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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
El fin del cine sin fin
Mi hermano y yo, como es normal entre hermanos, nos peleábamos mucho. En nuestras luchas vencía el que conseguía que el otro dijera "me rindo". Pero a veces también nos enfadábamos de verdad.

Cuando esos enfados surgían, la venganza no consistía en una pelea, que al fin y al cabo es una manera rápida de solucionar problemas, sino en algo más frío, más meditado.

Una venganza recurrente era arrancar y destrozar un cromo del álbum. Aunque, sinceramente, ahora no recuerdo si ese castigo me lo hacía mi hermano a mí o yo a mi hermano. El caso es que el álbum de Don Quijote fue poco a poco perdiendo sus cromos hasta quedar inservible.

Es igual, el caso era que cuando las batallas se iban sucediendo, la guerra cobraba crudeza y la venganza podía ser mucho más cruenta.

Y así llegamos al momento que nos ocupa. En un enfado, un gran enfado, mi hermano agarró el objetivo del Cinexin (que era de plástico) y lo arrojó al brasero. Intenté rescatarlo, pero fue demasiado tarde. El objetivo quedó totalmente inservible.

A partir de entonces, sólo podía ver las películas acercando el Cinexin a escasos milímetros de la pared y viendo la proyección casi al mismo tamaño que los fotogramas.

Cosas de niños.
No