Documentalista de la 2
Y allí estábamos nosotros, sentados, esperando que viniera el autobús a por nosotros. Tras un par de percances, que tienen que ocurrir en todas las buenas aventuras, el autobús llegó justo cuando ya empezábamos a pensar que eso jamás sucedería.
Cada uno en su asiento, con el del lado vacío; éramos sólo unos poco los que nos habíamos decidido a usar uno de nuestros viernes para ampliar nuestros conocimientos sobre anfibios.
Primera parada, piscifactoría de Río Frío, donde aprendimos que hacen falta 18 años para que los maravillosos esturiones, den las preciadas bolitas denominadas caviar, que no son otra cosa que óvulos sin fecundar por las cuales se crían a estos maravillosos animalitos, que iban de la mano con los admirados dinosaurios pero que ellos aún consiguen vivir.
Segunda parada. El autobús se para en el arcén de una carretera que no creo que llegue ni al calificativo de comarcal. Noche clara, abierta, fría.
Nos enfundamos las botas de agua, todas prestadas por el departamento para la práctica de visu de anfibios. Cada uno de nosotros lleva, al menos, tres números mas que la talla de su pie. La bota baila y empieza a dejar pasar el frío.
Nos acercamos a la valla que tenemos que saltar; unos la levantan y otros la bajan. Uno a uno pasamos a través, tratando de no engancharnos en el espino. Encendemos la linterna frontal, queremos ver en mitad de la noche, en mitad de una sierra. El profesor nos indica que las apaguemos, que los ojos se acostumbran a la noche. Fe ciega en el, las apagamos. Comenzamos a llegar a la charca. Los sapos dejan de cantar porque hemos hecho mucho ruido. Pero conseguimos coger un par de gallipatos. Aprendo que no es el cruce de un gallo y un pato, sino un anfibio con forma de lagartija grande que saca las costillas por unas rugosidades para sacar veneno...
Seguimos andando con las linternas apagadas. Es cierto que los ojos se acostumbran, pero mas que la costumbre es el sentirse protagonista de un documental de anfibios de la dos. Andar por el campo, con un frío que traspasa dos camisetas, dos sudaderas y un chubasquero.
Si me tropiezo se me caen los dedos de los pies, estoy segura.
Pisando entre fango, andando unos quince minutos llegamos a través de una cuesta a otra charca, donde conseguimos sacar un par de tritones pigmeos. Todos a oscuras, todos en silencio, escuchando solo al profesor y sus explicaciones que parecen sacados de una enciclopedia animal.
Volvemos al autobús. Volvemos a saber lo que es el calor.
El profesor decide, que vamos a aprender cómo cantan ciertos anfibios y nos pone una cinta:
Canto de un sapo macho común: cro-cro-cro cro cro-cro
Canto de varios sapos comunes: cro-cro-cro-cro-cro-cro
Canto del sapo verde de las lagunas andaluzas: cru-cru-cru-cru....
Así durante unos veinte minutos; yo solo oigo ruido. Mas que sapos, algunos parecen pájaros.
Tercera parada, en medio de la nada. Andamos nuevamente con fe ciega en el profesor que nos guía por unos caminos sinuosos con paso firme hasta una nueva charca. Conseguimos ver nuevamente a otras especies de sapos. No me quedo con sus nombres. Conversamos en medio de la noche con escarcha, sobre los problemas de la dispersión de los anfibios.
Volvemos al autobús con la sensación de los documentalistas que han ido a hacer su trabajo pero las circunstancias no les eran favorables. No han conseguido plenamente mostrar al mundo lo que querían mostrar, pero ganan una nueva sensación: la de andar con el frontal apagado en mitad de una noche con el frío mas intenso que recuerdan, intentando escuchar el croar de un sapo tratando de llamar a una hembra, bajo un cielo estrellado como jamás lo habían visto.
Cada uno en su asiento, con el del lado vacío; éramos sólo unos poco los que nos habíamos decidido a usar uno de nuestros viernes para ampliar nuestros conocimientos sobre anfibios.
