Como el humo se va
Nunca he sido fumador, aunque sí ha caído algún pitillo ocasional. Cuando era un niño de diez u once años, fumar se presentaba como algo de adultos, ilegal para mi edad, y por lo tanto, atractivo.
Mi primer recuerdo con el tabaco se retrotrae a esa edad, unos diez años. Un tío mío que vivía en Madrid estaba en el pueblo y se dejó olvidado en mi casa un paquete de Winstons. Aquella cajetilla tenía cierto halo de prestigio. No eran unos tristes Ducados, ni mucho menos esos Celta que tanto se veían por aquellas fechas. Winstons era una marca que aparecía en la tele y que fumaban las estrellas de cine americanas.
Yo abrí el paquete, saqué un cigarrillo y me escondí a fumarlo debajo de la mesa camilla. Allí no me podían ver, pero, claro, el humo tampoco iba a ir muy lejos, se quedó concentrado bajo la mesa y pronto me hizo toser de lo lindo.
No recuerdo si me pillaron o no, pero desde luego, tuve claro que aquello de fumar no tenía ningún atractivo.
Mi primer recuerdo con el tabaco se retrotrae a esa edad, unos diez años. Un tío mío que vivía en Madrid estaba en el pueblo y se dejó olvidado en mi casa un paquete de Winstons. Aquella cajetilla tenía cierto halo de prestigio. No eran unos tristes Ducados, ni mucho menos esos Celta que tanto se veían por aquellas fechas. Winstons era una marca que aparecía en la tele y que fumaban las estrellas de cine americanas.
Yo abrí el paquete, saqué un cigarrillo y me escondí a fumarlo debajo de la mesa camilla. Allí no me podían ver, pero, claro, el humo tampoco iba a ir muy lejos, se quedó concentrado bajo la mesa y pronto me hizo toser de lo lindo.
No recuerdo si me pillaron o no, pero desde luego, tuve claro que aquello de fumar no tenía ningún atractivo.





