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ADioses y mentiras
Manuscrito encontrado. Escritos recuperados en una biblioteca.
Sindicación
 
Iluminando códices miniados
Este es, para mí, una de las pequeñas joyas de todas las carpetas que he revisado hasta ahora. El marco general vuelve a ser la temática histórica; pero parece que, en este poema, ausente de cualquier interpretación cercana a su vivencia personal. Aunque, por supuesto, nunca es descartable. la carpeta que contenía este poema tenía por título DESCENSOS ( no me preguntéis el porqué).

Iluminando códices miniados
ángeles inocentes se condenan.

De sus manos celestes suaves líneas,
trazos de la belleza, cual espasmos
desde la nada, los delicados cuerpos dibujando,
invocan los deseos.

En enramadas vírgenes la carne
exacta proporción
cual escultura se solaza imperdonable
bajo el pincel sereno. Y en cada movimiento
los contornos de la belleza atrapa.
Subyugado, el ojo,
indecoroso inventa desnudeces impúdicas
que, desde detrás, lo mira.

Si hubiera perversión en cada curva
o sólo la hermosura de lo bello
manos que rasgan telas
y tentación evitan
no han dejado saberlo.

 
Ya no sé imaginarte
Parece que el autor de todos estos textos no guardó, al parecer, ningún orden al archivarlos ( digo archivar por no utilizar amontonar u otra palabra similar). No parecen estar clasificados ni por fechas ni por temas; por lo que la lectura de los mismos se hace más dificil al no tener ninguna referencia textual que pueda servir para dotarles de un sentido más allá del propio texto. De ahí también mi interés por indagar en su vida. Ya os contaré, más adelante, el resultado de mis investigaciones en este asunto. De momento os incluyo un nuevo poema. El tema del mismo parece incluirse, cosa bastante corriente en sus escritos, en el tópico del desamor; aunque con algún matiz irónico o ,al menos, y esto es lo que me sorprende, con una ilusión de desapego estoico.

Ya no sé imaginarte;
no acierto con tu rostro
el rostro verdadero. Y tu imagen
ni me desconcierta ni intimida
el siempre inesperado bullicio de la sangre.

Sólo el espacio ocupas
de una certeza ajena: un poema,
un aroma, alguna frase, un libro.

Salvando las distancias tratas de inmiscuirte
y obligarme
a descolgar la máscara más tierna
o más amable.

Y es un intento vano enmascararte;
es, más que una osadía,
la evidencia
de que tu rostro es tiempo
humo
en la brisa suave de mi tiempo.

 
Alejandro ha muerto
Alejandro ha muerto

Las ciudades que he perdido
en las que nunca estuve.

Los valles, las montañas, las estepas,
las oscuras aldeas, los inviernos,
las lánguidas mujeres, las alegres
fiestas de la cosecha. El caudaloso río,
las arenas que dicen infinitas.

Campamentos, las torres de defensa,
la hoguera y la mirada del soldado.
La entrada en las ciudades conquistadas,
la arrogancia, el desprecio, la añoranza
de quienes nos esperan.

El orden sobre el caos nuevamente,
la paz sobre la muerte,
las banderas. Los templos suntuosos,
cien mil dioses de formas diferentes,
el paciente silencio,
la antorcha entre las sombras,
la suavidad del cuerpo que se ofrece
al dios conquistador.

El regreso. Los bosques, las mesetas,
las ciudades en las que nunca estuve.
Me mandan mensajeros, condolencias.
Pero yo no les creo, les envío
recado de que vuelvas. Las ciudades
por las que yo te busco ya no existen.
No me saben decir dónde te encuentras.

 
Adriano
Entre la enorme cantidad de carpetas que he revisado se encuentran muchos cuentos y alguna que otra novela corta, entre esbozos y proyectos que imagino inacabados. La publicación de los mismos puede llevarme un tiempo del que ahora mismo carezco. Es por ello que iré, mientras la paciencia me acompaña con los trabajos mayores, publicando alguno de los poemas que, a mi juicio, son más atractivos. Disculpad de antemano el gusto literario del que carezco.

En la carpeta con el título LO PERDIDO encontré este poema dedicado, creo, a Adriano (o tal vez a Alejandro).

Cuando cierre los ojos
y exhausto te abandone, y a tu lado me duerma
confiado; cuando tu mano vértigo,
sedienta, se deshaga en pétalos
y asedie los rendidos pezones y el seco manantial
que impetuosa busca y sea tu lengua
clepsidra que baje por mi cuello
y me rodee, humedeciendo mi estupor.

