La primera estafa

Pisé una escuela por primera vez a los cinco años. Hice parvulitos en un colegio de monjas, allí me sacaron la foto.
Era un niño no muy sociable, muy tímido para relacionarme con los demás. La verdad es que cuando llegaba la hora del recreo no solía jugar con los niños de mi clase, sino que buscaba a mi prima (una año menor que yo) y pasaba la media hora de descanso con ella.
Recuerdo que junto al colegio había una casa en la que vendían chucherías. Un día mi madre me dio dinero (creo que una peseta, no lo recuerdo bien) para que comprara chucherías a la hora del recreo. Yo estaba orgulloso con mi peseta, me sentía el niño más afortunado del mundo.
Las monjas deben tener un olfato especial para el dinero. Tantos años de pedigüeñas les ha desarrollado un sexto sentido que les avisa con un pilotito en sus bolsillos cuando hay un incauto cerca al que engañar. Y allí estaba yo con mi peseta y con sólo cinco años.
La monja se acercó a mi pupitre y me pidió que le enseñara lo que tenía en la mano. Yo mostré la moneda y ella, con una sonrisa que a mí me pareció una amenaza, me quitó la peseta y me puso una barra de plastilina a cambio. Si algo me enseñó aquello era que no tenía que confiar en nadie.
Para ella había sido una transacción comercial, para mí la primera vez que me estafaban en mi vida.
Si eso me hizo sentir mal, mucho peor fue lo que sucedió con la historia de la piedra anónima.





