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Memorias de un mindundi
Un día se nace y otro se muere, pero en medio pasan muchas cosas. ¿Por qué no contarlas?
Acerca de
Ya me ireis conociendo, ya. Al fin y al cabo, este cuaderno va sobre mí. AH, AQUÍ APARECEN LOS ÚLTIMOS ARTÍCULOS, PERO PARA QUIEN LE INTERESE CONOCERME DESDE MI NACIMIENTO ("hay gente pa tó"), ES MEJOR QUE EMPIECE LEYENDO EN ORDEN, DESDE LOS ARCHIVOS DE MARZO.
Sindicación
 
Ataques de risa
Sigo con el tema de la Navidad y mi primo. De hecho, este es un recuerdo compartido, la primera mitad es mío, y la otra es algo que recientemente me ha contado mi primo y que corresponde en verdad a sus recuerdos.

Como cada navidad, él se quedaba a dormir en mi casa. Como estábamos de vacaciones, solíamos acostarnos muy tarde.

Esa noche estábamos los dos en pijama, jugando al parchís. Eran las tantas de la madrugada, así que el sueño empezó a hacer mella en nosotros. Puede que sea algo común a todo el mundo, pero a mí, cuando tengo sueño, es muy fácil que me dé un ataque de risa. Y así ocurrió.

No sé si me salté una barrera, si saqué tres seises, si me conté veinte o qué, pero el caso es que empecé a reirme y no podía parar. Tanto y tanto me reía que no podía aguantar la presión en la vejiga y empecé a orinarme encima. Corrí por el pasillo (los pasillos largos son una constante en mi vida) dejando un caminito de orina hasta que llegué al cuarto de baño. Tenía el calzoncillo y el pijama empapados y me tuve que duchar.

Hasta ahí mi recuerdo, pero la siguiente parte no tiene desperdicio. Según me cuenta mi primo, a él, que también le había dado un ataque de risa, lo que se le relajó fue el esfínter. Vamos que estaba con el estómago un poco suelto y se cagó encima. Como yo estaba dentro del baño, él no podía entrar hasta que saliera. Pero cuando lo hice, le dio vergüenza reconocer que se había cagado (ya se sabe, siendo un niño hay debilidades que es mejor no reconocer), así que se calló, se quedó con la plasta en el calzoncillo y se acostó como si cualquier cosa. Por suerte, esa noche no compartíamos cama.

A la mañana siguiente, llegó a la casa de mi abuela (donde dormían sus padres), y se quitó el calzoncillo. La mierda se había secado y había formado un molde perfecto de su culo. Su madre le echó la bronca pertinente, pero él por fin pudo ducharse y quedarse limpio y a gusto. Y todo por un ataque de risa.

Yo no he conocido este parte de la historia hasta casi treinta años después.
No