Retazos
Hay momentos en que un pequeño detalle nos devuelve a la infancia por unas milésimas de segundo. Son sonidos, olores, imágenes ocultas en lo más oculto de nuestra memoria, que de pronto reaparecen en un primer plano.
De mis primeros años, aún recuerdo que me gustaba mucho el sonido de la suela dura de los zapatos de mi padre pisando la arena sobre el adoquín. O el sonido del tintineo de las llaves en us bolsillo. Y actualmente, cada vez que hay elecciones (que son las únicas veces que vuelvo a pisar un colegio de primaria), el olor de las aulas me traslada a aquellos años en el colegio.
También recuerdo que muy de madrugada, mientras mi padre desayunaba para ir a trabajar, yo oía el lejano sonido, proveniente de la cocina, de la cortinilla musical de la Cadena SER. Era un sonido con cierto poder protector. Ahí estaba mi padre.
Otro olor de la infancia es el olor a lejía de las manos de mi madre. Ella te peinaba, te ponía bien el cuello, y tú percibías ese olor como algo suyo.
Y ciertas imágenes olvidadas vuelven alguna vez a la retina del recuerdo: portadas de tebeos, anuncios, imágenes de películas, fotografías perdidas...
Sin embargo, lo más evocador suelen ser esos olores indefinidos que de repente nos trasladan a algún lugar del que salimos tan pronto como hemos llegado, dejando en nuestro espíritu cierto sabor melancólico que nos puede acompañar durante un buen rato. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez?
De mis primeros años, aún recuerdo que me gustaba mucho el sonido de la suela dura de los zapatos de mi padre pisando la arena sobre el adoquín. O el sonido del tintineo de las llaves en us bolsillo. Y actualmente, cada vez que hay elecciones (que son las únicas veces que vuelvo a pisar un colegio de primaria), el olor de las aulas me traslada a aquellos años en el colegio.
También recuerdo que muy de madrugada, mientras mi padre desayunaba para ir a trabajar, yo oía el lejano sonido, proveniente de la cocina, de la cortinilla musical de la Cadena SER. Era un sonido con cierto poder protector. Ahí estaba mi padre.
Otro olor de la infancia es el olor a lejía de las manos de mi madre. Ella te peinaba, te ponía bien el cuello, y tú percibías ese olor como algo suyo.
Y ciertas imágenes olvidadas vuelven alguna vez a la retina del recuerdo: portadas de tebeos, anuncios, imágenes de películas, fotografías perdidas...
Sin embargo, lo más evocador suelen ser esos olores indefinidos que de repente nos trasladan a algún lugar del que salimos tan pronto como hemos llegado, dejando en nuestro espíritu cierto sabor melancólico que nos puede acompañar durante un buen rato. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez?