No te detengas.

No respetes el sueño que apacible se extiende
por las sábanas, desafiándote,
la entrañable expresión de mi reposo.
No temas que el luminoso día nos descubra.
Que no te asuste el ímpetu que tus aguas generan
ni que el ansia,
enredada en las espinas de tu inexperiencia,
te hiera enloquecida; que en tu mar no naufragues.

Serénate
es el tiempo lo único posible.
Y no temas
eternizar la dicha. Ni que,
al abrir los ojos, asustado y celoso,
olvide, por tu cuerpo,
tus placeres.

 
¿es esto un haiku?

palabras de halcón
perdidas en los trenes
alma de sombra

¿es esto un haiku?
 
Poema recuperado
De entre los innumerables poemas rescatados, he seleccionado este; porque, de una manera particular, creo que aclara bastante la personalidad del autor y sus intenciones literarias. No pretendo juzgar su obra, ni puedo realizar análisis estilísticos; simplemente mostrar la personalidad de un escritor desconocido que, quizá ya por cuestiones personales, me parece interesante. Ya he dicho que merodear en los papeles que alguien iba a tirar sin escrúpulos y encontrarme con esto me ha implicado emocionalmente. El poema lo encontré sin título.

" Porque sólo hay palabras que me aseguran tu rostro
y rostros cuya identidad me desconcierta
nunca sabré cual de esos espejos
será el último espejo. La despiadada imagen
igual a mí. Adivinar será mi pasatiempo
será mi confusión y mi tortura.

Desgranaré tus tactos
tus silencios oráculos serán de sábanas
y prohibidos lunares.
Deshaciendo tu espera
el amasijo de blusas y zapatos
vísceras de los dioses
me anunciará la suerte o la desgracia.
Inhalaré vapores de las rosas
que a tu pecho se enredan y defienden
y en animal las selvas del futuro
invocaré.

No habrá lugar del cosmos que en tu cuerpo no busque
ni lugar que del cosmos no sea revelado.

Pero sé que el temor también acecha
que tus cuevas sagradas se amurallan
y que exiges, por cada vaticinio,
tiempo."
 
Versos aislados
"pretéritos futuros anheló de ojos verdes
su cálida añoranza de metal curvilinio
y alumbró una peonza de su remoto vientre
bajo un cielo incendiado del círculo infinito"

Este fragmento lo encontré entre los legajos de la biblioteca, estaba escrito en un pedazo de papel, arrancado de algún envoltorio de regalo. Ninguna descripción, ni motivo alguno hacían pensar que pudiera pertenecer a una obra mayor; tampoco he logrado dar, si no fue el titular de la biblioteca, con el autor de estos versos. Aún ayudándome de internet.
La verdad es que animan a un mundo extraño, pero su riqueza metafórica pueden hacerlo útil para situaciones variadas o sentimientos diversos. Queda aquí para comentario de todos aquellos que puedan sentirse interesados.
Poco a poco iré publicando el resto de los escritos personales encontrados.
 
¿?
A veces sucede lo inexplicable, a veces hemos de creer que los hechos no tienen una causa; que están regidos por la casualidad. Si no ¿Cómo entender que el destino nos brinde, de pronto, una nueva razón para ser felices? ¿Cómo entender los nuevos seres que nos rodean, la esperanza que nace como el único aliento y nos incendia?¿ Cómo entender, si no existe el azar, la nueva paz, la presencia inesperada, la ilusión recobrada?.

¿Donde nacen las fuerzas que animan nuestro mundo?¿Por qué un ser, del que nada sabíamos, acerca su calidez y nos inunda?¿Qué razones le mueven a deshacer la soledad, a compartir sus nostalgias, a creer en nosotros?. El cataclismo destruye nuestros muros, aniquila nuestros recelos, nos vence sabiéndonos de antemano vencidos. Y nos gusta la derrota. Porque ahora somos algo más, algo que habremos de preguntar a ese ser que nos mira en silencio, que nos intimida e ilumina, que nos reconforta.
Y, por fin, estamos ansiosos de respuestas.
 
