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ADioses y mentiras
Manuscrito encontrado. Escritos recuperados en una biblioteca.
Sindicación
 
Capítulo 15

Te esperaba. Escribía palabras tuyas y palabras mías que dialogaban y se amaban. Ejecutaba magistralmente saltos, curvas, dibujos que eran frases tuyas o frases mías y significaban pensamientos. Sensaciones de tinta para hablar del mundo y de nosotros jugando a decirnos la verdad y la mentira. Te sentabas a mi lado y el amor no era un arte; sin embargo, su placidez se iguala a la contemplación de la belleza, es por ello que tantos y tantos filósofos aunaron amor y belleza y que esta unión sea un tópico de la literatura y qué fascinación en tus ojos, tus labios sonrientes qué importa su definición, su arquitectura de cuerpo perfecto si no adviertes el lado oscuro, la sumisión y el dolor, la devastación de un ser que ha dejado de ser amado o que olvidó ser amante y esta espera que me obliga a buscarte sintiendo la cruel perfección del amor, sus arañazos celosos y cobardes que escribían frases que eran tuyas y frases que eran mías, y frases de Nico dormido, soñando sueños donde tú y yo éramos dioses inmortales que lo llevaban de la mano, y lo echaban al aire, y lo alimentaban, y lo vestían, y le enseñaban a andar y a decir papá y mamá y a preguntarme el significado de tus besos y tus adioses. El verdadero significado de las palabras que habían ido, pacientemente, creándonos.

 
Capítulo 14

Me habías abandonado. No lloré. No supliqué. Estabas muy bien con aquel traje gris y esa horrible flor de papel blanco en el ojal. Te dije siempre que había luz en tu rostro. Tenían tus ojos un no sé qué profundo y soñador que alegraba toda la fotografía. No la puse boca abajo. Me quedé mirándote sabiendo que no volveríamos a encontrarnos. Desde ese momento empecé a añorarte. Comprendí muchas cosas, hasta tus odiosos silencios, y esos ojos inquisitivos de los últimos meses, que me helaban el corazón y tenía que apartar la mirada para no echarme a llorar en tus brazos. Ya sé que esa debilidad no me la hubieras perdonado nunca. Hablabas tanto de la fortaleza moral, de no dejarse dominar por emociones pasajeras que me daba miedo demostrarte abiertamente mis estados de ánimo y mis sentimientos. Nunca aceptaste mi independencia. Te mostrabas indiferente, como queriendo decir que nada te extrañaba, que mi trabajo y mis constantes viajes eran algo de mi vida, en la que tú jamás estabas obligado a prohibir. Pero aquellas ausencias te herían, no sencillamente por la distancia, te indignaba saberme libre, sin que hubiera de rendirte cuentas de mis actos y de mis proyectos. No estabas ahí para empujarme, para ser tú quien me hiciera ir subiendo, ir conquistando terreno al mundo. A veces, cuando hablábamos del futuro, de mi futuro, de mi último ascenso, me animabas. Pero miraba a tus ojos y los veía sin ilusión, vacíos, casi tristes. ¿Tanto miedo te producía saberme libre? También he pensado que acaso temieras perderme. Llegaba siempre contándote anécdotas; mis salidas, te hablaba de ciudades, de costumbres, de personas, de un mundo que conocías a través de mí, de un mundo más ancho que el tuyo pero ¡qué más da! ¿Acaso importa ahora?
Te has ido y no voy a hacer nada. No correré tras ti. No suplicaré. Me sonríes y te devuelvo la sonrisa. No quemaré tus cartas. No romperé tus fotos. Me miras con tanta dulzura que no puedo acusarte.
Me levanté y miré en mi agenda. Llamé por teléfono y me arreglé para cenar fuera. Antes de salir recorrí todas las habitaciones y fui apagando una a una las luces. Bajando en el ascensor tuve que secarme los ojos con un pañuelo de papel.
La noche estaba fría. Le di al taxista la dirección y quedé mirando a la gente que iba de un lado a otro, indiferente, absorta en su mundo, como yo, perdida en un taxi en medio de la ciudad, preocupada por no haber cogido las pastillas contra este dolor de estómago que se estaba haciendo insoportable.
 
