Apuestas
Releyendo la vez en que me comí un trozo de carne cruda, he recordado un par de apuestas que hice con mi hermano mayor.
Una vez me dijo que no era capaz de comerme un huevo crudo. Yo le dije que sí y le reté a una apuesta. No recuerdo la cantidad de dinero (puede que veinte duros), pero era suficiente como para alentarme a aceptar. Así que ahí estaba yo, con un huevo en la mano rememorando esos momentos vistos en más de una película en que el duro hace un par de agujeros en el cascarón y se traga el interior. Primer agujero. Segundo agujero. Absorción y... todo para dentro. Aquello no me desagradó ni me dio asco, es más, me dejó un agradable sabor en la garganta. Y gané la apuesta.
Sin embargo, creo que perdí la siguiente. Esta vez se trataba de beber un vasito de vinagre sin hacer muecas. Me planté frente a un espejo, mi hermano junto a mí, y me tragué el vinagre. No recuerdo que ocurrió, y por eso mismo, supongo que perdí la apuesta.
Si hubiera ganado, no lo habría olvidado.
Una vez me dijo que no era capaz de comerme un huevo crudo. Yo le dije que sí y le reté a una apuesta. No recuerdo la cantidad de dinero (puede que veinte duros), pero era suficiente como para alentarme a aceptar. Así que ahí estaba yo, con un huevo en la mano rememorando esos momentos vistos en más de una película en que el duro hace un par de agujeros en el cascarón y se traga el interior. Primer agujero. Segundo agujero. Absorción y... todo para dentro. Aquello no me desagradó ni me dio asco, es más, me dejó un agradable sabor en la garganta. Y gané la apuesta.
Sin embargo, creo que perdí la siguiente. Esta vez se trataba de beber un vasito de vinagre sin hacer muecas. Me planté frente a un espejo, mi hermano junto a mí, y me tragué el vinagre. No recuerdo que ocurrió, y por eso mismo, supongo que perdí la apuesta.
Si hubiera ganado, no lo habría olvidado.





