Marijaia bera gure Marijaia Bilbora etorri da Aste Nagusira!!!
Desde luego no me puedo quejar de mi verano. Cuando apenas había acabado de lavar la ropa que ensucié en Almería ya la estaba metiendo de nuevo en la mochila para irme a Bilbao a la semana grande.
El Acho llegó a Valencia el sábado por la noche y tras una noche tranquila (eso en este verano loco mío significa acostarse a las cinco) nos metimos en el coche para hacer los más 600 kilómetros que separan la casa de Jenny de la de mis padres. Sobre este viaje y aunque parezca mentira teniendo en cuenta que conduzco como una abuela (a la increíble velocidad máxima de 100 km/h) sólo puedo decir que no llegamos a poner la radio y que siendo sólo dos personas en el coche había que pedir turno para hablar. Pero es que claro, hacía unos meses que no nos veíamos y había mucho que contar.
Este viaje ha sido una especie de euskotour 2.0 con visita a la Arboleda, San Sebastián y vuelta turística por Bilbao incluida. Pero claro, el Acho no había estado allí nunca y a mi no me importa ver 10 veces algo si merece la pena.
Eso sí, no sólo de cultura vive el hombre. Además estuvimos un día en la playa (cinco años después volví a meter mi cuerpo en ese charco helado que algunos llaman mar Cantábrico) y bastantes más de fiesta. Yo ya había estado en la Aste Nagusia pero aquella vez estaba ennoviado y pasé menos días así que no lo disfruté tanto. Desde luego este año he recuperado el tiempo perdido.
El ambiente en la txoznas está bastante bien. Las vascas son más guapas de lo que yo recordaba y la alegría del sur y el este que llevábamos el Acho y yo encima es bastante apreciada por allí. Lo único es que nos emocionamos demasiado nosotros dos en nuestras labores de caza (somos dos machos adolescentes sin pareja, no lo podemos evitar) y dejamos un poco abandonada a Jenny de vez en cuando ¡lo sentimos niña! no volverá a pasar.
Momentos míticos fueron sin duda cuando volviendo en el autobús a las siete de la mañana las chicas que teníamos detrás dijeron que nosotros éramos los que habían estado en la playa de la Arena de Muskiz el día antes (la playa estaba abarrotada) que se habían fijado en el acento del Acho que hablaba de una tal Usb. Cuando el Acho dijo que la última vez que había estado con una mujer le quitó las gafas en vez de el pijama. O las frases que nos han dicho nuestras últimas conquistas como ¿esta noche no? o ¡que putada, no tengo condones!.
Tras litros y litros de alcohol nos fuimos de casa de Jenny, que ya empezábamos a molestar. Gracias por todo, aguantar a dos cazurros como nosotros casi una semana no es fácil. Ahora me toca cumplir a mí, a ver si a las próximas Fallas estoy en Valencia y podéis venir.
Aunque nuestro destino en principio era Valencia nos dimos cuenta que teníamos ganas de más así que en poco más de una hora nos plantamos en Santander. Tras conseguir una habitación céntrica, con una cama de matrimonio para los dos, un suelo que se inundaba cuando quería y sin luz (tuvieron que dejarnos una lámpara de mesita del año de la picor). Salimos decididos a ver la ciudad. No os diré nada nuevo si digo que me gustó bastante, sobre todo la península de la Magdalena una auténtica maravilla.
Pero lo que me sorprendió fue la cantidad y sobre todo calidad física de la mujer santanderina. Vamos que está lleno de tías buenas, eso sí un poco pijas para mi gusto. Así que después de unos cuantos pinchos nos preparamos para comernos la noche. Pero ahí estuvo nuestro error. Si había tanta niña mona es porque en general son bastante pijas así que la movida que hay en Santander (o la que nosotros conocimos) es pasarse de pie hablando hasta las cinco de la mañana en la plaza de Cañadío tomando cubatas o kalimotxo a un precio prohibitivo para estar en medio de la calle sin meterse en ningún sitio para bailar. Claro con la pinta de arrastrados que llevábamos los dos no teníamos nada que hacer así que como al día siguiente nos esperaban 700 kilómetros de viaje nos fuimos pronto a dormir (como ya digo, eso son las cuatro de la mañana).
