Blanco amarillo blanco
Salir de la rutina te deja recuerdos de momentos que probablemente hubieran quedado en el olvido si se hubieran producido en el día a día habitual. Eso me ocurrió por el simple hecho de estar escayolado tras aquel accidente en la feria de mi pueblo.
Llevar una escayola te convertía en alguien especial. Los otros niños hacían dibujos, te firmaban, escribían frases... El baño y vestirse se convertían en retos. De no ser por el picor del brazo y por el calor que pasaba, no hubiera estado tan mal.
Pero una cosa era tener la escayola llena de garabatos, y otra diferente colorearla de amarillo. Ocurrió mientras comíamos un arroz en la cocina de mi casa. Mi hermano mayor y yo comenzamos a discutir, y en medio de una trifulca, mi plato de arroz salió volando y cayó sobre mi brazo escayolado, que quedó inmediatamente teñido de un tono paella nada higiénico.
Mi madre agarró un rollo de venda y cubrió toda la escayola para que volviera a mostrar un blanco inmaculado. Y así estuve varios días con un brazo envuelto en una gasa que ocultaba una escayola manchada que ocultaba un brazo que cada día me picaba más.
Y llegó el momento de quitarla. No hubo que ir al médico. Por lo visto, lo podíamos hacer en casa. Así que mi madre o mi padre (no recuerdo quién lo hizo) cogieron unas tijeras, fueron cortando y volvieron a sacar a la luz un brazo que había perdido un considerable volumen. Como no podía estirarlo tras tanto tiempo doblado, me tumbaron en la cama de matrimonio (el dormitorio de mis padres daba directamente al salón), dejaron la puerta abierta y torcieron la tele para que pudiera verla mientras yo estiraba el brazo poco a poco, poco a poco, poco a poco...
Parecerá una tontería, pero recuerdo aquel momento como algo muy agradable.
Llevar una escayola te convertía en alguien especial. Los otros niños hacían dibujos, te firmaban, escribían frases... El baño y vestirse se convertían en retos. De no ser por el picor del brazo y por el calor que pasaba, no hubiera estado tan mal.
Pero una cosa era tener la escayola llena de garabatos, y otra diferente colorearla de amarillo. Ocurrió mientras comíamos un arroz en la cocina de mi casa. Mi hermano mayor y yo comenzamos a discutir, y en medio de una trifulca, mi plato de arroz salió volando y cayó sobre mi brazo escayolado, que quedó inmediatamente teñido de un tono paella nada higiénico.
Mi madre agarró un rollo de venda y cubrió toda la escayola para que volviera a mostrar un blanco inmaculado. Y así estuve varios días con un brazo envuelto en una gasa que ocultaba una escayola manchada que ocultaba un brazo que cada día me picaba más.
Y llegó el momento de quitarla. No hubo que ir al médico. Por lo visto, lo podíamos hacer en casa. Así que mi madre o mi padre (no recuerdo quién lo hizo) cogieron unas tijeras, fueron cortando y volvieron a sacar a la luz un brazo que había perdido un considerable volumen. Como no podía estirarlo tras tanto tiempo doblado, me tumbaron en la cama de matrimonio (el dormitorio de mis padres daba directamente al salón), dejaron la puerta abierta y torcieron la tele para que pudiera verla mientras yo estiraba el brazo poco a poco, poco a poco, poco a poco...
Parecerá una tontería, pero recuerdo aquel momento como algo muy agradable.





