Capítulo 14
Me habías abandonado. No lloré. No supliqué. Estabas muy bien con aquel traje gris y esa horrible flor de papel blanco en el ojal. Te dije siempre que había luz en tu rostro. Tenían tus ojos un no sé qué profundo y soñador que alegraba toda la fotografía. No la puse boca abajo. Me quedé mirándote sabiendo que no volveríamos a encontrarnos. Desde ese momento empecé a añorarte. Comprendí muchas cosas, hasta tus odiosos silencios, y esos ojos inquisitivos de los últimos meses, que me helaban el corazón y tenía que apartar la mirada para no echarme a llorar en tus brazos. Ya sé que esa debilidad no me la hubieras perdonado nunca. Hablabas tanto de la fortaleza moral, de no dejarse dominar por emociones pasajeras que me daba miedo demostrarte abiertamente mis estados de ánimo y mis sentimientos. Nunca aceptaste mi independencia. Te mostrabas indiferente, como queriendo decir que nada te extrañaba, que mi trabajo y mis constantes viajes eran algo de mi vida, en la que tú jamás estabas obligado a prohibir. Pero aquellas ausencias te herían, no sencillamente por la distancia, te indignaba saberme libre, sin que hubiera de rendirte cuentas de mis actos y de mis proyectos. No estabas ahí para empujarme, para ser tú quien me hiciera ir subiendo, ir conquistando terreno al mundo. A veces, cuando hablábamos del futuro, de mi futuro, de mi último ascenso, me animabas. Pero miraba a tus ojos y los veía sin ilusión, vacíos, casi tristes. ¿Tanto miedo te producía saberme libre? También he pensado que acaso temieras perderme. Llegaba siempre contándote anécdotas; mis salidas, te hablaba de ciudades, de costumbres, de personas, de un mundo que conocías a través de mí, de un mundo más ancho que el tuyo pero ¡qué más da! ¿Acaso importa ahora?
Te has ido y no voy a hacer nada. No correré tras ti. No suplicaré. Me sonríes y te devuelvo la sonrisa. No quemaré tus cartas. No romperé tus fotos. Me miras con tanta dulzura que no puedo acusarte.
Me levanté y miré en mi agenda. Llamé por teléfono y me arreglé para cenar fuera. Antes de salir recorrí todas las habitaciones y fui apagando una a una las luces. Bajando en el ascensor tuve que secarme los ojos con un pañuelo de papel.
La noche estaba fría. Le di al taxista la dirección y quedé mirando a la gente que iba de un lado a otro, indiferente, absorta en su mundo, como yo, perdida en un taxi en medio de la ciudad, preocupada por no haber cogido las pastillas contra este dolor de estómago que se estaba haciendo insoportable.





