Nuevo cuento encontrado entre los papeles de la biblioteca.
María no había vuelto a ocuparse de aquel niño desnudo que andaba todas las tardes de un lado a otro del desván, entremetiéndose entre los muebles allí olvidados al polvo y al paso de los años y las enormes cajas de cartón, de las que se podía hacer aparecer desde antiguas lámparas con los cristales rotos hasta pequeños libros de hojas amarillas y quebradizas.
Las primeras veces que oyó pasos arriba y ruido de objetos que caían se preocupó pensando en que las ratas habían anidado en los alares. Pero al subir y escuchar su risa apagada se tranquilizó y lo buscó con un enfado de voces y presuntos tormentos que el niño se asustó tanto que se dejó encontrar para evitar el castigo. Eso fueron las primeras veces, hasta que dejó de temer aquellas reprimendas que nunca se cumplían. Después, cuando María intentaba asustarlo sin meriendas o postres, o le insinuaba algún otro castigo más doloroso, no se dejaba encontrar. María se cansó de bajarlo todas las tardes cubierto de polvo y de sorpresa y lo dejó estar.
Con el tiempo, el niño aprendió a moverse despacio y sin hacer ruido en el desván y María pensaba que había encontrado otro lugar para sus juegos; pero, cuando, cansada de llamarlo por todas las habitaciones de la casa y de buscarlo por el jardín, volvía al desván, el niño bajaba sonriente para cenar, mirando de reojo el enfado siempre fingido de María.
- No sé cómo te gusta tanto estar ahí arriba, con la cantidad de mugre y polvo que hay, y esa penumbra, que de no darte el sol te vas a volver transparente.
Pero él volvía a su mundo todos los días, y sacaba aquellos viejos libros de sus cajas, ordenándolos de mayor a menor, o apilándolos en torres y parapetos para defenderse de los indios, que se escondían todos detrás de la gabardina colgada de la percha y del sillón. Encontraba viejas monedas, comidas por el orín, sellos de innumerables países amontonados en bolsas como confetti, antiguas cartas de amor escondidas en el fondo de los cajones, atadas con lazos rojos, que no sabía leer, pequeñas bolas de cristal, mapas del mundo con círculos verdes y líneas trazadas con cartabón, antiguos billetes que casi se rompían al cogerlos, cochecitos de madera a los que faltaba una rueda, muñecas de loza sin sus dedos, álbumes de fotografías amarillentas donde posaba gente a la que nunca conoció. Su escondite era un mundo perdido, como tantos otros que nunca se vuelven a recuperar, y él lo iba descubriendo poco a poco, con esa ingenuidad infantil por lo desconocido que hace maravilloso cada objeto encontrado.
María, como el niño se acostumbró a bajar a punto para la cena y, a fin de cuentas, era su niño y se le podía consentir cualquier cosa a su soledad de hijo único, no les fue con el chisme del desván a sus padres; porque, además, pensaba ella, qué les iba a importar si estaban siempre fuera y nunca se preocuparon por él. (María siempre lo decía, que no era de ley tener a un niño así de abandonado. Las demás contaban también hechos similares de las casas donde servían, siempre niños solos y padres ocupadísimos y serios, como si hubieran nacido con almas superiores).
María había llegado de muy joven a la capital, desde entonces se ocupó de aquella casa y cuidó a los abuelos hasta que la muerte se los llevó despacito y sin mucho alboroto. Se quedó con los padres por pura rutina y porque ya había hecho suya aquella casa y a sus habitantes; a pesar de que ella ya tenía sus hijos propios, y su marido propio, con el que podía refunfuñar a gusto; pero no quiso abandonar ese pedacito de mundo que era parte irrenunciable de su vida, y así siguió llegando cada mañana para despedir a los padres y dar de desayunar al niño y otras mil cosas que la ocupaban casi hasta el anochecer.
El niño la intuyó como madre y le llamaba tata, sus primeros pasos terminaron en sus brazos, y los buenos días eran un beso de ella en la frente. Crecía con dos madres, una para el día, que estaba siempre ahí, hasta cuando se quejó tanto que hubo que llevarle a toda prisa al hospital; la otra para las noches, al acostarse, que lo adormecía con su voz suave de cuentos.
