El primer negocio
En mi antiguo barrio yo era uno de los más pequeños (en edad) de la calle. Sin embargo, en mi nueva casa casi todos mis vecinos eran niños de las edades de mis hermanos pequeños. Pero en contra de ver aquello como un obstáculo, yo lo aproveché para crear mi primer negocio (y el último hasta el momento).
Los sábados por la mañana era el día que escogían las amas de casa tradicionales para hacer limpieza en la casa. Nunca entendía por qué de entre toda la semana, tenían que escoger precisamente el día en que los niños no iban al colegio y podían molestar más, pero era un hecho sin vuelta de hoja.
Mi nueva casa tenía (y tiene) una cochera bastante grande. Aún no emitían La Bola de Cristal, así que yo tenía la mañana de los sábados libre. Me bastaron unas cuantas sillas, un par de cajas y poco más para convertirla en una improvisada guardería de sábado.
No hizo falta más publicidad que el boca a boca. Por el módico precio de cinco pesetas (un duro), yo entretenía a cada uno de mis vecinos durante toda la mañana. Incluso una vez uno de mis vecinos llegó sin el correspondiente duro (por supuesto, cobraba por adelantado) y lo envié de vuelta a casa. O pagaba o no entraba, ya me habían estafado lo suficiente.
No sé cuantos sábados duro aquello, pero no fueron muchos. El caso es que durante varias semanas encontré un público dispuesto a pagar por verme. ¿O eran unas madres dispuestas a pagar por unas horas de tranquilidad?
Los sábados por la mañana era el día que escogían las amas de casa tradicionales para hacer limpieza en la casa. Nunca entendía por qué de entre toda la semana, tenían que escoger precisamente el día en que los niños no iban al colegio y podían molestar más, pero era un hecho sin vuelta de hoja.
Mi nueva casa tenía (y tiene) una cochera bastante grande. Aún no emitían La Bola de Cristal, así que yo tenía la mañana de los sábados libre. Me bastaron unas cuantas sillas, un par de cajas y poco más para convertirla en una improvisada guardería de sábado.
No hizo falta más publicidad que el boca a boca. Por el módico precio de cinco pesetas (un duro), yo entretenía a cada uno de mis vecinos durante toda la mañana. Incluso una vez uno de mis vecinos llegó sin el correspondiente duro (por supuesto, cobraba por adelantado) y lo envié de vuelta a casa. O pagaba o no entraba, ya me habían estafado lo suficiente.
No sé cuantos sábados duro aquello, pero no fueron muchos. El caso es que durante varias semanas encontré un público dispuesto a pagar por verme. ¿O eran unas madres dispuestas a pagar por unas horas de tranquilidad?





