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La parte contratante de la primera parte...
La historia es bastante simple, y hace eco de los musicales de la época: Ricardo Baroni (Allan Jones) es un cantante de ópera con gran talento, pero no muy conocido, relegado al coro de la Ópera de Milán. Él está enamorado de Rosa (Kitty Carlisle), cantante de la misma compañía; ella le corresponde, para desagrado de Rudolpho Lasparri (Walter King), el engreído y antipático tenor estrella, quien también tiene interés romántico en la joven cantante. Por otro lado, la Sra. Claypool (la maravillosa Margaret Dumont), adinerada dama, desea entrar en sociedad, para lo que ha contratado como asesor a Otis B. Driftwood (Groucho Marx), quien le aconseja que done 200,000 dólares a la Ópera de Nueva York para que puedan contratar a Lassparri. Driftwood equivocadamente contrata a Baroni, cuyo agente es Fiorello (Chico Marx), aunque pronto se descubre el error, y la Sra. Claypool, Lassparri, Driftwood y Rosa se embarcan rumbo a Nueva York. Como polizontes en el barco van Fiorello, su cantante Baroni, y Tomasso (Harpo Marx), el ex-valet del pedante Lassparri. Durante el viaje se fortalece el amor entre Baroni y Rosa, al mismo tiempo que Lassparri sugiere al director de la Ópera de Nueva York que acepte a Rosa como Primera Voz femenina, creyendo que así podrá presionarla para aceptarlo románticamente. Cuando por fin llegan a Nueva York, Driftwood es despedido, por lo que elabora un plan junto con Fiorello y Tomasso para vengarse del director de la Ópera y de Lassparri y al mismo tiempo instalar a Baroni como tenor principal. Curiosamente el plan incluye mucho juego de palabras, confusión, golpes en la cabeza y enredo tras enredo. Finalmente, como se espera, todo resulta bien, con los villanos recibiendo su merecido, los jóvenes amantes reunidos y el excéntrico trío de Driftwood, Fiorello y Tomasso redimido y perdonado por sus travesuras.

El valor de esta película, sin embargo, no es la historia, sino las rutinas cómicas de los Hermanos Marx. Esas rutinas, aunque adaptadas para cine, fueron previamente representadas innumerables veces en teatro, donde el grupo de comediantes invirtió años refinando cada elemento hasta convertirlas en obras maestras, que aunque simulan espontaneidad e impovisación son en realidad producto de un profundo análisis y precisa ejecución, incluso considerando pausas para acomodar las risas de la audiencia. Pero la genialidad de los Marx, como la de muchos otros artistas, está en hacer que el material tan trabajado y ensayado parezca tran fresco como si se estuviera improvisando. Los rapidísimos juegos de palabras de Groucho y la comedia física de Chico y Harpo están en plena forma y son alternativamente tan rebuscados y tan simplones que la variedad misma se convierte en un nivel más de la comedia, pasando en pocos segundos de una referencia literaria a un chistorete fácil, sin perder el tono y ritmo general de las rutinas.
Entre esas rutinas hay varias que se han convertido en escenas clásicas, como la famosa firma del contrato entre Groucho y Chico. Chico, como agente del cantante de ópera vela por los intereses del artista al examinar un contrato de metro y medio de largo, el cual es cortado en pedazos conforme Chico y Groucho discuten sobre cláusulas específicas. Cuando sólo queda un trocito de papel, Groucho le da una pluma a Chico para que firme. Entonces Chico dice que no puede firmar porque no sabe escribir. Groucho, impávido, responde que no hay problema, pues su pluma no tiene tinta.
Otra escena clásica es la del camarote repleto de gente. Ésta secuencia no tiene "punchline" como tal, pues es el desarrollo el que muestra el genio de los hermanos Marx. En la travesía hacia Nueva York Groucho es colocado en un camarote escasamente más grande que un closet, como castigo por sus múltiples transgresiones y engaños. Cuando llega su equipaje Groucho difícilmente cabe junto con el gran baúl. Cuando lo abre descubre tres polizontes: Chico, Harpo y el cantante de ópera Ricardo Baroni. Entonces entra un mecánico para arreglar el calentador. Luego entra el asistente del mecánico. Luego dos camareras, una mucama y varios meseros con comida; inexplicablemente todos caben en el minúsculo camarote, que está por reventar, hasta que literalmente se desbordan cuando alguien más pretende entrar.
No