batidos robots y dinosaurios
El robot articulable y el dinosaurio dorado de papel de bombón se dieron cuenta que si el techo no se les caía encima por los golpes de los obreros mientras estudiaban mediciones y biosferas sería más útil para sus vidas alimentar sus mentes con un buen batido de chocolate en un tren que les llevaría a una conversación lejana de las risas de la sala de estudio de matemáticas que una vez más rellenó huecos que podían quedar en blanco sin ratos muertos frente a un hombrecillo con cara de pez que buenos son los batidos de chocolate para decir las cosas que cuestan con un mejor trago.
Era un baúl más bien feillo
“Yo tenía un baúl exactamente igual que ese, solo que mucho más grande”. Ese fue su pensamiento a las 8:20 de la mañana cuando paseando al perro vio en la calle un baúl a modo de sillón, con su respaldo y todo, exactamente igual que al que tenía cuando era pequeña, era un baúl blanco de mimbre, más bien feillo. Encima, un microondas ocupando todo el espacio del asiento, alguien los había tirado.
Se quedó un rato mirándolo, y le dio la sensación de estar dentro de una película, en uno de esos momentos en el que el protagonista se queda un rato mirando algo y se da cuenta de algo, que parece cambiar su vida. “No puede ser, ¿quién se había dedicado a comercializar distintos tamaños de un baúl- sillón de mimbre así de feo?”.
Pasaron otro par de segundos, “no puede ser”. La niña seguía frente al baúl y al microondas, mientras, el perro daba vueltas por todos lados. En algún momento la niña volvió a andar, tenía que completar el paseo matutino del perro. Tenía la mente en blanco, solo andaba.
Cuando llegó al punto en el que siempre se da la vuelta, se paró un momento, de repente, mirando un coche blanco, se dio cuenta que se amiga comenzó a trabajar hacía un par de semanas y en breve, otra con la que había crecido desde hacía años, también comenzaba a trabajar.
En el paseo de vuelta, a lo lejos veía el baúl. Seguía andando. Cuando estuvo delante otra vez, se volvió a parar. En ese mismo momento se dio cuenta de todo. “Un baúl de mimbre no puede cambiar de tamaño –pensó la niña- si el baúl no puede cambiar de tamaño... la que cambia de tamaño, debo ser yo”.