Capítulo 13

No me dejaron verte. Paseé por los pasillos asépticos oyendo gritos y gemidos. Me sentaba y volvía a levantarme al instante. Intentaba escuchar tu voz, o tu silencio, oír tus manos acariciando a Nico. Sentir cómo hablabas de sus ojos azules y de sus manos pequeñas y tiernas que tendrían que acariciar tu pelo y tus labios con inocencia y dulzura, que tendrían que aprender a escuchar y a decirte del dulce paso del tiempo y de las ansias de ser felices para no pensar en la vida y la muerte, para no desgarrarse obligándonos a esperar un mañana más limpio y más humano, unas noches sin insomnio y sin misterios descubiertos, sin enormes arañas tejiendo y destejiendo la soledad, que era una enorme red en la que forcejeábamos hasta quedar sin aliento y enredados como pequeños y horrorizados insectos.
 
Capítulo 12

Fue en el cumpleaños de Nico. Nico con dos años jugando a no te quiero mamá, a que no me pillas ven aquí bribón corriendo como un loco y su risa abriéndonos el corazón y la ternura tras Nico riendo y déjame, yo solo, las dos velitas Nico, sus dos ojillos ilusionados, repitiendo gracias abuelo, yaya, mamá sentándote al regazo, ahora tienes que soplar, las dos velitas Nico, sopla, mi querido Nico, riéndote para hacernos olvidar.

 
Capítulo 11

Alicia ha vuelto tarde. Eran más de las tres cuando la oí sin hacer ruido por el pasillo, camino de la cocina. Sigue sintiendo hambre después de tomar alguna copa. La oí en zapatillas tropezar con el sofá del salón. Se sentó fuera, en la terraza. Seguramente fumaría hasta el amanecer.
Primero fue una especie de temor, no ese temor que se siente al penetrar en lo prohibido, no, no era eso, era como un deber que se incumple, como si estuviera obligada a hacer siempre lo mismo, exacta como una máquina, sin pensar ni decidir por mí. Y que había desbaratado el mecanismo, que no regresar temprano, o el simple hecho de haber salido, de haberte demostrado que seguía siendo libre, habría producido una hecatombe, y que todo lo encontraría patas arriba al regresar, y que no estaría segura de mi reacción. Todo eso aquí en el estómago al abrir la puerta y todas las luces apagadas, y entonces esta sensación de culpable y la necesidad de quedarme aquí sentada, como si dialogara contigo, tratando de explicarnos, de entenderme y…
Me quedé dormido. Tuve sueños donde Alicia hablaba y hablaba, fumando. Sueños donde escapaba desnuda y salvaje perseguida por la tribu. Caía. No podía levantarse. Se angustiaba. Bajaba en una balsa de troncos y no podía nadar a la orilla y evitar el estruendo de la catarata. Ni podía verme sentado en la orilla mientras ella bailaba sola, giraba, giraba, su pelo negro girando, yo tratando de detener aquel tormento, llamándola, ella sonriente, moviendo la mano desde la escalerilla del avión, sin advertir cómo me elevaban y me empujaban y yo caía y caía y despertaba sudado y buscándola.

 
Capítulo 10
Te has sentado y me miras en silencio, estás nerviosa, no aciertas a dejar quietas las manos, agarras uno de los papeles y lees en voz alta. Asomas una sonrisa. Ahora no flota, como hace sólo un momento, el aroma de los diálogos transcendentales. Tus palabras, que son las mías, aclaran el aire, la distancia que nos separa, y nos unen en un chispazo de felicidad compartida.
Sonríes con calma, con dulzura, y exiges explicaciones. Yo siempre me hago el sueco dices tú y yo vuelvo a ironizar sobre la creación, te cuento las intenciones fallidas, la concepción de la escritura como una máscara; me niegas moviendo la cabeza ligeramente a los lados, me río, jugamos a dialogar como niños, a tener no tener la razón, me señalas unos párrafos y los lees agitando las manos ¿y? contesto yo. Nos miramos. Cierras los ojos. De repente, como un disparo, me preguntas por qué no somos felices y oigo a Nico llorar en el cuarto de al lado.
Cierro los ojos. Nico deja de llorar. Abro los ojos y estoy solo, mirando anochecer la ciudad. No recuerdo la dirección que di al taxista.
 
Capítulo 9

Desenvolviste un pequeño muñeco para Nico. ¿Te gusta? Dijiste frotándolo en tu mejilla, qué suave. Te levantaste y fuiste a su cuarto, a ponerlo junto a los otros muñecos.
Salí mucho antes de que volvieras. Tenías los ojos húmedos de llorar cuando subí al taxi. Poco después llamabas por teléfono. Yo ya sabía que no volveríamos a vernos.
 