Una estupidez.
Y nace este dolor, o esta sensación de pérdida, cuando te dicen que hay otra persona ocupando el lugar que tú dejaste. Tristes somos los humanos, tristes e incomprensibles. No surgió el dolor con la pérdida, ni tiempo después, ni en los interminables silencios que acompañaron los adioses. Sólo al saber, al tener la certeza de nuestra sustitución, nos dolemos como si hubiera sido ayer el día en que dijimos adiós.

Será la soledad la causante de la tristeza, la enemiga de la razón. Bien dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde definitivamente. O sí, y este dolor no es de pérdida, sino ególatra, egocéntrico, imberbe.

Puede ser que asumamos que seremos siempre insustituibles, también en el amor. Que el descubrir nuestra equivocación nos sume en la tristeza. Que era verdad que el mundo no giraba a nuestro alrededor.

Puede ser que necesitemos ese dolor para sentirnos vivos. Que el mundo seguirá girando pese a nosotros. Que debemos seguir hacia los destinos que nosotros mismos nos hemos ido marcando sin saberlo.

Puede ser.
 
refexión con bradbury
"Así es la vida. Siempre alguien que espera a algún otro, que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, no importa quién sea, para que no nos lastime más."

¿Buscamos destruir u olvidar?¿Qué buscamos?¿Ser en otros o ser por medio de otros?¿anudarnos a otro ser o absorverlo por completo? y, al final, cuando llega el irremediable olvido, ¿quiénes somos?¿quiénes hemos sido?¿qué somos? si la soledad permite que razonemos, si el amor no es sólo una iluminación ni un abandono, ¿Dónde hemos llegado?¿más cerca o más lejos de nosotros? Tal vez, entonces comprenderemos que en este mundo no se puede amar demasiado. Porque quizá hayamos huido a los más abismales de los abismos, a esperar otro millón de años.


Aunque sería conveniente pensar que el amor es un genio que, a veces, nos habita. Una mancha de luz que nos despierta, una lámina de agua que nos sueña.
Sería conveniente no pensar en la devastación de quien ha dejado de ser amado u olvidó ser amante.
Porque el amor es un arte y su belleza es fugaz; y generosa. A veces, es posible que regrese. ¿No hemos de recibirle con los brazos abiertos?
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Nuevo cuento encontrado entre los papeles de la biblioteca.
María no había vuelto a ocuparse de aquel niño desnudo que andaba todas las tardes de un lado a otro del desván, entremetiéndose entre los muebles allí olvidados al polvo y al paso de los años y las enormes cajas de cartón, de las que se podía hacer aparecer desde antiguas lámparas con los cristales rotos hasta pequeños libros de hojas amarillas y quebradizas.

Las primeras veces que oyó pasos arriba y ruido de objetos que caían se preocupó pensando en que las ratas habían anidado en los alares. Pero al subir y escuchar su risa apagada se tranquilizó y lo buscó con un enfado de voces y presuntos tormentos que el niño se asustó tanto que se dejó encontrar para evitar el castigo. Eso fueron las primeras veces, hasta que dejó de temer aquellas reprimendas que nunca se cumplían. Después, cuando María intentaba asustarlo sin meriendas o postres, o le insinuaba algún otro castigo más doloroso, no se dejaba encontrar. María se cansó de bajarlo todas las tardes cubierto de polvo y de sorpresa y lo dejó estar.

Con el tiempo, el niño aprendió a moverse despacio y sin hacer ruido en el desván y María pensaba que había encontrado otro lugar para sus juegos; pero, cuando, cansada de llamarlo por todas las habitaciones de la casa y de buscarlo por el jardín, volvía al desván, el niño bajaba sonriente para cenar, mirando de reojo el enfado siempre fingido de María.

- No sé cómo te gusta tanto estar ahí arriba, con la cantidad de mugre y polvo que hay, y esa penumbra, que de no darte el sol te vas a volver transparente.

Pero él volvía a su mundo todos los días, y sacaba aquellos viejos libros de sus cajas, ordenándolos de mayor a menor, o apilándolos en torres y parapetos para defenderse de los indios, que se escondían todos detrás de la gabardina colgada de la percha y del sillón. Encontraba viejas monedas, comidas por el orín, sellos de innumerables países amontonados en bolsas como confetti, antiguas cartas de amor escondidas en el fondo de los cajones, atadas con lazos rojos, que no sabía leer, pequeñas bolas de cristal, mapas del mundo con círculos verdes y líneas trazadas con cartabón, antiguos billetes que casi se rompían al cogerlos, cochecitos de madera a los que faltaba una rueda, muñecas de loza sin sus dedos, álbumes de fotografías amarillentas donde posaba gente a la que nunca conoció. Su escondite era un mundo perdido, como tantos otros que nunca se vuelven a recuperar, y él lo iba descubriendo poco a poco, con esa ingenuidad infantil por lo desconocido que hace maravilloso cada objeto encontrado.

