De averías, campanadas y soluciones

No sé que Navidad fue aquella en que decidimos que ni íbamos a comer las uvas en casa ni en ninguna fiesta, sino que íbamos a hacer lo que hacía la gente de Madrid: acudiríamos a la Plaza del Ayuntamiento para comernos las doce uvas al compás del reloj de la torre.
No recuerdo si el reloj estaba ya averiado o si se averió aquella noche. Lo cierto es que cuando llegamos allí, las agujas marcaban una hora absurda, que nada tenía que ver con la proximidad del año nuevo. Ni corto ni perezoso, alguien se asomó al balcón de la casa situada a la derecha del Ayuntamiento, con una cacerola y un cazo en la mano. Mirando hacia el interior de su salón seguía atentamente la retransmisión por Televisión Española. Probablemente aún la veía en blanco y negro.
Cuando empezaron las campanadas, él fue repitiéndolas dando golpes del cazo contra la cacerola. Puede que las "campanadas" correpondieran con las de la Puerta del Sol o puede que no, pero nos comimos las doce uvas, nos besamos todos, y aún hoy mantengo aquel recuerdo.





