Volar, volar
De pequeño, estaba absolutamente convencido de que podía volar. Estaba tan convencido de ello, que no me hacía falta comprobarlo, sabía que en cuanto quisiera, apretaría las piernas, me despegaría unos milímetros del suelo y me deslizaría como si fuera volando sobre unos patines invisibles.
¿Por qué estaba tan convencido? Probablemente porque era un sueño recurrente y aún no tenía edad para distinguir el sueño de la realidad.
Pero todo se fue al carajo un día por culpa de un vecino. Recuerdo que estaba en el corral de mi casa cuando le comenté muy convencido que podía volar. Él no se lo creía (no sé por qué) y me pidió que lo hiciera. Era la primera vez que iba a intentarlo estando despierto, pero yo creía que había volado ya cientos de veces. Apreté las piernas... apreté fuerte... y nada. No me desplacé ni un centímetro.
Desde aquel momento ya no puedo volar. No sé, tal vez dejar de volar sea una de las cosas que nos hacen alejarnos de la infancia.
¿Por qué estaba tan convencido? Probablemente porque era un sueño recurrente y aún no tenía edad para distinguir el sueño de la realidad.
Pero todo se fue al carajo un día por culpa de un vecino. Recuerdo que estaba en el corral de mi casa cuando le comenté muy convencido que podía volar. Él no se lo creía (no sé por qué) y me pidió que lo hiciera. Era la primera vez que iba a intentarlo estando despierto, pero yo creía que había volado ya cientos de veces. Apreté las piernas... apreté fuerte... y nada. No me desplacé ni un centímetro.
Desde aquel momento ya no puedo volar. No sé, tal vez dejar de volar sea una de las cosas que nos hacen alejarnos de la infancia.





