Inocencia manchada
Ya que hablo de mi primo y del día de los Santos Inocentes, tengo que recordar una broma de mal olor (no sé si de mal gusto) que me gastó amparado en aquella fecha.
Nuestra familia solía celebrar muchas comidas campestres. A menudo nos reuníamos en el campo de un tío mío (Los Zamorales) y allí pasábamos el día entre perolos de comida, bebida de todo tipo, vacas y toros y carreras por el campo. Lo pasábamos muy bien.
Aún recuerdo que en una de estas reuniones probé por primera vez la carne cruda. Imagino que por una especie de apuesta, yo afirmaba que era capaz de comerme un trozo de pincho moruno sin hacer, simplemente con el aliño. Como no me creían, lo hice. Y no me supo mal (aunque no repetí). Quien sabe, si hubiera seguido por ese camino de experimentación gastronómica, tal vez ahora fuera una especie de Ferrán Adriá. O no.
En fin, a lo que iba. Un veintiocho de Diciembre, pasábamos el día en Los Zamorales, un luminoso día de Navidad. Fuimos a dar un largo paseo por el campo y cogimos varios palos para apoyarnos en nuestra caminata. Mi palo (según me recuerda mi propio primo) era muy bueno, con una orquilla en el lugar por el que se cogía que venía muy bien para apoyarse.
No sé cómo ni por qué, mi primo me pidió el palo un momento, o tal vez se me cayó y él lo recogió. El caso es que acabó en su poder. Lo llevó unos segundos y al momento, al grito de "cógelo", me lo tiró. Yo, haciendo gala de buenos reflejos pero poca visión, agarré el palo con todas mis fuerzas.
No fue muy agradable. Al momento noté una masa viscosa recorriendo la palma de mi mano y colándose entre mis dedos. Era mierda de vaca, una bosta fresca y humeante con la que mi primo había impregnado toda la parte alta del palo.
Las risas de todos mis primos se unieron a la suya, que al grito de "Inocente, inocente", evitó cualquier posibilidad de revancha inmediata.
Tampoco la hubo después.
Nuestra familia solía celebrar muchas comidas campestres. A menudo nos reuníamos en el campo de un tío mío (Los Zamorales) y allí pasábamos el día entre perolos de comida, bebida de todo tipo, vacas y toros y carreras por el campo. Lo pasábamos muy bien.
Aún recuerdo que en una de estas reuniones probé por primera vez la carne cruda. Imagino que por una especie de apuesta, yo afirmaba que era capaz de comerme un trozo de pincho moruno sin hacer, simplemente con el aliño. Como no me creían, lo hice. Y no me supo mal (aunque no repetí). Quien sabe, si hubiera seguido por ese camino de experimentación gastronómica, tal vez ahora fuera una especie de Ferrán Adriá. O no.
En fin, a lo que iba. Un veintiocho de Diciembre, pasábamos el día en Los Zamorales, un luminoso día de Navidad. Fuimos a dar un largo paseo por el campo y cogimos varios palos para apoyarnos en nuestra caminata. Mi palo (según me recuerda mi propio primo) era muy bueno, con una orquilla en el lugar por el que se cogía que venía muy bien para apoyarse.
No sé cómo ni por qué, mi primo me pidió el palo un momento, o tal vez se me cayó y él lo recogió. El caso es que acabó en su poder. Lo llevó unos segundos y al momento, al grito de "cógelo", me lo tiró. Yo, haciendo gala de buenos reflejos pero poca visión, agarré el palo con todas mis fuerzas.
No fue muy agradable. Al momento noté una masa viscosa recorriendo la palma de mi mano y colándose entre mis dedos. Era mierda de vaca, una bosta fresca y humeante con la que mi primo había impregnado toda la parte alta del palo.
Las risas de todos mis primos se unieron a la suya, que al grito de "Inocente, inocente", evitó cualquier posibilidad de revancha inmediata.
Tampoco la hubo después.
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