Ande yo caliente...
Cuando nos mudamos de casa, pasé de ser uno de los más pequeños del barrio, a ser uno de los más adultos. En mi odiosa sensatez infantil, pronto adquirí una obligación acorde con mi edad.
Cuando iba al colegio, no iba solo. Conmigo venían mi hermano (el tercero en orden) y un vecino de la calle, de la edad de mi hermano. Mi labor consitía en hacer que llegaran sanos y salvos a la puerta de la escuela, lo que ocurriera dentro, ya no era asunto mío. No recuerdo si también los esperaba a la salida, pero creo que no.
En aquellos paseos tenía que tirar de ellos cuando se rezagaban y poco más. Aún me acuerdo de un día en que hacía mucho, mucho frío. Mi madre nos dio unos pasamontañas para protegernos la cabeza y las orejas de aquel inusual tiempo. Mi hermano, mucho más coqueto, se negaba en redondo a usar aquella prenda infame. Yo, siete años mayor que él, no dudé en ponérmela al grito de "Ande yo caliente, y ríase la gente".
Aquel día, ni mi hermano ni mi vecino querían venir conmigo. Tuve que caminar solo todo el trayecto mirando de vez en cuando hacia atrás para comprobar que me seguían, a una distancia suficiente como para que nadie los relacionara con aquel energúmeno del rostro oculto.
Pero no me salieron sabañones.
Cuando iba al colegio, no iba solo. Conmigo venían mi hermano (el tercero en orden) y un vecino de la calle, de la edad de mi hermano. Mi labor consitía en hacer que llegaran sanos y salvos a la puerta de la escuela, lo que ocurriera dentro, ya no era asunto mío. No recuerdo si también los esperaba a la salida, pero creo que no.
En aquellos paseos tenía que tirar de ellos cuando se rezagaban y poco más. Aún me acuerdo de un día en que hacía mucho, mucho frío. Mi madre nos dio unos pasamontañas para protegernos la cabeza y las orejas de aquel inusual tiempo. Mi hermano, mucho más coqueto, se negaba en redondo a usar aquella prenda infame. Yo, siete años mayor que él, no dudé en ponérmela al grito de "Ande yo caliente, y ríase la gente".
Aquel día, ni mi hermano ni mi vecino querían venir conmigo. Tuve que caminar solo todo el trayecto mirando de vez en cuando hacia atrás para comprobar que me seguían, a una distancia suficiente como para que nadie los relacionara con aquel energúmeno del rostro oculto.
Pero no me salieron sabañones.





