CAPITULO 1
Cuando estabas la vida era más difícil, había que creerse los preceptos y las normas para poder olvidar que estabas a mi lado. Huía de mí consciente del absurdo: sabía que te necesitaba y, sin embargo, esa necesidad me dolía. Cuando no estabas, cuando algún asunto urgente te obligaba a viajar, o eras simplemente esclava de los lazos familiares, de los recuerdos familiares, como decías tú, y la casa se quedaba vacía, sólo yo perdido buscándote, cerciorándome que era cierto, que estabas de viaje y de nuevo era libre; sólo entonces, cuando no te sentía a mi lado, comprendía que algo más que el amor me obligaba a esperarte.
En tus días de ausente la libertad me agobiaba. Era libre, sin embargo mi pensamiento te buscaba en los hoteles, en las estaciones del metro, caminando por Madrid, o Bilbao o Rotterdam, o quién sabe por qué aceras, por qué caminos inútiles de qué ciudades que eran oficinas interminables, calles inmensas de edificios inmensos de oficinas, ciudades que sólo conocía porque tal bolsa estaba de subida, que si los índices de tal empresa, los ascensores exteriores enmoquetados y los ficus de plástico y tu cartera de un lado a otro, sobre las mesas de mármol, de buena madera, de trajes impecables y sonrisas impecables y saludos corteses y las comidas de trabajo de tres tenedores, de ahora es el momento justo y las acciones y tú y el maletín bajando y subiendo ascensores de cristal, ascensores de edificios de ciudades que eran como enormes océanos de oficinas. Yo te buscaba entre las olas, por las azoteas, siguiendo tu caminar rápido, tu señal al taxi, tu gesto de cansancio al llegar al hotel y tumbarte en la cama y no verme de pie, junto a ti, mirando tus ojos cerrados, tus labios suaves cansados de hablar de productividad y beneficio, tu no pensar en mí que pensaba en ti, buscándote, adivinando (libre de adivinar o de huir de la casa y cobijarme en la noche húmeda, en el ritual del alcohol y la música) presintiendo tu fatiga, la hora, si desayunabas o ya salías de nuevo a la marea de las oficinas y los empresarios; siempre tras ti, persiguiendo los aviones que habrían de regresarte de nuevo a mi lado.
En tus días de ausente la libertad me agobiaba. Era libre, sin embargo mi pensamiento te buscaba en los hoteles, en las estaciones del metro, caminando por Madrid, o Bilbao o Rotterdam, o quién sabe por qué aceras, por qué caminos inútiles de qué ciudades que eran oficinas interminables, calles inmensas de edificios inmensos de oficinas, ciudades que sólo conocía porque tal bolsa estaba de subida, que si los índices de tal empresa, los ascensores exteriores enmoquetados y los ficus de plástico y tu cartera de un lado a otro, sobre las mesas de mármol, de buena madera, de trajes impecables y sonrisas impecables y saludos corteses y las comidas de trabajo de tres tenedores, de ahora es el momento justo y las acciones y tú y el maletín bajando y subiendo ascensores de cristal, ascensores de edificios de ciudades que eran como enormes océanos de oficinas. Yo te buscaba entre las olas, por las azoteas, siguiendo tu caminar rápido, tu señal al taxi, tu gesto de cansancio al llegar al hotel y tumbarte en la cama y no verme de pie, junto a ti, mirando tus ojos cerrados, tus labios suaves cansados de hablar de productividad y beneficio, tu no pensar en mí que pensaba en ti, buscándote, adivinando (libre de adivinar o de huir de la casa y cobijarme en la noche húmeda, en el ritual del alcohol y la música) presintiendo tu fatiga, la hora, si desayunabas o ya salías de nuevo a la marea de las oficinas y los empresarios; siempre tras ti, persiguiendo los aviones que habrían de regresarte de nuevo a mi lado.





