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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
La suite de lujo
Estar enfermo es divertido. Al menos, así me lo parecía.

Estar ingresado en el hospital te convierte en protagonista. Para mí era como alojarme en una suite de lujo.

Toda tu familia llega a verte y todos traen regalos. Aún recuerdo que devoraba los tebeos que me traían. No sabía leer, pero me divertían mucho los dibujos. Y en aquel hospital de Sevilla tuve el segundo regalo que menos me duró (el primero fue uno que rompí antes de que me lo regalaran, pero esa es otra historia que ya contaré). Alguien me trajo una moto de chapa, de esas que corren haciéndola rodar primero un poco hacia atrás. A mí se me ocurrió hacerla funcionar sobre mi cama: corrió hacia el borde, cayó al suelo y... plaf, nunca más funcionó.

Pero no todos eran buenos momentos. Había que orinar delante de una enfermera. ¡Por Dios, los niños también quieren intimidad!

Y aún tengo una imagen. Yo, de pie, sobre una mesa, y un médico mirándome y hablándome amablemente. ¡¡Me amenazó con cortarme la pilila!! Cuando vio mi pánico, me confesó que era una broma, que lo único que iba a hacer era ponerme una inyección. Seguramente es un buen método para que lo de la inyección me pareciera una tontería, pero seguramente también aún arrastro muchos traumas por aquel terror a perder la pilila.

Guardo también otras imágenes en mi retina de aquellos días, pero no puedo relacionarlas con ninguna historia. Son imágenes de mi compañero de habitación, de las cortinas, del recipiente donde tenía que orinar (que extrañamente recuerdo como un botellín de cerveza, quién sabe, tal y como está la sanidad, tal vez fuera eso de verdad)...

En fin, la operación salió bien. Desperté de la anestesia con más regalos a mi alrededor y ya está, aquella felicidad duró poco más.

En mi ingle quedó una cicatriz que mi madre enseñaba a propios y extraños con impudicia y que yo exhibía muy a mi pesar. Ahí aprendí que una de las funciones de todas las madres es avergonzar a sus hijos frente a todo el que se ponga por delante.
 
Comentario:
Felicidades por tu blog, te frecuentaré. Siempre es agradable leer a alguien que tiene algo que contar, y no a todas las solteras treintañeras (entre las que me incluyo) preocupadas por la operación bikini y emulando a Bridget Jones (entre las que espero no estar).

Yo también fui operada a los cuatro años, y es cierto, es una experiencia que no se olvida.

Salu2.
No