VENTANA DE MIRADAS: vidasIII

Niño lisboeta. Barrio de Alfama
Comentario:
Aplausos.... genial! a mi me pasa que cuando me encuentro niños en las calles me imagino cual será la historia de su vida... por eso les hago fotos, porque son y pueden llegar a ser... es mi mania.. otrp día te regalaré otra cara de la que contar una historia.
Comentario:
Muy bieeeeen! sabía que no me defraudarías... Me encanta. Pero creo que la historia de Pablo no termina ahí. Me voy a permitir el lujo de fliparme un poco y continuar tu cuento, va? Espero que no te moleste.
(Por cierto, volví a cambiar, el hombre de la barra de tu cuento ya no es el tio, sino el padre)
Una vez tuve la ocasión de conocer esta bella ciudad. Un tintineo resuena por sus calles, es la extravagante melodía de los tranvías, cuyas ruedas rozan los raíles en las ceñidas y elevadas callejuelas. Esta melodía me llevó a perder la noción del espacio y del tiempo. Sin pretenderlo, me desprendí de la compañía de mis amigos y guiada por una magia especial llegué a una preciosa plaza adoquinada. Alrededor de toda la plaza, había pequeñas casas de piedra de uno y dos pisos. Algunos de los bajos eran tabernas cuyo letrero tallado en madera te invitaba a entrar en sus respectivos locales. Los balcones estaban llenos de macetas con flores de colores vivos y agradables. Le daban un aspecto mágico a la plaza. Además, ese día, cubría el cielo de Lisboa una ligera niebla que se situaba justo por encima de los tejados de las casas, dejando entrever las chimeneas echando humo. Un humo espeso que le daba a la ciudad una sensación de misterio.
No era un día gélido, pero la imagen me provocó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y me erizó el bello de los brazos. Miré el letrero de la plaza intentando localizar mi emoción en algún lugar concreto. Era la plaza de Graça. En el centro de ésta, había un banquito de piedra y en él, un hombre de unos 30 años tocaba la guitarra sin esperar ser recompensado por ello. Estaba tocando una estrofa que me resultaba bastante conocida, pero que sin embargo, no llegaba a ubicarla dentro de mi memoria. Intenté tararear un trozo, pero sin mucho éxito, así que abandoné. De repente me di cuenta de mi situación. Había perdido a mis amigos y me encontraba sola, en una hermosa plaza rodeada de casas encantadas y con una mezcla de melodías impresionantes.
Me acerqué al hombre de la guitarra. Iba dispuesta a contarle una historia. Mi historia. Pero de pronto, la cosa cambió. Cuando estaba justo en frente de él, se puso otra vez a tocar y me quedé bloqueada. El hombre siguió tocando, sin prestarme atención. Cuando terminó su pieza, aplaudió su propio esfuerzo y alzando la mirada, muy amablemente me preguntó: -¿Deseas algo?-
Yo me encontraba en un estado de fascinación, y, sin saber muy bien por qué, presentía que algo especial me iba a ocurrir. El hombre volvió a dirigirse a mí -¿Te ocurre algo? ¿Te encuentras mal?...
De repente, reaccioné a sus palabras, tenía una voz preciosa, parecía la de un locutor de radio. Di un ligero brinco, como sorprendida, y le dije –Me encantó escucharte. La plaza sin ti no sería lo mismo-
El hombre me dedicó una ligera sonrisa y me agradeció mi halago. –Con mucho gusto tocaría otra. ¿Alguna petición especial?-
-Cualquiera que toques estará bien-.
Entonces comenzó a tocar, pero esta vez acompañó la melodía de su guitarra con la letra de “Palabras para Julia”:
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido, Tú no puedes volver atrás no haber nacido...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
No sé decirte nada más
pero tú debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso…
Cuando hubo terminado, aplaudí efusivamente y me dispuse ligera a buscar el monedero dentro de la gabardina. –¡ohh no, toco por placer, no hace falta!
-¡Gracias por regalarnos tu música!- Le dije.
Me disponía a marchar y recuperar mi vida, cuando de repente, una anciana mujer bajó por una de las callejuelas adyacentes corriendo y gritando entre sollozos. Ésta, llevaba un delantal blanco encima de un viejo vestido negro, y el pelo recogido en un moño, del cual se escapaban varios mechones, cubriendo casi por completo su rostro.
-¡Pablo, Pablo!, tu padre está aquí, ha vuelto, ha vuelto!- Gritaba la mujer.
