Homicidio por imprudencia
Un día cayó en el patio de mi casa un gorrión herido. De alguna manera se había hecho daño en una de sus alas y había acabado allí, en mi casa. Me propuse cuidarlo.
Mi primer racionamiento fue: si es un pájaro, tiene que estar en una jaula, así que pedí una a un vecino y metí allí al gorrión.
Lo preparé todo para que pasara ahí su convalecencia de la mejor manera posible: un poco de agua, un poco de trigo (¿comen trigo los gorriones?), y aire libre. Colgué la jaula en el mismo patio.
Esa noche me acosté con la conciencia de haber hecho una buena acción. Pero había algo con lo que no contaba: la lluvia. Mientras dormía, comenzó a llover a raudales.
Por la mañana, aún seguía cayendo una ligera llovizna, así que me levanté y fui corriendo a quitar la jaula del patio y guardarla bajo cubierto. Demasiado tarde. El pobre gorrión estaba muerto en el suelo de su última casa.
No hubo ningún tribunal que me juzgara por aquello, pero yo me sentí totalmente culpable.
Mi primer racionamiento fue: si es un pájaro, tiene que estar en una jaula, así que pedí una a un vecino y metí allí al gorrión.
Lo preparé todo para que pasara ahí su convalecencia de la mejor manera posible: un poco de agua, un poco de trigo (¿comen trigo los gorriones?), y aire libre. Colgué la jaula en el mismo patio.
Esa noche me acosté con la conciencia de haber hecho una buena acción. Pero había algo con lo que no contaba: la lluvia. Mientras dormía, comenzó a llover a raudales.
Por la mañana, aún seguía cayendo una ligera llovizna, así que me levanté y fui corriendo a quitar la jaula del patio y guardarla bajo cubierto. Demasiado tarde. El pobre gorrión estaba muerto en el suelo de su última casa.
No hubo ningún tribunal que me juzgara por aquello, pero yo me sentí totalmente culpable.