Primera parada, piscifactoría de Río Frío, donde aprendimos que hacen falta 18 años para que los maravillosos esturiones, den las preciadas bolitas denominadas caviar, que no son otra cosa que óvulos sin fecundar por las cuales se crían a estos maravillosos animalitos, que iban de la mano con los admirados dinosaurios pero que ellos aún consiguen vivir.
Segunda parada. El autobús se para en el arcén de una carretera que no creo que llegue ni al calificativo de comarcal. Noche clara, abierta, fría.
Nos enfundamos las botas de agua, todas prestadas por el departamento para la práctica de visu de anfibios. Cada uno de nosotros lleva, al menos, tres números mas que la talla de su pie. La bota baila y empieza a dejar pasar el frío.
Nos acercamos a la valla que tenemos que saltar; unos la levantan y otros la bajan. Uno a uno pasamos a través, tratando de no engancharnos en el espino. Encendemos la linterna frontal, queremos ver en mitad de la noche, en mitad de una sierra. El profesor nos indica que las apaguemos, que los ojos se acostumbran a la noche. Fe ciega en el, las apagamos. Comenzamos a llegar a la charca. Los sapos dejan de cantar porque hemos hecho mucho ruido. Pero conseguimos coger un par de gallipatos. Aprendo que no es el cruce de un gallo y un pato, sino un anfibio con forma de lagartija grande que saca las costillas por unas rugosidades para sacar veneno...
Seguimos andando con las linternas apagadas. Es cierto que los ojos se acostumbran, pero mas que la costumbre es el sentirse protagonista de un documental de anfibios de la dos. Andar por el campo, con un frío que traspasa dos camisetas, dos sudaderas y un chubasquero.
Si me tropiezo se me caen los dedos de los pies, estoy segura.
Pisando entre fango, andando unos quince minutos llegamos a través de una cuesta a otra charca, donde conseguimos sacar un par de tritones pigmeos. Todos a oscuras, todos en silencio, escuchando solo al profesor y sus explicaciones que parecen sacados de una enciclopedia animal.
Volvemos al autobús. Volvemos a saber lo que es el calor.
El profesor decide, que vamos a aprender cómo cantan ciertos anfibios y nos pone una cinta:
Canto de un sapo macho común: cro-cro-cro cro cro-cro
Canto de varios sapos comunes: cro-cro-cro-cro-cro-cro
Canto del sapo verde de las lagunas andaluzas: cru-cru-cru-cru....
Así durante unos veinte minutos; yo solo oigo ruido. Mas que sapos, algunos parecen pájaros.
Tercera parada, en medio de la nada. Andamos nuevamente con fe ciega en el profesor que nos guía por unos caminos sinuosos con paso firme hasta una nueva charca. Conseguimos ver nuevamente a otras especies de sapos. No me quedo con sus nombres. Conversamos en medio de la noche con escarcha, sobre los problemas de la dispersión de los anfibios.
Volvemos al autobús con la sensación de los documentalistas que han ido a hacer su trabajo pero las circunstancias no les eran favorables. No han conseguido plenamente mostrar al mundo lo que querían mostrar, pero ganan una nueva sensación: la de andar con el frontal apagado en mitad de una noche con el frío mas intenso que recuerdan, intentando escuchar el croar de un sapo tratando de llamar a una hembra, bajo un cielo estrellado como jamás lo habían visto.
Comentario:
Que way eso de estar 20 min escuchando cantos de anfibios! no son cantos gregorianos pero casi!! vivan los sapos las ranas....y sobre todo el esturion k lleba mas tiempo k nosotros en la tierra y acaban en piscisfactorias...
Comentario:
Los gallipatos son malos!!
No me gustan ¬¬_
Pero las ranas que hacen cru-cru-cru parecen simpaticas
No me gustan ¬¬_
Pero las ranas que hacen cru-cru-cru parecen simpaticas
Comentario:
Yo quiero ir a cazar gallipatos!!





