Navidades del 83
En mi pueblo, los jóvenes celebraban y celebran las fiestas navideñas acondicionando algún local, garaje o casa en la que no vive el familiar de turno para montar una fiesta que dura los quince días de vacaciones escolares. Entre todos se compran bebidas, se monta una barra, se ponen unas luces, se alquila un buen equipo de música, y a disfrutar.
Y en este contexto, a mis catorce años de edad, sufrí mi primera borrachera auténtica, no un simple mareo como el de la feria del año anterior.
Teníamos montada una gran fiesta en un enorme local que nos había dejado el padre de un compañero. No faltaba bebida ni alguna que otra cosilla de comer. Era el día de Nochevieja y estábamos celebrándolo desde últimas horas de la tarde. Cuando se fue acercando la hora de las campanadas, unos se fueron a tomar las uvas a casa, otros a la Plaza del Ayuntamiento, y dos o tres nos quedamos en el local a escucharlo por la radio. Ese fue el error.
Tras las uvas, seguimos la tradición que habíamos visto en nuestras casas: descorchamos una botella de Freixenet. Yo empecé a beber, y aquel cosquilleo me agradó mucho. Tanto, que rellené mi vaso de plástico una vez, y otra, y otra... hazta que terminé, yo solo, con una botella.
La alegría inicial se fue transformando en una sensación de irrealidad, y el calor inicial en un escalofrío constante corriendo por mi columna vertebral.
Pocos minutos después de las campanadas, comenzaron a llegar los demás compañeros de la fiesta. Yo besaba a las chicas y felicitaba a los chicos como si fuera otro el que lo hacía. El frío empezó a apoderarse de mí y acabé tumbado en un banquito, en una esquina del local, durmiendo la mona mientras alguien me tapó con no sé qué.
Cuando pasaron varias horas y me despertaron, llegué a casa, con la borrachera ya bastante pasada, pero un estado lamentable. Me acosté sin más, pero por la mañana me levanté con el peor dolor de cabeza de mi vida y sintiendo que los escalofríos no me habían abandonado. Me senté a comer (un caldito y poco más) y a ver los saltos de esquí mientras rogaba que nadie intentara mantener una conversación conmigo. Juré que no iba a volver a beber en toda mi vida.
Desde entonces, no soy capaz de probar el cava, aunque, eso sí, esas mismas navidades falté a mi promesa de no beber nunca más.
Y en este contexto, a mis catorce años de edad, sufrí mi primera borrachera auténtica, no un simple mareo como el de la feria del año anterior.
Teníamos montada una gran fiesta en un enorme local que nos había dejado el padre de un compañero. No faltaba bebida ni alguna que otra cosilla de comer. Era el día de Nochevieja y estábamos celebrándolo desde últimas horas de la tarde. Cuando se fue acercando la hora de las campanadas, unos se fueron a tomar las uvas a casa, otros a la Plaza del Ayuntamiento, y dos o tres nos quedamos en el local a escucharlo por la radio. Ese fue el error.
Tras las uvas, seguimos la tradición que habíamos visto en nuestras casas: descorchamos una botella de Freixenet. Yo empecé a beber, y aquel cosquilleo me agradó mucho. Tanto, que rellené mi vaso de plástico una vez, y otra, y otra... hazta que terminé, yo solo, con una botella.
La alegría inicial se fue transformando en una sensación de irrealidad, y el calor inicial en un escalofrío constante corriendo por mi columna vertebral.
Pocos minutos después de las campanadas, comenzaron a llegar los demás compañeros de la fiesta. Yo besaba a las chicas y felicitaba a los chicos como si fuera otro el que lo hacía. El frío empezó a apoderarse de mí y acabé tumbado en un banquito, en una esquina del local, durmiendo la mona mientras alguien me tapó con no sé qué.
Cuando pasaron varias horas y me despertaron, llegué a casa, con la borrachera ya bastante pasada, pero un estado lamentable. Me acosté sin más, pero por la mañana me levanté con el peor dolor de cabeza de mi vida y sintiendo que los escalofríos no me habían abandonado. Me senté a comer (un caldito y poco más) y a ver los saltos de esquí mientras rogaba que nadie intentara mantener una conversación conmigo. Juré que no iba a volver a beber en toda mi vida.
Desde entonces, no soy capaz de probar el cava, aunque, eso sí, esas mismas navidades falté a mi promesa de no beber nunca más.
Comentario:
borracho!!!