María, como el niño se acostumbró a bajar a punto para la cena y, a fin de cuentas, era su niño y se le podía consentir cualquier cosa a su soledad de hijo único, no les fue con el chisme del desván a sus padres; porque, además, pensaba ella, qué les iba a importar si estaban siempre fuera y nunca se preocuparon por él. (María siempre lo decía, que no era de ley tener a un niño así de abandonado. Las demás contaban también hechos similares de las casas donde servían, siempre niños solos y padres ocupadísimos y serios, como si hubieran nacido con almas superiores).

María había llegado de muy joven a la capital, desde entonces se ocupó de aquella casa y cuidó a los abuelos hasta que la muerte se los llevó despacito y sin mucho alboroto. Se quedó con los padres por pura rutina y porque ya había hecho suya aquella casa y a sus habitantes; a pesar de que ella ya tenía sus hijos propios, y su marido propio, con el que podía refunfuñar a gusto; pero no quiso abandonar ese pedacito de mundo que era parte irrenunciable de su vida, y así siguió llegando cada mañana para despedir a los padres y dar de desayunar al niño y otras mil cosas que la ocupaban casi hasta el anochecer.

El niño la intuyó como madre y le llamaba tata, sus primeros pasos terminaron en sus brazos, y los buenos días eran un beso de ella en la frente. Crecía con dos madres, una para el día, que estaba siempre ahí, hasta cuando se quejó tanto que hubo que llevarle a toda prisa al hospital; la otra para las noches, al acostarse, que lo adormecía con su voz suave de cuentos.

Esta es la historia hasta que María se desplomó en medio de la cocina sin un grito, pesada como un armario y abierto de par en par el corazón. Cuando el niño bajó vio que dormía y su cena no estaba sobre la mesa, así que decidió subir y esperar que lo llamara, silencioso y pícaro para no despertarla, y jugar un rato más a descubrir tesoros.

Lo buscaron por toda la casa, en los armarios, debajo de las camas, entre las faldas de María, en el jardín. Lo buscaron en el funeral con los ojos encendidos en lágrimas, en toda la ciudad se repartieron carteles con su foto y su nombre, y se hicieron batidas por los campos cercanos. Los padres hicieron llamamientos por televisión, por radio, removieron cielo y tierra para encontrar lo que tanta falta les hacía, lo que tanto querían, conocían, amaban. Hablaron para los secuestradores con lágrimas inverosímiles de tristeza.

Todo fue inútil. Después de dos meses la atención y la búsqueda desistieron. Se pensó en lo peor. El niño se olvidó, como se olvidan los números de teléfono o las estafas de los políticos, y los padres se conformaron con el silencio y la ignorancia.

La casa se llenó de recuerdos y fantasmas del hijo, no sabían si vivos o muertos, y esa incertidumbre quebró la vida en común y la llenó de reproches y celos, de palabras agresivas y de amenazas. Abandonaron la casa en direcciones opuestas, para tratar de no encontrarse nunca más; y la casa quedó ahí, intacta, abandonándose a la decrepitud, la humedad y el silencio. El mundo fue creciendo a su alrededor.

Yo la había conocido hacía ya algunos años, cuando esperaba a María a la salida de la facultad y volvíamos juntos, ella preguntándome siempre por las clases y los amigos. Ahora estaba hecha una ruina, la reja se había vencido y las malas hierbas hacían de la entrada una selva de púas; aquí y allá los desconchados le daban la impresión de un hundimiento inminente, las tejas rotas se amontonaban alrededor. Aún así, decidí comprarla.

La puerta se abrió de un empujón. El interior no mejoraba la fachada, la luz se filtraba a través del polvo y las sombras de años; revisamos todas las habitaciones para anotar las reformas y los muebles aprovechables, todavía cubiertos de sábanas comidas por la polilla. Al abrir la puerta del desván lo vimos, un anciano de largas barbas blancas, con la piel amarillenta del papel viejo, al vernos sonrió, se levantó despacio de la silla y bajó las escaleras paso a paso; yo creo que pensó que ya estaba bien de esperar a María.