Capítulo 8

Sería necesario que no volvieras, iríamos acumulando historias y amores para contar. Sólo así, después de algunos años, cuando cada uno de nosotros hubiera fabricado una vida totalmente ajena y desconocida para el otro, podríamos hablarnos sin mentir, sin disimular el hastío y la desgana que nos producía sabernos lejanos, distantes a pesar de los ojos siguiendo la línea de los labios, el caudal de las palabras que no significaban, que nacían para uno mismo, como una confesión, sin importarnos en ese desahogo quién fuera el oyente.
Sí, sería necesario que yo no esperara, que no sintiera este torpe deseo de andar a tu lado; y que tú no callaras.
 
Capítulo 7

¿Vas a salir?...Sí. Alicia contesta mientras se pone los pendientes frente al espejo. Yo estoy tras ella y no pregunto más. La observo pintarse los labios de rojo mate, plegar los labios, hacer morritos mirándose en su imagen reflejada ¿estoy bien? Contesto que sí, muy bien, y regreso al sofá del salón, junto a la lámpara, que da una luz liviana, color pastel; tan suave para no pensar en nada y dejarla marchar.

 
Capítulo 6

Me vienes despacito a mirarme arropado y sereno, llevas tu blusa de flores lilas (te veo con los ojos cerrados y abiertos) y las pequeñas estrellas rojas salpicadas por la tela suave que es como una caricia de piel de niño. Te acercas de puntillas, qué gracioso tu gesto de no hacer ruido, tengo que cerrar los ojos porque la risa y oigo cerrarse despacio la puerta, muy despacio la puerta, casi sin cerrarse, sin abrir los ojos, tú mirándome dormido, fuera pero dentro, todavía en el cuarto y encendiendo la luz de la cocina, el clic que da paso a las cosas en su sitio y como siempre.
 
capítulo 5
Te reinventaba tú por Florencia mágica y olvidaba preguntar por la calidad de los hoteles, las comidas, la amabilidad de los italianos, cómo dialogabais, los atardeceres, las fuentes, los olores de Florencia, o de Roma, o de Mi1án tú inventada y sola, formada de palabras que aludían a ciudades, a ti en ciudades desconocidas deambu1ando solitaria y tanto tiempo libre ¿sabes? que si no hubiera sido por Florencia (o Milán, o Roma) el hastío y la pereza y el entrevistas solamente. Palabras como aroma contra el aroma, palabras refugio que me inventabas para que el odio no fuera el rumor de nuestros pasos, tus pasos y los míos, distantes, frenéticos, atravesando el túnel, un único túnel tú y yo cegados, fieras oliéndose enemigas en la oscuridad.
 
capítulo 4
Cómo sonreías ( yo adoraba ese continuo estado tuyo de felicidad; a veces temía romper la delgada tela que habíamos tejido con olvidos y cariño, amaneceres esperados desde el balcón, detrás de los cristales, tu cuerpo tembloroso, cercano, húmedo, saliendo por fin de la angustia -preparado para el nuevo día, para recaer otra vez hundiéndose en el espeso aliento de la noche- los dos despiertos intentando aliviar la amargura que ascendía por las piernas como un escalofrío y reposaba en el estómago y en el corazón. Cuántas noches después alerta, velando tu sueño, temiendo que de un momento a otro se fuera a romper aquel silencio que era como la paz reencontrada, y tus ojos miraran espantados, y te levantaras de nuevo; tu cuerpo desnudo en la oscuridad, recortado en las sombras por un tenue y mágico halo de luminosidad y de angustia ).
 
