logotipo

img_google
Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Vecinos
En mi calle nos conocíamos todos. Frente a mi casa vivía una pareja de ancianitos entrañables que a veces eran como una especie de abuelos de reemplazo. Él se dedicaba a hacer sillas y sillones con tallos de adelfa.
Sobre su casa había también un soberao. Pero había una diferencia muy notable con respecto al de mi casa. En mi casa, arriba no había nada, sólo habitaciones vacías con algún mueble desvencijado en el que mi padre guardaba diversos aperos, y una habitación abuhardillada en la que se guardaba paja y en la que de vez en cuando se colaba algún gato a dormir.
Sin embargo, el soberao de mis vecinos era un auténtico desván. Para mí constituía un mundo misterioso. Me encantaba subir allí e imaginar que podía pasar cualquier cosa. De hecho, recuerdo que mis padres guardaban allí mi cama. Y recuerdo el día en que fueron a buscarla para que por fin pudiera abandonar la cuna. En mi pequeña cabecita fue todo un acontecimiento.

Por fin, en la habitación, junto a la de mi hermano, montaron mi propia cama. Pero mis vecinos sólo guardaban la estructura. Mientras llegaba el colchón, yo seguía durmiendo en la cuna, plantada en el interior de lo que sería mi cama "de adulto" sólo dos o tres días después.

En mi calle también había una anciana a la que no sé si mi familia o todos los vecinos llamábamos "La pestosa", por su clara reticencia a darse un baño. Cierto día la señora se me acercó para decirme no recuerdo qué y noté un perfume a colonia exagerado. Corrí a mi casa y les conté muy ufano a mis padres: "Ya no se llama "La pestosa", ahora se llama "La perfumá"". Mis padres recibieron la noticia con grandes risotadas.

En la casa inmediata a la mía no vivía nadie. La utilizaba un vecino como cuadra para guardar su burro, al que conocíamos sencillamente como el burro de Andrés.

También vivía en mi calle una familia de varias hermanas mayores que mi hermano y yo (no doy nombres porque los nombres son algo muy privado). Me gustaba acudir a su casa y recuerdo especialmente que sobre una cómoda tenían una especie de hormiga gigante fabricada con púas de madera o algo así. Era un objeto que me fascinaba. Muchos años después una de estas hermanas me contó que de pequeño yo iba a su casa y les leía los cuentos que escribía. No recuerdo esos momentos, pero no dudo de su veracidad. Parece que desde mi infancia me gustaba contar historias (para quien no me conozca, actualmente me gano la vida escribiendo).

Había también una señora, "La pelá", que vendía chucherías. Tengo una pequeña anéctoda respecto a esa señora y un botellín de coca-cola (nada sórdido, es algo muy inocente) que ya contaré.

Había también un chaval, de la edad de mi hermano más o menos, que nos prestaba tebeos de todas clases.

Y justo frente a mi casa, una familia numerosa con un enorme corral y creo que bastantes gatos. Uno de los hijos de esta familia, aunque algo mayor que yo, era uno de los vecinos con los que más tiempo pasaba. Y en el inevitable soberao de esta casa, conocí algo que nunca me abandonaría: el gusto por la música.
 
Comentario:
¿recuerdas que carmen "la pelá" tenía la bombilla más pequeña que jamás existió? no sé por qué, pero intento recordar su cara y se me parece a Goya. Andrés, el dueño del burro que tenías como vecino, era mi chache.
No