre que había bebido demasiado se encaraba con otro que siempre bebía demasiado y estaban a punto de llegar a las manos. Alguien quería evitar la pelea y se llevaba algún golpe.
Un joven tímido aprovechaba la música y el vino para declarar su amor. Ella se sonrojaba y le basaba en los labios.
El niño empezaba a aburrirse y bostezaba descaradamente. Niño, ¿quieres otra Coca-cola? Pero ahora sólo le apetecía dormir. La madre proponía volver a casa y el padre opinaba que era muy temprano. Pero mira el niño. Apuraban la última copa de fino y se despedían. No, nosotros os acompañamos. Por el camino el niño escuchaba a los hombres comentar los resultados de la liga y añadía una puntualización que no sabía por qué hacía reír a todos. La niña repipi dormía entre los brazos de su madre, que hablaba con la madre de él sobre la comida del día siguiente. Pues yo la hago triturando primero los tomates.
Se cruzaban con unos jóvenes que tocaban las palmas desacompasadamente y no sabían muy bien dónde poner los pies. Buenas nos dé Dios.
Ea, hasta mañana. Abría la puerta, encendía la luz y mientras el padre se iba desnudando, ella llevaba al niño al cuarto de baño. Después le ponía el pijama y lo acostaba.
Sueña con los angelitos.
Mamá...
Sí.
¿Cuándo acaba la feria?"






