No hay mal que por bien no venga
Gracias a que mi padre tenía un mulo, teníamos una cuadra en casa. Y gracias a la cuadra y al famoso bidón-lavadora, probé por primera vez el jamón.
Bueno, en verdad fue gracias a una desgracia.
Los días de lluvia, mi madre desplazaba el bidón al interior de la cuadra y allí calentaba el agua. Siempre se preocupaba de apagar muy bien las brasas, porque en la cuadra había paja. Pero un día, algún ascua debió quedar prendida y la cuadra salió ardiendo. Por suerte ese día mi padre había dejado al mulo en el campo.
No recuerdo absolutamente nada de ese incendio, que no afectó más que a la cuadra. Sólo recuerdo el paisaje posterior, paredes ennegrecidas, madera quemada, una cuadra inservible...
Y entonces llegaron los albañiles.
Supongo que aún era pequeño para ir al colegio, así que mi hermano mayor estaba en clase. Mi madre se fue a hacer la compra y le pidió a los albañiles que cuidaran de mí hasta que ella volviera. Yo me entretuve con el espectáculo favorito de los jubilados: ver albañiles trabajando. A todo esto, llegó la hora del bocadillo. Los albañiles se sentaron en el suelo y sacaron su comida. Yo seguía allí, hablando no sé de qué.
De pronto, uno de ellos me dio un trozo de su bocadillo. Lo probé y no podía creérmelo. ¡Aquello era lo más delicioso que había probado en mi vida! Quise saber inmediatamente qué era aquello que tanto me había gustado y el albañil me contestó riendo:
-Se llama "ja-món", dile a tu madre que te compre.
Y así fue como, gracias a una desgracia, el jamón entró en mi vida.
Bueno, en verdad fue gracias a una desgracia.
Los días de lluvia, mi madre desplazaba el bidón al interior de la cuadra y allí calentaba el agua. Siempre se preocupaba de apagar muy bien las brasas, porque en la cuadra había paja. Pero un día, algún ascua debió quedar prendida y la cuadra salió ardiendo. Por suerte ese día mi padre había dejado al mulo en el campo.
No recuerdo absolutamente nada de ese incendio, que no afectó más que a la cuadra. Sólo recuerdo el paisaje posterior, paredes ennegrecidas, madera quemada, una cuadra inservible...
Y entonces llegaron los albañiles.
Supongo que aún era pequeño para ir al colegio, así que mi hermano mayor estaba en clase. Mi madre se fue a hacer la compra y le pidió a los albañiles que cuidaran de mí hasta que ella volviera. Yo me entretuve con el espectáculo favorito de los jubilados: ver albañiles trabajando. A todo esto, llegó la hora del bocadillo. Los albañiles se sentaron en el suelo y sacaron su comida. Yo seguía allí, hablando no sé de qué.
De pronto, uno de ellos me dio un trozo de su bocadillo. Lo probé y no podía creérmelo. ¡Aquello era lo más delicioso que había probado en mi vida! Quise saber inmediatamente qué era aquello que tanto me había gustado y el albañil me contestó riendo:
-Se llama "ja-món", dile a tu madre que te compre.
Y así fue como, gracias a una desgracia, el jamón entró en mi vida.





