Poder absoluto
Era verano, aún recuerdo el calor, pero yo no tenía ganas de dormir la siesta. Cogí mi pelota, amarilla, con hectágonos negros, y salí a la calle. No había ni un alma. Claro, a la hora de la siesta y con mil grados a la sombra, ¿quién iba a haber?
Como no encontré compañeros de juego me puse a jugar solo. Tiraba la pelota contra la pared de mi casa (insisto de MI casa) y la volvía a recoger, chutaba contra la pared, la tiraba con las manos...
Cuando llevaba así unos minutos, apareció por la calle la vecina de enfrente (la madre del que me ponía Mammy Blue). Cuando me vio jugando empezó a reñirme. Me echaba la bronca porque estaba dando balonazos contra MI casa. Aquello me indignó muchísimo, me parecía una total injusticia, y ya se sabe lo que me pasaba a mí con las injusticias (sobre todo las que sufría en mi propia piel). No quería hacerle caso, pero la mujer reñía y reñía, amenazaba con llamar a mi madre. Yo no entendía nada, ¿llamar a mi madre? ¿Para qué? Mi madre sabía que yo estaba en la calle.
En fin, que acabé entrando en casa muy enfadado porque mi vecina me había impedido jugar en mi propio terreno. Sentí en mis carnes el poder absoluto que los adultos tenían sobre los niños. Fue otra de las ocasiones en que quise crecer rápidamente.
Como no encontré compañeros de juego me puse a jugar solo. Tiraba la pelota contra la pared de mi casa (insisto de MI casa) y la volvía a recoger, chutaba contra la pared, la tiraba con las manos...
Cuando llevaba así unos minutos, apareció por la calle la vecina de enfrente (la madre del que me ponía Mammy Blue). Cuando me vio jugando empezó a reñirme. Me echaba la bronca porque estaba dando balonazos contra MI casa. Aquello me indignó muchísimo, me parecía una total injusticia, y ya se sabe lo que me pasaba a mí con las injusticias (sobre todo las que sufría en mi propia piel). No quería hacerle caso, pero la mujer reñía y reñía, amenazaba con llamar a mi madre. Yo no entendía nada, ¿llamar a mi madre? ¿Para qué? Mi madre sabía que yo estaba en la calle.
En fin, que acabé entrando en casa muy enfadado porque mi vecina me había impedido jugar en mi propio terreno. Sentí en mis carnes el poder absoluto que los adultos tenían sobre los niños. Fue otra de las ocasiones en que quise crecer rápidamente.





