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Una discusión por el ascensor fue el origen de una pelea entre dos familias de un bloque de pisos de Granada en la que murió una de las vecinas, mientras que su esposo se encuentra grave con una puñalada en el abdomen.

El suceso ocurrió ayer, en el inmueble número dos de la calle Julio Moreno Dávila de Granada, en el marginal barrio norte de la capital. El presunto autor del asesinato es un hombre joven cuya identidad no ha sido facilitada y que fue detenido poco después de los incidentes.

Al parecer, las dos víctimas se enzarzaron en una discusión sobre el ascensor con una vecina de bloque. El hijo de esta última medió en la discusión y tras sacar un cuchillo apuñaló al matrimonio. La mujer, Encarnación Molinero, de 60 años de edad, recibió una puñalada en el tórax izquierdo y a pesar de las tareas de reanimación que le practicaron los servicios de emergencias del 061, murió una hora después totalmente desangrada.Su marido, José Rubio, de 70 años, recibió una puñalada en el abdomen y fue trasladado al Hospital Virgen de las Nieves de Granada.


La Verdad de Murcia, 5 de agosto de 2005

Ahora que ya han pasado unos días, y que los ánimos se han calmado, es hora de que confiese que todo eso pasó en casa de mis padres. No en la misma casa, haceos cargo, sino en el bloque de al lado. El "número dos de la calle Julio Moreno Dávila" está formado por dos bloques de 10 plantas (bloque A, bloque B, parece fácil, pero el encefalograma plano de los carteros requiere información extra en plan "el que está más a la derecha" y cosas así). De hecho, mi madre y mi hermana estuvieron implicadas. Ambas iban a trabajar (eran, más o menos, las ocho y media de la mañana, y fueron ellas las que avisaron a policía y ambulancias).

Ya estoy harto de decirles a todo el mundo que mi barrio, el Polígono de Cartuja, el barrio en el que me crié (nací en el Zaidín, ojo), no es tan peligroso como la gente se cree. Yo, particularmente, todos los problemas que he tenido han sido en la zona centro, o el Zaidín, o Almanjáyar. Pero claro, que estas cosas pasen justo debajo de donde tienes la piltra... pues la verdad es que se me quitan las ganas de volver a convencer a la gente de que vivo (bueno, a estas alturas es más correcto decir "vivía") en una zona tranquila y nada problemática.

Conozco de sobra (conocía) a la mujer muerta, aunque mucho más a su marido, Pepe. Ya le han dado el alta, ya está en casa (o eso parece). Es el hombre que siempre hace las chapuzas a los vecinos, un tipo afable perennemente vestido con un mono azul. Tiene un perro horroroso. Me pregunto qué ganas tendrá de vivir, de verdad. Hace tres años se le mató un nieto (o una nieta, no me acuerdo) con la moto. Hace dos, un hijo con un coche. Hace uno (salió en todas las noticias) su hija fue atropellada a traición por su pareja (y muerta). Ahora esto. Hace tres años que la maldición (alguna maldición tiene que haber de por medio, si no no me lo explico) cayó sobre esta familia, y el único que ha sobrevivido ha sido, precisamente, él. Pepe, el de toda la vida.

¿Qué coño hago si me lo cruzo ahora? Ya de por sí, cada vez que lo veía, lo saludaba casi susurrando (se me pasaban muchas cosas por la cabeza, sobre todo me preguntaba si era consciente de la mala suerte que ha arremolinado a su alrededor). Ahora le han matado a la mujer. Joder, se dice pronto. Y él se ha salvado de chiripa.

Asesinatos. En mi vida he conocido a un puñado de personas que han perdido la vida de muerte violenta. El padre de unas compañeras de clase en el instituto, que era escolta, murió en un atentado de ETA en Navarra (o en el País Vasco, o en Aragón, ahora no me acuerdo). Uno de mis peluqueros, el mismo que tenía una peluquería en la misma calle en la que ahora tengo mi peluquero, en el barrio de San Francisco Javier, murió en otro atentado de ETA, en Jardín de la Reina, un barrio de Granada (iba dentro de una furgoneta militar rumbo a la Base Aérea de Armilla, a cortar pelo, mismamente). Aparte, otra bomba de ETA, la que eliminaba las huellas del asesinato de Luis Portero, me estalló, cuando iba a mi lugar de trabajo (era el verano de 2000 y yo informatizaba datos en una ortopedia), a menos de cien metros (aún recuerdo el olor a pólvora, el llanto y griterío de la gente, las caras de desconcierto). No sé, en noches como éstas se me pasan mil cosas por la cabeza, y me acuerdo de tantas y tantas anécdotas nada graciosas sobre muertos, heridos y demás.

Yo sigo vivo.
No