Esta es la historia hasta que María se desplomó en medio de la cocina sin un grito, pesada como un armario y abierto de par en par el corazón. Cuando el niño bajó vio que dormía y su cena no estaba sobre la mesa, así que decidió subir y esperar que lo llamara, silencioso y pícaro para no despertarla, y jugar un rato más a descubrir tesoros.
Lo buscaron por toda la casa, en los armarios, debajo de las camas, entre las faldas de María, en el jardín. Lo buscaron en el funeral con los ojos encendidos en lágrimas, en toda la ciudad se repartieron carteles con su foto y su nombre, y se hicieron batidas por los campos cercanos. Los padres hicieron llamamientos por televisión, por radio, removieron cielo y tierra para encontrar lo que tanta falta les hacía, lo que tanto querían, conocían, amaban. Hablaron para los secuestradores con lágrimas inverosímiles de tristeza.
Todo fue inútil. Después de dos meses la atención y la búsqueda desistieron. Se pensó en lo peor. El niño se olvidó, como se olvidan los números de teléfono o las estafas de los políticos, y los padres se conformaron con el silencio y la ignorancia.
La casa se llenó de recuerdos y fantasmas del hijo, no sabían si vivos o muertos, y esa incertidumbre quebró la vida en común y la llenó de reproches y celos, de palabras agresivas y de amenazas. Abandonaron la casa en direcciones opuestas, para tratar de no encontrarse nunca más; y la casa quedó ahí, intacta, abandonándose a la decrepitud, la humedad y el silencio. El mundo fue creciendo a su alrededor.
Yo la había conocido hacía ya algunos años, cuando esperaba a María a la salida de la facultad y volvíamos juntos, ella preguntándome siempre por las clases y los amigos. Ahora estaba hecha una ruina, la reja se había vencido y las malas hierbas hacían de la entrada una selva de púas; aquí y allá los desconchados le daban la impresión de un hundimiento inminente, las tejas rotas se amontonaban alrededor. Aún así, decidí comprarla.
La puerta se abrió de un empujón. El interior no mejoraba la fachada, la luz se filtraba a través del polvo y las sombras de años; revisamos todas las habitaciones para anotar las reformas y los muebles aprovechables, todavía cubiertos de sábanas comidas por la polilla. Al abrir la puerta del desván lo vimos, un anciano de largas barbas blancas, con la piel amarillenta del papel viejo, al vernos sonrió, se levantó despacio de la silla y bajó las escaleras paso a paso; yo creo que pensó que ya estaba bien de esperar a María.
Las primeras veces que oyó pasos arriba y ruido de objetos que caían se preocupó pensando en que las ratas habían anidado en los alares. Pero al subir y escuchar su risa apagada se tranquilizó y lo buscó con un enfado de voces y presuntos tormentos que el niño se asustó tanto que se dejó encontrar para evitar el castigo. Eso fueron las primeras veces, hasta que dejó de temer aquellas reprimendas que nunca se cumplían. Después, cuando María intentaba asustarlo sin meriendas o postres, o le insinuaba algún otro castigo más doloroso, no se dejaba encontrar. María se cansó de bajarlo todas las tardes cubierto de polvo y de sorpresa y lo dejó estar.
Con el tiempo, el niño aprendió a moverse despacio y sin hacer ruido en el desván y María pensaba que había encontrado otro lugar para sus juegos; pero, cuando, cansada de llamarlo por todas las habitaciones de la casa y de buscarlo por el jardín, volvía al desván, el niño bajaba sonriente para cenar, mirando de reojo el enfado siempre fingido de María.
- No sé cómo te gusta tanto estar ahí arriba, con la cantidad de mugre y polvo que hay, y esa penumbra, que de no darte el sol te vas a volver transparente.
Pero él volvía a su mundo todos los días, y sacaba aquellos viejos libros de sus cajas, ordenándolos de mayor a menor, o apilándolos en torres y parapetos para defenderse de los indios, que se escondían todos detrás de la gabardina colgada de la percha y del sillón. Encontraba viejas monedas, comidas por el orín, sellos de innumerables países amontonados en bolsas como confetti, antiguas cartas de amor escondidas en el fondo de los cajones, atadas con lazos rojos, que no sabía leer, pequeñas bolas de cristal, mapas del mundo con círculos verdes y líneas trazadas con cartabón, antiguos billetes que casi se rompían al cogerlos, cochecitos de madera a los que faltaba una rueda, muñecas de loza sin sus dedos, álbumes de fotografías amarillentas donde posaba gente a la que nunca conoció. Su escondite era un mundo perdido, como tantos otros que nunca se vuelven a recuperar, y él lo iba descubriendo poco a poco, con esa ingenuidad infantil por lo desconocido que hace maravilloso cada objeto encontrado.