El hombre echó a correr dejando a la anciana mujer tras de sí, que por el peso de los años no podía correr tan velozmente, aunque ganas y energías parecían no faltarle. Vi que desaparecían al doblar la esquina de la calle y mi curiosidad me llevó a seguirles con la mirada hasta que entraron por una puerta. Cuando ambos hubieron pasado, aparté la mirada. Me sentí un poco aturdida así que decidí sentarme un instante a pensar qué hacer. Apoyé mi cabeza entre las dos manos y entonces me di cuenta que el hombre se había olvidado la guitarra y el sombrero.
Cogí el instrumento y lo guardé en su funda. Lo acaricié entre mis manos intentando extraer otra canción, pero entonces vi que del bolsillo de la funda, asomaba un papel amarillento, desgastado por el tiempo. Abrí el bolsillo y desdoblé el papel, mirando a mí alrededor como quien hace algo malo, comencé a leer lo que ponía en él. Parecía una carta:
“Mayo de 1937
Querida Julia, cuando los nacionales entraron a Granada, yo me encontraba en el taller. Pascual, el conserje, que se dirigía en esos momentos para el barrio, vio que los militares estaban entrando en todas las casas, locales y talleres y que sacaban a la gente y se la llevaban arrestada. Así que, vino corriendo con su bici y me avisó. Cogí un par de cosas y dinero, y escapé. Fui corriendo por detrás de la plaza y subí a la colina. Allí me encontré a los milicianos, que se habían echado al monte para resistir. Y me quedé con ellos.
Mi intención era regresar a Lisboa cuanto antes, para estar junto a vosotros. Pensé en refugiarme y esperar a que las cosas se calmaran, pedir asilo en alguna embajada hasta que encontrase un medio seguro para regresar. Pero, las cosas han cambiado. La resistencia se ha hecho fuerte y me he unido ellos en la lucha por la libertad. Te he mandado todo el dinero que tenía. Os quiero mucho y anhelo el momento de reencontrarme con vosotros, pero la situación que me trajo a Granada no es la misma que ahora me retiene aquí. Cuéntale a Pablo lo ocurrido. Sed fuertes y no miréis atrás.
Sabes que nunca estuve muy de acuerdo con permanecer tras la barra de la taberna de mi padre poniendo carajitos a los pocos que por allí pasaban. Me encontraba apolillado por la rutina. Mi vida necesitaba algo más. Ahora me encuentro en el frente, compartiendo ideales y pasiones. La vida aquí es dura, pero aquella me costaba más llevarla. No por vosotros, pues es lo que más quiero en mi vida, sino por el estancamiento y la monotonía. Prometo regresar y explicarle yo mismo a Pablo el motivo que llevó a su padre a abandonarle en esa etapa de su vida, pero estoy seguro de que tú sabrás explicárselo muy bien. Os quiero a los dos. Eusebio”.
Una lágrima resbaló por mi mejilla y sin darme cuenta, calló en el papel, creando un pequeño circulo de humedad. Volví a doblar la carta y la guardé en su sitio. Agarré la guitarra y el sombrero con fuerza. Anduve hasta la puerta por la que ambos habían desaparecido. Allí, parada, helada, una extraña sensación, acusada por los llantos y palabras entrecortadas que se oían desde la calle, invadió todo mi cuerpo. Pensé por un instante en dejar allí las cosas y marcharme sin más, o interrumpir la emoción y alegría de ese momento tan íntimo que estaban viviendo esas personas dentro de ese bar.
Mi curiosidad por conocer a la tercera persona de una historia que acababa de comenzar, me llevó a sentarme en el escalón del bar. Con la cabeza agachada y el instrumento y el sombrero sobre mi regazo, escuchaba las palabras que se dedicaban. Me parecía estar contemplando la imagen como si estuviera dentro, de espectadora. La gente pasaba y asombrada por los gritos de alegría miraban hacia mí intentando encontrar alguna respuesta a tan apreciado momento. Yo sólo escuchaba y veía pasar pies caminando uno tras otro. Uno, dos, tres…
Cuando ya me disponía a marchar, el hombre salió del bar.
–Hola de nuevo. Gracias por guardarme la guitarra. Me llamo Pablo-
-Encantada Pablo. Yo soy Aída, vine a traértela, pero no quería interrumpir-.
-Estupendo, pasa dentro te invitaré a un vino por el detalle, hoy estamos de celebración-
No me lo podía creer, iba a dar imagen a esa voz, a esa persona de la cual conocía su historia y a la cual sin saber por qué, admiraba. Cuando entré, un sentimiento inexplicable volvió a recorrer todo mi cuerpo. Parecía estar en una película: la mujer que antes había bajado a la plaza corriendo se encontraba sentada en una silla, entusiasmada por la emoción agarraba fuertemente el brazo de un hombre mayor muy marcado por el paso de los años. Éste, además, tenía varias cicatrices en su rostro, pero aún así parecía fresco y vivo como un chaval joven. Su mirada expresaba melancolía por el tiempo perdido, pero a la vez alegría por el reencuentro.