capítulo 3
Aquel viaje me impresionó tu olor nuevo, tu olor de tomillo, de hoja verde, de agua fresca y tarde en las orillas, bajo los chopos, yo leía a Rosales y tú jugabas a hacerme creer en Nico, lo suspirabas deseándolo, sonriendo hacia arriba apoyadas tus manos en la hierba, la cabeza hacia atrás, Nico, como si sólo nombrándolo pudieras hacerlo emerger desde el fango; lo tocabas, lo modelabas como a un muñeco de cera, le inventabas los ojos verdes, la nariz ni demasiado grande ni demasiado pequeña ¿verdad? y tocabas tu nariz, el pelo oscuro, el murmullo del agua que se unía al silencio,
al zumbido de las abejas y a la sombra donde tú y Nico, los dos juntos tumbados boca arriba hablabais sin cerrar la puerta cargada como venías de demasiados bultos, me saludaste con un gesto, no era costumbre en ti besarme cada vuelta a casa, no te lo reprocho, pero contigo llegó aquel olor joven que lo aromaba todo; incluso después de deshacer las maletas y ofrecerme los regalos y sentarnos a hablar y oírte Florencia y Milán y Roma y otra vez Milán y esta vez sí que he tenido tiempo, el olor seguía mezclándose con la atmósfera de la casa y yo lo advertía entre los dedos, pegado al barniz de la mesa, empapando el espacio que me separaba de ti, y de Roma y Florencia con sus palacios, sus plazas, sus estatuas, su imprescindible tendrías que admirar tanta belleza, tanta luz cálida impregnada de escultura, de perfección serena y el olor a tomillo adherido a los cuadros, a los cristales, desnudándose impúdico por todas las baldosas.
 
capitulo 2
¿No oyes el teléfono? Alicia llegaba desde la cocina secándose las manos en el delantal. Llevaba el pelo recogido con una cinta roja. Su pelo de caracoles negros como una fuente sobre su espalda, que ahora se inclinaba y de nuevo volvía a su sensualidad de siempre y el auricular pegado a su cara, girando la cabeza para mirarme, sí, en este momento… De nuevo mirando a la pared, su espalda como un muro, silenciosa, olvidándose de mi gesto inquisitivo, de mis cejas arqueadas esperando una respuesta, de mi cara de asombro ahora mismo bajo ¿me esperas? vale, adiós, regresando a la cocina, sin mirarme, sus caracoles negros desbordados sobre la espalda avanzando por el pasillo, desanudando el lazo del delantal.
 
CAPITULO 1
Cuando estabas la vida era más difícil, había que creerse los preceptos y las normas para poder olvidar que estabas a mi lado. Huía de mí consciente del absurdo: sabía que te necesitaba y, sin embargo, esa necesidad me dolía. Cuando no estabas, cuando algún asunto urgente te obligaba a viajar, o eras simplemente esclava de los lazos familiares, de los recuerdos familiares, como decías tú, y la casa se quedaba vacía, sólo yo perdido buscándote, cerciorándome que era cierto, que estabas de viaje y de nuevo era libre; sólo entonces, cuando no te sentía a mi lado, comprendía que algo más que el amor me obligaba a esperarte.
En tus días de ausente la libertad me agobiaba. Era libre, sin embargo mi pensamiento te buscaba en los hoteles, en las estaciones del metro, caminando por Madrid, o Bilbao o Rotterdam, o quién sabe por qué aceras, por qué caminos inútiles de qué ciudades que eran oficinas interminables, calles inmensas de edificios inmensos de oficinas, ciudades que sólo conocía porque tal bolsa estaba de subida, que si los índices de tal empresa, los ascensores exteriores enmoquetados y los ficus de plástico y tu cartera de un lado a otro, sobre las mesas de mármol, de buena madera, de trajes impecables y sonrisas impecables y saludos corteses y las comidas de trabajo de tres tenedores, de ahora es el momento justo y las acciones y tú y el maletín bajando y subiendo ascensores de cristal, ascensores de edificios de ciudades que eran como enormes océanos de oficinas. Yo te buscaba entre las olas, por las azoteas, siguiendo tu caminar rápido, tu señal al taxi, tu gesto de cansancio al llegar al hotel y tumbarte en la cama y no verme de pie, junto a ti, mirando tus ojos cerrados, tus labios suaves cansados de hablar de productividad y beneficio, tu no pensar en mí que pensaba en ti, buscándote, adivinando (libre de adivinar o de huir de la casa y cobijarme en la noche húmeda, en el ritual del alcohol y la música) presintiendo tu fatiga, la hora, si desayunabas o ya salías de nuevo a la marea de las oficinas y los empresarios; siempre tras ti, persiguiendo los aviones que habrían de regresarte de nuevo a mi lado.
 
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Hace casi veinte años, por mi trabajo, revisé los papeles y cartas de una biblioteca a la venta. Entre estos, por casualidad y suerte, encontré la siguiente historia.