María, como el niño se acostumbró a bajar a punto para la cena y, a fin de cuentas, era su niño y se le podía consentir cualquier cosa a su soledad de hijo único, no les fue con el chisme del desván a sus padres; porque, además, pensaba ella, qué les iba a importar si estaban siempre fuera y nunca se preocuparon por él. (María siempre lo decía, que no era de ley tener a un niño así de abandonado. Las demás contaban también hechos similares de las casas donde servían, siempre niños solos y padres ocupadísimos y serios, como si hubieran nacido con almas superiores).
María había llegado de muy joven a la capital, desde entonces se ocupó de aquella casa y cuidó a los abuelos hasta que la muerte se los llevó despacito y sin mucho alboroto. Se quedó con los padres por pura rutina y porque ya había hecho suya aquella casa y a sus habitantes; a pesar de que ella ya tenía sus hijos propios, y su marido propio, con el que podía refunfuñar a gusto; pero no quiso abandonar ese pedacito de mundo que era parte irrenunciable de su vida, y así siguió llegando cada mañana para despedir a los padres y dar de desayunar al niño y otras mil cosas que la ocupaban casi hasta el anochecer.
El niño la intuyó como madre y le llamaba tata, sus primeros pasos terminaron en sus brazos, y los buenos días eran un beso de ella en la frente. Crecía con dos madres, una para el día, que estaba siempre ahí, hasta cuando se quejó tanto que hubo que llevarle a toda prisa al hospital; la otra para las noches, al acostarse, que lo adormecía con su voz suave de cuentos.
Esta es la historia hasta que María se desplomó en medio de la cocina sin un grito, pesada como un armario y abierto de par en par el corazón. Cuando el niño bajó vio que dormía y su cena no estaba sobre la mesa, así que decidió subir y esperar que lo llamara, silencioso y pícaro para no despertarla, y jugar un rato más a descubrir tesoros.
Lo buscaron por toda la casa, en los armarios, debajo de las camas, entre las faldas de María, en el jardín. Lo buscaron en el funeral con los ojos encendidos en lágrimas, en toda la ciudad se repartieron carteles con su foto y su nombre, y se hicieron batidas por los campos cercanos. Los padres hicieron llamamientos por televisión, por radio, removieron cielo y tierra para encontrar lo que tanta falta les hacía, lo que tanto querían, conocían, amaban. Hablaron para los secuestradores con lágrimas inverosímiles de tristeza.
Todo fue inútil. Después de dos meses la atención y la búsqueda desistieron. Se pensó en lo peor. El niño se olvidó, como se olvidan los números de teléfono o las estafas de los políticos, y los padres se conformaron con el silencio y la ignorancia.
La casa se llenó de recuerdos y fantasmas del hijo, no sabían si vivos o muertos, y esa incertidumbre quebró la vida en común y la llenó de reproches y celos, de palabras agresivas y de amenazas. Abandonaron la casa en direcciones opuestas, para tratar de no encontrarse nunca más; y la casa quedó ahí, intacta, abandonándose a la decrepitud, la humedad y el silencio. El mundo fue creciendo a su alrededor.
Yo la había conocido hacía ya algunos años, cuando esperaba a María a la salida de la facultad y volvíamos juntos, ella preguntándome siempre por las clases y los amigos. Ahora estaba hecha una ruina, la reja se había vencido y las malas hierbas hacían de la entrada una selva de púas; aquí y allá los desconchados le daban la impresión de un hundimiento inminente, las tejas rotas se amontonaban alrededor. Aún así, decidí comprarla.
La puerta se abrió de un empujón. El interior no mejoraba la fachada, la luz se filtraba a través del polvo y las sombras de años; revisamos todas las habitaciones para anotar las reformas y los muebles aprovechables, todavía cubiertos de sábanas comidas por la polilla. Al abrir la puerta del desván lo vimos, un anciano de largas barbas blancas, con la piel amarillenta del papel viejo, al vernos sonrió, se levantó despacio de la silla y bajó las escaleras paso a paso; yo creo que pensó que ya estaba bien de esperar a María.