Los ojos de Pablo brillaban también con una luz especial. En la cuenca de sus ojos se acumulaban pequeñas lágrimas que de vez en cuando secaba con la manga de su chaqueta.
Había algunos hombres en la taberna, pero estos parecían externos a la conmovedora escena. Estaban ensimismados mirando el televisor. Yo me mantuve distanciada contemplando la grandiosidad de aquella situación.
Cuando las cosas se calmaron, salí con mi vaso de vino al escalón del bar y me senté, recordando todo lo que me había pasado hasta ahora. Al instante, Pablo se sentó a mi lado. Pero resulta que ya no era ese niño de cinco años que se sentaba a mirar pies y zapatos, esperando que algunos de aquellos fueran los de su padre. Esperando encontrar pisadas cercanas… Ahora habían pasado 25 años, su padre estaba con ellos y Pablo se dedicaba a mirar a la gente a los ojos. A partir de entonces, ya no buscaríamos pies, sino miradas...
Me he flipado bastante, ¿verdad?. Bueno ahí queda eso. Por si alguien lo quiere continuar. Un saludo.
(Por cierto, volví a cambiar, el hombre de la barra de tu cuento ya no es el tio, sino el padre)
Una vez tuve la ocasión de conocer esta bella ciudad. Un tintineo resuena por sus calles, es la extravagante melodía de los tranvías, cuyas ruedas rozan los raíles en las ceñidas y elevadas callejuelas. Esta melodía me llevó a perder la noción del espacio y del tiempo. Sin pretenderlo, me desprendí de la compañía de mis amigos y guiada por una magia especial llegué a una preciosa plaza adoquinada. Alrededor de toda la plaza, había pequeñas casas de piedra de uno y dos pisos. Algunos de los bajos eran tabernas cuyo letrero tallado en madera te invitaba a entrar en sus respectivos locales. Los balcones estaban llenos de macetas con flores de colores vivos y agradables. Le daban un aspecto mágico a la plaza. Además, ese día, cubría el cielo de Lisboa una ligera niebla que se situaba justo por encima de los tejados de las casas, dejando entrever las chimeneas echando humo. Un humo espeso que le daba a la ciudad una sensación de misterio.
No era un día gélido, pero la imagen me provocó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y me erizó el bello de los brazos. Miré el letrero de la plaza intentando localizar mi emoción en algún lugar concreto. Era la plaza de Graça. En el centro de ésta, había un banquito de piedra y en él, un hombre de unos 30 años tocaba la guitarra sin esperar ser recompensado por ello. Estaba tocando una estrofa que me resultaba bastante conocida, pero que sin embargo, no llegaba a ubicarla dentro de mi memoria. Intenté tararear un trozo, pero sin mucho éxito, así que abandoné. De repente me di cuenta de mi situación. Había perdido a mis amigos y me encontraba sola, en una hermosa plaza rodeada de casas encantadas y con una mezcla de melodías impresionantes.
Me acerqué al hombre de la guitarra. Iba dispuesta a contarle una historia. Mi historia. Pero de pronto, la cosa cambió. Cuando estaba justo en frente de él, se puso otra vez a tocar y me quedé bloqueada. El hombre siguió tocando, sin prestarme atención. Cuando terminó su pieza, aplaudió su propio esfuerzo y alzando la mirada, muy amablemente me preguntó: -¿Deseas algo?-
Yo me encontraba en un estado de fascinación, y, sin saber muy bien por qué, presentía que algo especial me iba a ocurrir. El hombre volvió a dirigirse a mí -¿Te ocurre algo? ¿Te encuentras mal?...
De repente, reaccioné a sus palabras, tenía una voz preciosa, parecía la de un locutor de radio. Di un ligero brinco, como sorprendida, y le dije –Me encantó escucharte. La plaza sin ti no sería lo mismo-
El hombre me dedicó una ligera sonrisa y me agradeció mi halago. –Con mucho gusto tocaría otra. ¿Alguna petición especial?-
-Cualquiera que toques estará bien-.
Entonces comenzó a tocar, pero esta vez acompañó la melodía de su guitarra con la letra de “Palabras para Julia”:
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido, Tú no puedes volver atrás no haber nacido...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
No sé decirte nada más
pero tú debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso…
Cuando hubo terminado, aplaudí efusivamente y me dispuse ligera a buscar el monedero dentro de la gabardina. –¡ohh no, toco por placer, no hace falta!
