El Conseguidor
No sé si fue a raíz de aquella broma en la que me hicieron creer que iba a participar en una serie, o a raíz de proyectar las películas en el Cinexin. Lo cierto es que pronto pensé que sería genial no sólo ver películas, sino hacerlas yo mismo.
En aquellos años, José María Iñigo tenía un programa en la tele en el que aparecía un personaje llamado El Conseguidor. La gente podía escribirle cartas contándole sus sueños y él haría todo lo posible para hacerlos realidad. Pero tenían que ser sueños no materiales, sino del tipo: conocer a Fitipaldi, bailar en un tablao en Madrid o cantar a dúo con Massiel.
Sin embargo, yo tenía un sueño no material que necesitaba de mucho apoyo material. Yo quería hacer una película. Las cámaras de vídeo caseras aún no existían, así que yo, ni corto ni perezoso, le escribí una carta al Conseguidor contándole mil y una batallas, justificando mi petición, y rogando que me enviara (o ir a recoger al programa) un tomavistas y muchos rollos de película.
Obviamente, aún sigo esperándolos.
En aquellos años, José María Iñigo tenía un programa en la tele en el que aparecía un personaje llamado El Conseguidor. La gente podía escribirle cartas contándole sus sueños y él haría todo lo posible para hacerlos realidad. Pero tenían que ser sueños no materiales, sino del tipo: conocer a Fitipaldi, bailar en un tablao en Madrid o cantar a dúo con Massiel.
Sin embargo, yo tenía un sueño no material que necesitaba de mucho apoyo material. Yo quería hacer una película. Las cámaras de vídeo caseras aún no existían, así que yo, ni corto ni perezoso, le escribí una carta al Conseguidor contándole mil y una batallas, justificando mi petición, y rogando que me enviara (o ir a recoger al programa) un tomavistas y muchos rollos de película.
Obviamente, aún sigo esperándolos.





