El pijama de franela
El primer recuerdo es un hospital. No, no es el día de mi nacimiento, pero tampoco mucho después. Tenía cuatro años.
Por lo visto yo era muy llorón, y eso me provocó una hernia. Aunque mi orgullo me hace pensar que no fue así. Yo tenía una hernia, y por eso lloraba. Bueno, lo de hernia es algo actual, en aquel entonces lo que me pasaba era que estaba "quebrao".
De esta primera operación nacieron mis primeras anécdotas. Recuerdo retazos de aquellos días en el hospital, pero con extraordinaria claridad.
Puedo contar lo del pijama. Mi madre me había comprado un pijama muy bonito para que fuera al hospital con mis mejores galas. Ya se sabe los consejos que se dan en los pueblos: hay que llevar calzoncillos siempre limpios por si estás a punto de morir y tienen que desnudarte en el hospital. Pues con el pijama parece que pasaba algo parecido. Creo recordar que era verde, de franela y lleno de pequeños círculos en el interior de cada cual había dibujado unos muñequitos practicando diversos deportes. Estaba orgullosísimo de mi pijama, tal vez mi primera conciencia de coquetería masculina.
Pero ¡¡horror!!, llegó la enfermera y me dijo que allí no podía estar así, tenía que ponerme uno de esos horribles pijamas de tergal del hospital. La hernia tuvo que dolerme mucho entonces, porque conseguí que me dejaran el pijama de los deportistas. ¡Una gran victoria!
Pero la cosa no acabó ahí. Recuerdo que estando ya en el quirófano, poco antes de recibir la anestesia, alguien que supuse el médico, pero que ahora creo que fue el anestesista me comentó "¡Qué pijama tan bonito!", una manera muy plácida de empezar a dormir.
Pero entre el momento de ponerme el pijama y el momento de operarme, pasaron algunas cosas más.
Por lo visto yo era muy llorón, y eso me provocó una hernia. Aunque mi orgullo me hace pensar que no fue así. Yo tenía una hernia, y por eso lloraba. Bueno, lo de hernia es algo actual, en aquel entonces lo que me pasaba era que estaba "quebrao".
De esta primera operación nacieron mis primeras anécdotas. Recuerdo retazos de aquellos días en el hospital, pero con extraordinaria claridad.
Puedo contar lo del pijama. Mi madre me había comprado un pijama muy bonito para que fuera al hospital con mis mejores galas. Ya se sabe los consejos que se dan en los pueblos: hay que llevar calzoncillos siempre limpios por si estás a punto de morir y tienen que desnudarte en el hospital. Pues con el pijama parece que pasaba algo parecido. Creo recordar que era verde, de franela y lleno de pequeños círculos en el interior de cada cual había dibujado unos muñequitos practicando diversos deportes. Estaba orgullosísimo de mi pijama, tal vez mi primera conciencia de coquetería masculina.
Pero ¡¡horror!!, llegó la enfermera y me dijo que allí no podía estar así, tenía que ponerme uno de esos horribles pijamas de tergal del hospital. La hernia tuvo que dolerme mucho entonces, porque conseguí que me dejaran el pijama de los deportistas. ¡Una gran victoria!
Pero la cosa no acabó ahí. Recuerdo que estando ya en el quirófano, poco antes de recibir la anestesia, alguien que supuse el médico, pero que ahora creo que fue el anestesista me comentó "¡Qué pijama tan bonito!", una manera muy plácida de empezar a dormir.
Pero entre el momento de ponerme el pijama y el momento de operarme, pasaron algunas cosas más.





