El niño invisible
En esta máquina del tiempo que están siendo mis memorias, regreso a los cinco años. Por algún evento familiar, estábamos visitando a unos tíos míos (por parte de padre) que vivían en un poblado cercano a Lora. Mi hermano, mi prima (por parte de madre), no sé quién más y yo, estábamos en el salón de la casa viendo Los Picapiedra mientras los mayores estaban a lo suyo.
A alguien se le tuvo que ocurrir la maravillosa idea de aprovechar el momento para sacarnos una foto fuera, todos juntos. Alguien agarró su cámara y nos llamaron para que posáramos. Yo no quería ir, no quería perderme los dibujos animados. Mi hermano tampoco. Él ya tenía siete años y consiguió imponer su voluntad y no salir, sin embargo, a mí nada me valieron pataletas y súplicas.
Como yo estaba muy enfadado, mi madre me tranquilizó contándome un truco para tomarme mi pequeña venganza. Me aseguró que si me tapaba los ojos, no saldría en la foto. Si yo no miraba a la cámara, la cámara no podía verme a mí. ¿Por qué no iba a creerlo? Me lo decía mi madre.
Así que allí estaba yo, posando en el retrato familiar con mis manos tapando mis ojos. Un, dos, tres,... ¡¡patata!! Lo había conseguido, no iba a aparecer en la fotografía, había conseguido hacerme invisible.
Sin embargo, cuando revelaron el carrete y nos dieron la copia no podía creerlo, allí estaba yo, de cuerpo presente y con mis manos tapando mis ojos. No imaginé que había fallado la magia, sino que supe que aquello sólo había sido una manera de convencerme. Al menos, quedó patente mi enfado para la posteridad.

Ahí estoy, intentando la invisibilidad. Al lado, una prima mía tras la que se oculta mi otra prima.
A alguien se le tuvo que ocurrir la maravillosa idea de aprovechar el momento para sacarnos una foto fuera, todos juntos. Alguien agarró su cámara y nos llamaron para que posáramos. Yo no quería ir, no quería perderme los dibujos animados. Mi hermano tampoco. Él ya tenía siete años y consiguió imponer su voluntad y no salir, sin embargo, a mí nada me valieron pataletas y súplicas.
Como yo estaba muy enfadado, mi madre me tranquilizó contándome un truco para tomarme mi pequeña venganza. Me aseguró que si me tapaba los ojos, no saldría en la foto. Si yo no miraba a la cámara, la cámara no podía verme a mí. ¿Por qué no iba a creerlo? Me lo decía mi madre.
Así que allí estaba yo, posando en el retrato familiar con mis manos tapando mis ojos. Un, dos, tres,... ¡¡patata!! Lo había conseguido, no iba a aparecer en la fotografía, había conseguido hacerme invisible.
Sin embargo, cuando revelaron el carrete y nos dieron la copia no podía creerlo, allí estaba yo, de cuerpo presente y con mis manos tapando mis ojos. No imaginé que había fallado la magia, sino que supe que aquello sólo había sido una manera de convencerme. Al menos, quedó patente mi enfado para la posteridad.

Ahí estoy, intentando la invisibilidad. Al lado, una prima mía tras la que se oculta mi otra prima.





