La casa de la juventud
De aquellos años en la segunda etapa guardo el recuerdo mitificado de un lugar: la Casa de la juventud.
Cerca del colegio de monjas y casi frente al almacén de la cerveza del pueblo, había una puerta que se abría a un mundo de ocio. Allí íbamos muchos de los niños y jóvenes del pueblo a pasar largas horas. Para mí, aquello era un pasillo en el que veías a gente jugando continuamente al ajedrez, casi como si formaran parte del mobiliario. En una habitación se guardaba un montón de juegos de mesa que podías pedir sin nada a cambio. Había también una sala de estar o de lectura, un patio, y, nunca supe por qué, una piragüa colgada de la pared.
Pero mis visitas a la Casa de la juventud se centraban normalmente en algo más concreto: el baloncesto. Allí me uní a un grupo de chavales a los que aquel deporte relativamente nuevo atraía mucho más que el fútbol. Nunca fui un figura, pero desde mi posición de alero anotaba alguna canastilla de vez en cuando y, al menos, me sentía bien jugando. De ahí pasé a formar parte del equipo local infantil, juvenil o qué se yo del pueblo. Mi posición era el banquillo, pero nunca me faltaban algunos minutitos de juego.
Después, la Casa de la juventud desapareció y hoy creo que forma parte de la Consejería de juventud del ayuntamiento (tendría que informarme).
Cerca del colegio de monjas y casi frente al almacén de la cerveza del pueblo, había una puerta que se abría a un mundo de ocio. Allí íbamos muchos de los niños y jóvenes del pueblo a pasar largas horas. Para mí, aquello era un pasillo en el que veías a gente jugando continuamente al ajedrez, casi como si formaran parte del mobiliario. En una habitación se guardaba un montón de juegos de mesa que podías pedir sin nada a cambio. Había también una sala de estar o de lectura, un patio, y, nunca supe por qué, una piragüa colgada de la pared.
Pero mis visitas a la Casa de la juventud se centraban normalmente en algo más concreto: el baloncesto. Allí me uní a un grupo de chavales a los que aquel deporte relativamente nuevo atraía mucho más que el fútbol. Nunca fui un figura, pero desde mi posición de alero anotaba alguna canastilla de vez en cuando y, al menos, me sentía bien jugando. De ahí pasé a formar parte del equipo local infantil, juvenil o qué se yo del pueblo. Mi posición era el banquillo, pero nunca me faltaban algunos minutitos de juego.
Después, la Casa de la juventud desapareció y hoy creo que forma parte de la Consejería de juventud del ayuntamiento (tendría que informarme).





