El cine sin fin
Aún no he hablado de uno de mis juguetes favoritos en la infancia. En cuanto vi los anuncios, en cuanto lo vi en un escaparate, supe que tenía que ser mío: el Cinexin.
Como ya no eran los Reyes Magos quienes me traían los regalos, fui con mi madre a apartar el Cinexin a la tienda. No sé si hoy se sigue haciendo esto, pero antes los juguetes se "apartaban". Vamos, que tú dabas una señal y te lo guardaban hasta que lo compraras.
Y llegó el día de Reyes, y llegó el Cinexin a casa. En la caja venían dos películas que no durarían más de dos o tres minutos cada una. La primera era una película de vaqueros, la segunda, de dibujos animados (no recuerdo de qué personaje, ¿la Pantera Rosa? ¿Mickey? No sé).
Me encantaba coger la película, desenrollarla e ir pasándola por todos los engranajes de aquel mini-proyector. Me sentía un auténtico profesional haciendo aquello. Después cerraba la tapa, apagaba las luces, daba al interructor, ajustaba el objetivo, y... a darle a la manivela.
Vi aquellos dos cortos cientos de veces. Cuando un indio le daba a uno de los vaqueros a caballo y éste caía al río, a mí me gustaba resucitarlo dándole a la manivela al revés, con lo que el vaquero volvía al caballo, pero después volvía a matarlo.
Uno de los sitios favoritos de proyección era mi dormitorio. Cerraba las puertas, dejaba todo a oscuras y allí sobre la cama, estábamos mi hermano, mi primo, tal vez mi prima, yo... Disfrutando del espectáculo. Cuando estaba a solas, me gustaba acercar mucho el proyector a la pared y ver la película en pequeñito.
Tanto puse las películas que una acabó rompiéndose. Pero entonces la llevé a mi tío de la farmacia (el de las pastillas Juanola), que siempre ha sido muy manitas, y él me la arregló usando acetona.
Mi Cinexin tuvo un trágico final, pero eso es otra historia que ya contaré.

Como ya no eran los Reyes Magos quienes me traían los regalos, fui con mi madre a apartar el Cinexin a la tienda. No sé si hoy se sigue haciendo esto, pero antes los juguetes se "apartaban". Vamos, que tú dabas una señal y te lo guardaban hasta que lo compraras.
Y llegó el día de Reyes, y llegó el Cinexin a casa. En la caja venían dos películas que no durarían más de dos o tres minutos cada una. La primera era una película de vaqueros, la segunda, de dibujos animados (no recuerdo de qué personaje, ¿la Pantera Rosa? ¿Mickey? No sé).
Me encantaba coger la película, desenrollarla e ir pasándola por todos los engranajes de aquel mini-proyector. Me sentía un auténtico profesional haciendo aquello. Después cerraba la tapa, apagaba las luces, daba al interructor, ajustaba el objetivo, y... a darle a la manivela.
Vi aquellos dos cortos cientos de veces. Cuando un indio le daba a uno de los vaqueros a caballo y éste caía al río, a mí me gustaba resucitarlo dándole a la manivela al revés, con lo que el vaquero volvía al caballo, pero después volvía a matarlo.
Uno de los sitios favoritos de proyección era mi dormitorio. Cerraba las puertas, dejaba todo a oscuras y allí sobre la cama, estábamos mi hermano, mi primo, tal vez mi prima, yo... Disfrutando del espectáculo. Cuando estaba a solas, me gustaba acercar mucho el proyector a la pared y ver la película en pequeñito.
Tanto puse las películas que una acabó rompiéndose. Pero entonces la llevé a mi tío de la farmacia (el de las pastillas Juanola), que siempre ha sido muy manitas, y él me la arregló usando acetona.
Mi Cinexin tuvo un trágico final, pero eso es otra historia que ya contaré.






