Matasellos a ningún lugar
Ni futbolista, ni bombero. De mayor, yo quería ser cartero. Sí, como suena.
Me explico. Me apasionaba el cine y la televisión y una de las cosas que quería ser era actor, también me gustaba escribir, con lo que soñaba con ganar algún famoso premio literario y dedicarme a publicar novela tras novela. Pero esos eran sueños que incluso en mi mente de niño aparecían como metas bastante inalcanzables.
Sin embargo, había un trabajo mucho más cercano, mucho más real, que me parecía uno de los grandes chollos de la humanidad: cartero.
Según mi idea, un cartero era una persona que abría el buzón, cogía las cartas y tenía que ir repartiéndolas una a una a su destino. Que la carta estaba dirigida al mismo pueblo, la llevaba al instante; que estaba destinada a Nueva York, allá que iba el cartero en un avión para entregarla en mano; que su destinatario era el rey de una pequeña tribu centroafricana, ropa cómoda y a la selva. Buen trabajo, ¿no?
Tanto me apetecía ese trabajo que llegué a componer una canción (si a eso se podía llamar componer) que decía algo así como "Yo quiero ser cartero para viajar..." y no recuerdo más.
Canté esa canción delante de no recuerdo quién, y esa persona me sacó de mi error. El cartero no salía del pueblo, bueno, como mucho a Matalascañas en verano, con su mujer, sus churumbeles y pagándolo de su bolsillo. ¡Vaya chasco!
Ahí acabó mi carrera de cartero,... y de músico.
Me explico. Me apasionaba el cine y la televisión y una de las cosas que quería ser era actor, también me gustaba escribir, con lo que soñaba con ganar algún famoso premio literario y dedicarme a publicar novela tras novela. Pero esos eran sueños que incluso en mi mente de niño aparecían como metas bastante inalcanzables.
Sin embargo, había un trabajo mucho más cercano, mucho más real, que me parecía uno de los grandes chollos de la humanidad: cartero.
Según mi idea, un cartero era una persona que abría el buzón, cogía las cartas y tenía que ir repartiéndolas una a una a su destino. Que la carta estaba dirigida al mismo pueblo, la llevaba al instante; que estaba destinada a Nueva York, allá que iba el cartero en un avión para entregarla en mano; que su destinatario era el rey de una pequeña tribu centroafricana, ropa cómoda y a la selva. Buen trabajo, ¿no?
Tanto me apetecía ese trabajo que llegué a componer una canción (si a eso se podía llamar componer) que decía algo así como "Yo quiero ser cartero para viajar..." y no recuerdo más.
Canté esa canción delante de no recuerdo quién, y esa persona me sacó de mi error. El cartero no salía del pueblo, bueno, como mucho a Matalascañas en verano, con su mujer, sus churumbeles y pagándolo de su bolsillo. ¡Vaya chasco!
Ahí acabó mi carrera de cartero,... y de músico.





