Una broma de dudoso gusto
Ahora que lo pienso, en mi calle había muchos niños y muy pocas niñas. O, al menos, en los juegos rara vez participaban ellas.
Entre los chavales de la calle pronto apareció una broma que tuvo mucho éxito hasta que fuimos cayendo uno a uno. El efecto era el siguiente:
Tus amigos te pedían que confiaras en ellos para demostrar que de verdad eras su amigo. Te tenías que sentar en el suelo y cerrar los ojos. Para que no tuvieras la tentación de abrirlos, alguien te los tapaba con la mano. Entonces, desde esa posición, tenías que sacar la lengua. Al momento, notabas algo suave pasar por ella. Tu reacción inmediata era meter la lengua en la boca. Entonces, el chaval de detrás te quitaba las manos de los ojos y tú los abrías. ¿Qué te encontrabas justo frente a ti? A otro de tus supuestos amigos abrochándose precipitadamente la cremallera del pantalón. Obviamente, pensabas que te había pasado la punta del capullo por la lengua y empezabas a escupir mientras los demás reían a lágrima viva.
Pero entonces llegaba el turno de hacerle la broma a un nuevo incauto y tú podías ver el mecanismo.
Cuando sacabas la lengua, el chaval que estaba frente a ti, lo que pasaba por tu lengua, apenas rozándola, era el codo (a esas edades aún está suave, a no ser que te hayas caído de la bici). Pero claro, al abrir los ojos, lo menos en lo que podías pensar era en codos, lo que se te venía a la mente era la familia completa del que tenías frente a tí, muertos incluidos.
Entre los chavales de la calle pronto apareció una broma que tuvo mucho éxito hasta que fuimos cayendo uno a uno. El efecto era el siguiente:
Tus amigos te pedían que confiaras en ellos para demostrar que de verdad eras su amigo. Te tenías que sentar en el suelo y cerrar los ojos. Para que no tuvieras la tentación de abrirlos, alguien te los tapaba con la mano. Entonces, desde esa posición, tenías que sacar la lengua. Al momento, notabas algo suave pasar por ella. Tu reacción inmediata era meter la lengua en la boca. Entonces, el chaval de detrás te quitaba las manos de los ojos y tú los abrías. ¿Qué te encontrabas justo frente a ti? A otro de tus supuestos amigos abrochándose precipitadamente la cremallera del pantalón. Obviamente, pensabas que te había pasado la punta del capullo por la lengua y empezabas a escupir mientras los demás reían a lágrima viva.
Pero entonces llegaba el turno de hacerle la broma a un nuevo incauto y tú podías ver el mecanismo.
Cuando sacabas la lengua, el chaval que estaba frente a ti, lo que pasaba por tu lengua, apenas rozándola, era el codo (a esas edades aún está suave, a no ser que te hayas caído de la bici). Pero claro, al abrir los ojos, lo menos en lo que podías pensar era en codos, lo que se te venía a la mente era la familia completa del que tenías frente a tí, muertos incluidos.





