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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
El corral y las avispas.

El tractor de juguete era de mi hermano, pero el que está subido soy yo. Mi hermano es el otro niño. La niña de la cabeza cortada creo que era una de aquellas niñas a cuya madre yo leía mis cuentos. Estamos en la playa.

Bueno, no. No pisé una playa de verdad hasta por lo menos los trece años, en el viaje de fin de curso de octavo de E.G.B. Esta playa era una playa artificial que nos montábamos en el corral cubriendo el áspero suelo con bastante agua.

Aquel corral era un lugar muy apreciado para el ocio cuando llegaba el buen tiempo. En él pusimos la piscina de plástico, en él montábamos esta playa, en él jugábamos a la pelota. Y por jugar a la pelota ocurrió lo de las avispas.

Mi casa daba por la parte trasera a una fábrica de losetas. Como dije, en el corral estaba la cuadra. Así que sobre ella había un tejado (no recuerdo si de aurelita o de qué material), y tras el tejado una enorme tapia que ocultaba la fábrica.

Era verano. Mi hermano y yo y no recuerdo si alguien más jugábamos con una pelota pequeña. En un golpe demasiado fuerte, la pelota subió, subió, subió... y se embarcó en el tejado. Alguien tenía que subir a rescatarla.

No recuerdo cómo llegamos a la conclusión de que tenía que ser yo. Estaba en pantalones cortos y mi hermano empezó a prepararme todo tipo de pseudo-armaduras para defenderme de las avispas que habría en el tejado e incluso creo recordar que un spray con agua. Pero yo, muy valiente, no quería ponerme nada. Subiría, cogería la pelota con cuidado y bajaría tan tranquilamente, ¿por qué tenían las avispas que hacerme nada?

Así que apoyamos la escalera y subí con toda tranquilidad. Era un tejado bastante alto. Caminé con mucho cuidado de no pisar ningún nido de avispas. Anduve despacio por el tejado, mirando con cautela dónde ponía cada pie en cada momento. Hasta que cogí la pelota y la tiré de nuevo al corral, entonces me olvidé de toda precaución y volví hacia la escalera rápidamente. Incauto.

Pisé un nido y pronto un enjambre de avispas furiosas me rodeó. Cómo picaban las muy... Yo daba saltos de dolor, sin saber qué hacer. En milésimas de segundo, salida como de la nada, mi madre apareció al final de la escalera con un trapo en la mano. Ningún arma de destrucción masiva puede compararse con un trapo en manos de una madre asustada. Mientras daba trapazos a diestro y siniestro, me agarró y me bajó por la escalera de mano.

No sé la cantidad de picaduras que tenía, pero fueron muchas. Por suerte ninguna en la cara ni ninguna zona comprometida. No recuerdo la visita al médico ni la medicación que tuve que tomar, pero recuerdo que estuve un tiempo sintiendo dolor con cada movimiento. Las agujetas por correr un maratón no se pueden comparar con aquello. Os lo aseguro.
 
Comentario:
Es verdad, pobre Federica. Algún día tendremos que acercarnos a darle un homenaje en su tumba.
 
Comentario:
Es verdad, pobre Federica. Algún día tendremos que acercarnos a darle un homenaje en su tumba.
 
Comentario:
MENOS MAL QUE NO TE PICO NINGUNA EN LAS OREJAS, TE DIGO POR EXPERIENCIA QUE CRECEN Y ENROJECEN HASTA LA CARICATURA.POBRE FEDERICA.
No