-¡Gracias por regalarnos tu música!- Le dije.
Me disponía a marchar y recuperar mi vida, cuando de repente, una anciana mujer bajó por una de las callejuelas adyacentes corriendo y gritando entre sollozos. Ésta, llevaba un delantal blanco encima de un viejo vestido negro, y el pelo recogido en un moño, del cual se escapaban varios mechones, cubriendo casi por completo su rostro.
-¡Pablo, Pablo!, tu padre está aquí, ha vuelto, ha vuelto!- Gritaba la mujer.
El hombre echó a correr dejando a la anciana mujer tras de sí, que por el peso de los años no podía correr tan velozmente, aunque ganas y energías parecían no faltarle. Vi que desaparecían al doblar la esquina de la calle y mi curiosidad me llevó a seguirles con la mirada hasta que entraron por una puerta. Cuando ambos hubieron pasado, aparté la mirada. Me sentí un poco aturdida así que decidí sentarme un instante a pensar qué hacer. Apoyé mi cabeza entre las dos manos y entonces me di cuenta que el hombre se había olvidado la guitarra y el sombrero.
Cogí el instrumento y lo guardé en su funda. Lo acaricié entre mis manos intentando extraer otra canción, pero entonces vi que del bolsillo de la funda, asomaba un papel amarillento, desgastado por el tiempo. Abrí el bolsillo y desdoblé el papel, mirando a mí alrededor como quien hace algo malo, comencé a leer lo que ponía en él. Parecía una carta:
“Mayo de 1937
Querida Julia, cuando los nacionales entraron a Granada, yo me encontraba en el taller. Pascual, el conserje, que se dirigía en esos momentos para el barrio, vio que los militares estaban entrando en todas las casas, locales y talleres y que sacaban a la gente y se la llevaban arrestada. Así que, vino corriendo con su bici y me avisó. Cogí un par de cosas y dinero, y escapé. Fui corriendo por detrás de la plaza y subí a la colina. Allí me encontré a los milicianos, que se habían echado al monte para resistir. Y me quedé con ellos.
Mi intención era regresar a Lisboa cuanto antes, para estar junto a vosotros. Pensé en refugiarme y esperar a que las cosas se calmaran, pedir asilo en alguna embajada hasta que encontrase un medio seguro para regresar. Pero, las cosas han cambiado. La resistencia se ha hecho fuerte y me he unido ellos en la lucha por la libertad. Te he mandado todo el dinero que tenía. Os quiero mucho y anhelo el momento de reencontrarme con vosotros, pero la situación que me trajo a Granada no es la misma que ahora me retiene aquí. Cuéntale a Pablo lo ocurrido. Sed fuertes y no miréis atrás.
Sabes que nunca estuve muy de acuerdo con permanecer tras la barra de la taberna de mi padre poniendo carajitos a los pocos que por allí pasaban. Me encontraba apolillado por la rutina. Mi vida necesitaba algo más. Ahora me encuentro en el frente, compartiendo ideales y pasiones. La vida aquí es dura, pero aquella me costaba más llevarla. No por vosotros, pues es lo que más quiero en mi vida, sino por el estancamiento y la monotonía. Prometo regresar y explicarle yo mismo a Pablo el motivo que llevó a su padre a abandonarle en esa etapa de su vida, pero estoy seguro de que tú sabrás explicárselo muy bien. Os quiero a los dos. Eusebio”.
Una lágrima resbaló por mi mejilla y sin darme cuenta, calló en el papel, creando un pequeño circulo de humedad. Volví a doblar la carta y la guardé en su sitio. Agarré la guitarra y el sombrero con fuerza. Anduve hasta la puerta por la que ambos habían desaparecido. Allí, parada, helada, una extraña sensación, acusada por los llantos y palabras entrecortadas que se oían desde la calle, invadió todo mi cuerpo. Pensé por un instante en dejar allí las cosas y marcharme sin más, o interrumpir la emoción y alegría de ese momento tan íntimo que estaban viviendo esas personas dentro de ese bar.
Mi curiosidad por conocer a la tercera persona de una historia que acababa de comenzar, me llevó a sentarme en el escalón del bar. Con la cabeza agachada y el instrumento y el sombrero sobre mi regazo, escuchaba las palabras que se dedicaban. Me parecía estar contemplando la imagen como si estuviera dentro, de espectadora. La gente pasaba y asombrada por los gritos de alegría miraban hacia mí intentando encontrar alguna respuesta a tan apreciado momento. Yo sólo escuchaba y veía pasar pies caminando uno tras otro. Uno, dos, tres…
Cuando ya me disponía a marchar, el hombre salió del bar.
