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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Más humo
Tirando de la madeja del tabaco, me acude otro recuerdo. En mi pueblo, como en todos, había varios "tontos del pueblo", personajes con alguna tara psíquica que son objeto de burla de niños y no tan niños.

Uno de esos tontos era un hombre mayor (a saber qué años tenía, lo mismo no pasaba de los cuarenta, pero para un niño la edad no se mide de la misma manera) que caminaba muy despacio por la calle farfullando algunos saludos ininteligibles. Su familia le tenía prohibido fumar, pero a él eso era algo que le encantaba y no estaba dispuesto a renunciar a ese placer. Para que no lo descubrieran, escondía su paquete de Celtas (no puedo precisar ahora si con o sin boquilla) en algún lugar secreto del que sacaba sus cigarrillos diarios.

Un amigo mío descubrió que su escondrijo era la parte trasera de la puerta de la casa de alguien que hacía la vista gorda. Aclaro que en Andalucía las puertas de la casa suelen estar abiertas porque dan a un zaguán. Lo que se cierra es la puerta interior, la que da acceso a la vivienda.

Con mi complicidad, este amigo y yo nos acercábamos hasta esa casa, sácabamos el paquete de Celtas y le robábamos un par de cigarrillos. Apenas le dábamos un par de caladas teníamos que tirar aquello, pero tenía el regusto de lo ilegal por partida doble.

Aunque a mí me daba algo de pena por el propietario del tabaco, debo reconocer que durante un par de semanas participé en aquel robo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
No