Tráfico de influencias

Nunca he sabido decir que no.
Yo tenía un tío que trabajaba en una farmacia (bueno, aún lo tengo). Para ciertas cosas, eso podía ser un privilegio. Un día me regaló una cajita de Pastillas Juanola, esos rombos de regaliz tan refrescantes. Como no me había costado ni una peseta, yo presumía en el colegio de las pastillas, de la farmacia y de mi tío.
Según mis palabras, parecía que todo cuanto quisiera de esa farmacia podía ser mío con sólo pedirlo. Aquel amigo inseparable, el que me "animó" a seguir a la chica de mis sueños, me dijo que si era así, que fuéramos a por más.
Y claro, no sólo es que no supiera decir que no, es que decir que no a aquello era reconocer que había exagerado, era quedar mal. Así que allá que iba yo con mi amigo por la calle pensando que tenía que ocurrir algo antes de llegar que me salvara en el último momento.
Pero me iba acercando y nada ocurría. Entramos en la farmacia y nada ocurría. O sí. Mi tío no estaba atendiendo. Pregunté por él y, horror, estaba en la rebotica. Salío.
- ¿Qué quieres, sobrino?
- Una caja de pastillas Juanola.
Mi tío cogió la caja y la puso en el mostrador. Tras lo cual, como era su obligación, me pidió el importe. Yo, seguramente más rojo que una amapola, balbuceé que no tenía dinero que iba a que me la regalara. Mi tío puso cara de circunstancias y también balbuceó algo que yo no pude oír porque estaba muerto de vergüenza. Pero acabó regalándome la cajita.
Salimos de la farmacia. Mi amigo iba contento reconociendo que yo tenía razón, pero yo sabía que había hecho algo mal.
De manera que cuando llegué a casa y me cayó una terrible bronca por haber tenido la cara tan dura, callé y asentí, porque sentía que me merecía esa bronca con todas las de la ley.