–Hola de nuevo. Gracias por guardarme la guitarra. Me llamo Pablo-
-Encantada Pablo. Yo soy Aída, vine a traértela, pero no quería interrumpir-.
-Estupendo, pasa dentro te invitaré a un vino por el detalle, hoy estamos de celebración-
No me lo podía creer, iba a dar imagen a esa voz, a esa persona de la cual conocía su historia y a la cual sin saber por qué, admiraba. Cuando entré, un sentimiento inexplicable volvió a recorrer todo mi cuerpo. Parecía estar en una película: la mujer que antes había bajado a la plaza corriendo se encontraba sentada en una silla, entusiasmada por la emoción agarraba fuertemente el brazo de un hombre mayor muy marcado por el paso de los años. Éste, además, tenía varias cicatrices en su rostro, pero aún así parecía fresco y vivo como un chaval joven. Su mirada expresaba melancolía por el tiempo perdido, pero a la vez alegría por el reencuentro.
Los ojos de Pablo brillaban también con una luz especial. En la cuenca de sus ojos se acumulaban pequeñas lágrimas que de vez en cuando secaba con la manga de su chaqueta.
Había algunos hombres en la taberna, pero estos parecían externos a la conmovedora escena. Estaban ensimismados mirando el televisor. Yo me mantuve distanciada contemplando la grandiosidad de aquella situación.
Cuando las cosas se calmaron, salí con mi vaso de vino al escalón del bar y me senté, recordando todo lo que me había pasado hasta ahora. Al instante, Pablo se sentó a mi lado. Pero resulta que ya no era ese niño de cinco años que se sentaba a mirar pies y zapatos, esperando que algunos de aquellos fueran los de su padre. Esperando encontrar pisadas cercanas… Ahora habían pasado 25 años, su padre estaba con ellos y Pablo se dedicaba a mirar a la gente a los ojos. A partir de entonces, ya no buscaríamos pies, sino miradas...
Me he flipado bastante, ¿verdad?. Bueno ahí queda eso. Por si alguien lo quiere continuar. Un saludo.
Comentario:
Pablo tiene cinco años. Cada tarde al salir del colegio corre calle abajo, es una calle gris con aceras estrechas, hasta llegar a la taberna que fue de su abuelo y es ahora de su padre, algún día será suyo. En la puerta el un viejo perro callejero, le mira indiferente… deja la bolsa detrás de la puerta y enciende de ruido todas las paredes, las mesas, las risas de los asiduos al vino.
Siempre se sienta en una pequeña mesa de una esquina, hace migas con el pan y canta canciones de anuncios de la televisión mientras espera que su madre le ponga la comida. Su padre en la barra parece apolillado por la rutina de la botella. Su madre con su voz cantarina le llama desde la cocina, él siempre se asusta, parece que no supiera que su madre le llamará para darle la comida. Come despacio pollo y patatas, le gusta mucho pero prefiere el flan, va a dejar hueco.
Al terminar de comer coge un taburete y se sienta en la puerta a esperar que pase la gente. Le gusta mirar los zapatos de las personas, le gustan los pies… uno, dos, uno, dos… le parece que están unidos por un hilo, uno arrastra al otro, es una persecución incansable. Muchas personas se paran, le miran, le sonríen… Con las paredes de azulejos de fondo son como sacados de un cuadro, Pablo sigue buscando pisadas.
Siempre se sienta en una pequeña mesa de una esquina, hace migas con el pan y canta canciones de anuncios de la televisión mientras espera que su madre le ponga la comida. Su padre en la barra parece apolillado por la rutina de la botella. Su madre con su voz cantarina le llama desde la cocina, él siempre se asusta, parece que no supiera que su madre le llamará para darle la comida. Come despacio pollo y patatas, le gusta mucho pero prefiere el flan, va a dejar hueco.
Al terminar de comer coge un taburete y se sienta en la puerta a esperar que pase la gente. Le gusta mirar los zapatos de las personas, le gustan los pies… uno, dos, uno, dos… le parece que están unidos por un hilo, uno arrastra al otro, es una persecución incansable. Muchas personas se paran, le miran, le sonríen… Con las paredes de azulejos de fondo son como sacados de un cuadro, Pablo sigue buscando pisadas.
Comentario:
Buena foto, ma gusta mucho. ¿Crees que podrías contarnos la historia de ésta(la real o una inventada, que se que eso se te da muy bien), a mi personalmente me gustaría escucharla. Pues nada, a ver si te animas... Un besito. Ciao.





