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ADioses y mentiras
Manuscrito encontrado. Escritos recuperados en una biblioteca.
Sindicación
 
capítulo 3
Aquel viaje me impresionó tu olor nuevo, tu olor de tomillo, de hoja verde, de agua fresca y tarde en las orillas, bajo los chopos, yo leía a Rosales y tú jugabas a hacerme creer en Nico, lo suspirabas deseándolo, sonriendo hacia arriba apoyadas tus manos en la hierba, la cabeza hacia atrás, Nico, como si sólo nombrándolo pudieras hacerlo emerger desde el fango; lo tocabas, lo modelabas como a un muñeco de cera, le inventabas los ojos verdes, la nariz ni demasiado grande ni demasiado pequeña ¿verdad? y tocabas tu nariz, el pelo oscuro, el murmullo del agua que se unía al silencio,
al zumbido de las abejas y a la sombra donde tú y Nico, los dos juntos tumbados boca arriba hablabais sin cerrar la puerta cargada como venías de demasiados bultos, me saludaste con un gesto, no era costumbre en ti besarme cada vuelta a casa, no te lo reprocho, pero contigo llegó aquel olor joven que lo aromaba todo; incluso después de deshacer las maletas y ofrecerme los regalos y sentarnos a hablar y oírte Florencia y Milán y Roma y otra vez Milán y esta vez sí que he tenido tiempo, el olor seguía mezclándose con la atmósfera de la casa y yo lo advertía entre los dedos, pegado al barniz de la mesa, empapando el espacio que me separaba de ti, y de Roma y Florencia con sus palacios, sus plazas, sus estatuas, su imprescindible tendrías que admirar tanta belleza, tanta luz cálida impregnada de escultura, de perfección serena y el olor a tomillo adherido a los cuadros, a los cristales, desnudándose impúdico por todas las baldosas.
No