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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
La palmeta
En aquellos años aún se usaba la palmeta, esa especie de regla de madera que usaban los maestros para golpear a los niños en la mano, como castigo.

Yo era bastante modosito y sólo probé su picadura en dos o tres ocasiones, pero en mi clase había auténticos reincidentes. Y, cómo no, la palmeta también creaba mitos. En nuestra clase todos admirábamos a un compañero (sigo sin dar nombres) que aguantaba estoicamente cada palmetazo y no se quejaba lo más mínimo. Siempre creímos que no le dolía. Él nos explicaba su secreto. Cada mañana, antes de ir a clase, se untaba ajo en la palma de la mano, con eso te hacías insensible al dolor. Todos esperábamos el momento en que aquel compañero de clase fuera castigado para ver cómo resistía. Esos momentos se convertían en una especie de desafío a la autoridad, y aunque el que golpeaba era el maestro, el que ganaba nuestra admiración era siempre el alumno.

Como dije, mi maestro, tenia cierta tendencia al exhibicionismo y la exageración, algo que aplicaba hasta en los momentos de dar el palmetazo. Una vez hizo extender la mano a otro compañero (que años más tarde, en la universidad, sería compañero mío de piso) y él se subió a una mesa. Dio un salto tipo Bruce Lee y golpeó con la palmeta. Por suerte, nuestro compañero apartó la mano y la palmeta silbó en el aire. No quiero ni pensar el dolor que hubiera sentido de no apartarla. El mismo profesor debió de darse cuenta de su exceso, puesto que no intentó darle de nuevo.

Además, la palmeta permitía una modalidad más dolorosa que practicaban otros maestros. Consistía en exigir al alumno que ahuecara la mano y golpear en la punta de los cinco dedos. Uff, qué dolor.

Además, en el colegio había otro profesor famoso por sus capones, que te dejaban picando la cabeza durante horas. Curioso record.

Qué tiempos, menos mal que hemos progresado...
No