Capítulo 11
Alicia ha vuelto tarde. Eran más de las tres cuando la oí sin hacer ruido por el pasillo, camino de la cocina. Sigue sintiendo hambre después de tomar alguna copa. La oí en zapatillas tropezar con el sofá del salón. Se sentó fuera, en la terraza. Seguramente fumaría hasta el amanecer.
Primero fue una especie de temor, no ese temor que se siente al penetrar en lo prohibido, no, no era eso, era como un deber que se incumple, como si estuviera obligada a hacer siempre lo mismo, exacta como una máquina, sin pensar ni decidir por mí. Y que había desbaratado el mecanismo, que no regresar temprano, o el simple hecho de haber salido, de haberte demostrado que seguía siendo libre, habría producido una hecatombe, y que todo lo encontraría patas arriba al regresar, y que no estaría segura de mi reacción. Todo eso aquí en el estómago al abrir la puerta y todas las luces apagadas, y entonces esta sensación de culpable y la necesidad de quedarme aquí sentada, como si dialogara contigo, tratando de explicarnos, de entenderme y…
Me quedé dormido. Tuve sueños donde Alicia hablaba y hablaba, fumando. Sueños donde escapaba desnuda y salvaje perseguida por la tribu. Caía. No podía levantarse. Se angustiaba. Bajaba en una balsa de troncos y no podía nadar a la orilla y evitar el estruendo de la catarata. Ni podía verme sentado en la orilla mientras ella bailaba sola, giraba, giraba, su pelo negro girando, yo tratando de detener aquel tormento, llamándola, ella sonriente, moviendo la mano desde la escalerilla del avión, sin advertir cómo me elevaban y me empujaban y yo caía y caía y despertaba sudado y buscándola.





