logotipo

img_google
Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
La primera musa
No sé si yo estaba en Tercero de E.G.B. y ella en Primero, o si yo estaba en Quinto y ella en Tercero. Lo cierto es que uno de los dos estaba en Tercero.

En el colegio, empecé a fijarme en una niña a la que sólo conocía de verla por allí. Aunque, claro, en un pueblo, también sabía dónde vivía. Me parecía guapísima y buscaba siempre el momento de pasar cerca de ella para mirarla. Incluso cuando no estaba en el colegio, pensaba en ella. Es una sensación fácilmente reconocible, ¿no?

A mí me gustaba escribir desde que aprendí a hacerlo, así que expresé aquello que sentía con una serie de frases. Yo no había leído poesía y escribí todo de corrido, sin hacer versos. Pero era un poema. Sólo recuerdo que recurría a los tópicos de "flor de jardín" y cosas por el estilo, y que decía algo sobre "cada vez que paso por tu casa". Seguro que como poema era un desastre, pero me encantaría haberlo conservado.

Al principio no le dije nada a nadie (ya se sabe, la timidez), pero pronto se lo comenté a mi amigo, a ese amigo del colegio que siempre va con nosotros a todas partes. No sé si fue un error o un acierto, pero cuando este amigo leyó lo que yo había escrito, no tuvo mejor idea que dársela al maestro. Sí, a ese maestro que se ponía nariz de payaso y que tocaba el tambor.

El maestro leyó el "poema" delante de todos. Dios, qué vergüenza pasé. Después de leerlo, me llamó aparte. Cogió el poema y puso barras en el lugar donde debería terminar cada verso. Me explicó que tenía que escribir cada una de esas frases en una nueva línea. Esa fue mi primera experiencia con la poesía, no leyéndola, sino escribiéndola.

Después, mi amigo organizó una especie de "programa de espionaje". Cada tarde, al salir del colegio, seguíamos a la niña a una distancia prudencial. Cuando ella entraba en su casa, nosotros nos despedíamos y nos íbamos cada uno a la nuestra. No me gustaba hacer aquello, pero como mi amigo me había ofrecido ese "plan" y se ofrecía a acompañarme para hacerme un favor, no sabía decir que no.

Creo que fue precisamente la incomodidad que me provocaba el programa de espionaje lo que me hizo ir perdiendo el interés en la niña poco a poco.

Aquella fue mi primera musa.
No