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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
La matanza
Hay un momento de la vida rural que a todo el mundo le suena: la matanza. La verdad es que yo no acudí a muchas. Tan sólo recuerdo dos, y puede que no viera muchas más.

Recuerdo con mayor nitidez una vez que fui a Setefilla, un poblado cercano a Lora del Río donde vivía parte de la familia de mi padre. Allí estaba el cerdo, vivito y coleando esperando que le llegara su hora.

El peor momento fue cuando clavaron el puñal, estilete, punzón o lo que fuera en el cuello del cerdo para que se desangrara. Los chillidos del animal me helaban la sangre. Pero uno olvida pronto. En cuanto el cerdo estuvo muerto, todo fue fiesta, alegría y una gran comilona.

La matanza es, ante todo, un trasiego de gente que hace cosas, de relaciones personales, de charlas más o menos íntimas con la excusa de poner más o menos pimentón al chorizo.

Me encantó comer aquella carne que hacía apenas unos minutos estaba viva. Y después, a llevar a casa los embutidos para que se curaran.

Hubo una pregunta que me hice: ¿cómo puede salir tanta cantidad de comida de un sólo animal?
No