Capítulo 10
Te has sentado y me miras en silencio, estás nerviosa, no aciertas a dejar quietas las manos, agarras uno de los papeles y lees en voz alta. Asomas una sonrisa. Ahora no flota, como hace sólo un momento, el aroma de los diálogos transcendentales. Tus palabras, que son las mías, aclaran el aire, la distancia que nos separa, y nos unen en un chispazo de felicidad compartida.
Sonríes con calma, con dulzura, y exiges explicaciones. Yo siempre me hago el sueco dices tú y yo vuelvo a ironizar sobre la creación, te cuento las intenciones fallidas, la concepción de la escritura como una máscara; me niegas moviendo la cabeza ligeramente a los lados, me río, jugamos a dialogar como niños, a tener no tener la razón, me señalas unos párrafos y los lees agitando las manos ¿y? contesto yo. Nos miramos. Cierras los ojos. De repente, como un disparo, me preguntas por qué no somos felices y oigo a Nico llorar en el cuarto de al lado.
Cierro los ojos. Nico deja de llorar. Abro los ojos y estoy solo, mirando anochecer la ciudad. No recuerdo la dirección que di al taxista.
Sonríes con calma, con dulzura, y exiges explicaciones. Yo siempre me hago el sueco dices tú y yo vuelvo a ironizar sobre la creación, te cuento las intenciones fallidas, la concepción de la escritura como una máscara; me niegas moviendo la cabeza ligeramente a los lados, me río, jugamos a dialogar como niños, a tener no tener la razón, me señalas unos párrafos y los lees agitando las manos ¿y? contesto yo. Nos miramos. Cierras los ojos. De repente, como un disparo, me preguntas por qué no somos felices y oigo a Nico llorar en el cuarto de al lado.
Cierro los ojos. Nico deja de llorar. Abro los ojos y estoy solo, mirando anochecer la ciudad. No recuerdo la dirección que di al taxista.