Y poco más. De vuelta a Valencia dónde el Acho pasó media noche hasta que cogió el tren para Murcia. Eso sí, hemos hecho la promesa de volver a vernos los tres. Que yo aún tengo más ganas de marcha.
El Acho llegó a Valencia el sábado por la noche y tras una noche tranquila (eso en este verano loco mío significa acostarse a las cinco) nos metimos en el coche para hacer los más 600 kilómetros que separan la casa de Jenny de la de mis padres. Sobre este viaje y aunque parezca mentira teniendo en cuenta que conduzco como una abuela (a la increíble velocidad máxima de 100 km/h) sólo puedo decir que no llegamos a poner la radio y que siendo sólo dos personas en el coche había que pedir turno para hablar. Pero es que claro, hacía unos meses que no nos veíamos y había mucho que contar.
Este viaje ha sido una especie de euskotour 2.0 con visita a la Arboleda, San Sebastián y vuelta turística por Bilbao incluida. Pero claro, el Acho no había estado allí nunca y a mi no me importa ver 10 veces algo si merece la pena.
Eso sí, no sólo de cultura vive el hombre. Además estuvimos un día en la playa (cinco años después volví a meter mi cuerpo en ese charco helado que algunos llaman mar Cantábrico) y bastantes más de fiesta. Yo ya había estado en la Aste Nagusia pero aquella vez estaba ennoviado y pasé menos días así que no lo disfruté tanto. Desde luego este año he recuperado el tiempo perdido.
El ambiente en la txoznas está bastante bien. Las vascas son más guapas de lo que yo recordaba y la alegría del sur y el este que llevábamos el Acho y yo encima es bastante apreciada por allí. Lo único es que nos emocionamos demasiado nosotros dos en nuestras labores de caza (somos dos machos adolescentes sin pareja, no lo podemos evitar) y dejamos un poco abandonada a Jenny de vez en cuando ¡lo sentimos niña! no volverá a pasar.
Momentos míticos fueron sin duda cuando volviendo en el autobús a las siete de la mañana las chicas que teníamos detrás dijeron que nosotros éramos los que habían estado en la playa de la Arena de Muskiz el día antes (la playa estaba abarrotada) que se habían fijado en el acento del Acho que hablaba de una tal Usb. Cuando el Acho dijo que la última vez que había estado con una mujer le quitó las gafas en vez de el pijama. O las frases que nos han dicho nuestras últimas conquistas como ¿esta noche no? o ¡que putada, no tengo condones!.
Tras litros y litros de alcohol nos fuimos de casa de Jenny, que ya empezábamos a molestar. Gracias por todo, aguantar a dos cazurros como nosotros casi una semana no es fácil. Ahora me toca cumplir a mí, a ver si a las próximas Fallas estoy en Valencia y podéis venir.
Aunque nuestro destino en principio era Valencia nos dimos cuenta que teníamos ganas de más así que en poco más de una hora nos plantamos en Santander. Tras conseguir una habitación céntrica, con una cama de matrimonio para los dos, un suelo que se inundaba cuando quería y sin luz (tuvieron que dejarnos una lámpara de mesita del año de la picor). Salimos decididos a ver la ciudad. No os diré nada nuevo si digo que me gustó bastante, sobre todo la península de la Magdalena una auténtica maravilla.
Pero lo que me sorprendió fue la cantidad y sobre todo calidad física de la mujer santanderina. Vamos que está lleno de tías buenas, eso sí un poco pijas para mi gusto. Así que después de unos cuantos pinchos nos preparamos para comernos la noche. Pero ahí estuvo nuestro error. Si había tanta niña mona es porque en general son bastante pijas así que la movida que hay en Santander (o la que nosotros conocimos) es pasarse de pie hablando hasta las cinco de la mañana en la plaza de Cañadío tomando cubatas o kalimotxo a un precio prohibitivo para estar en medio de la calle sin meterse en ningún sitio para bailar. Claro con la pinta de arrastrados que llevábamos los dos no teníamos nada que hacer así que como al día siguiente nos esperaban 700 kilómetros de viaje nos fuimos pronto a dormir (como ya digo, eso son las cuatro de la mañana).
Y poco más. De vuelta a Valencia dónde el Acho pasó media noche hasta que cogió el tren para Murcia. Eso sí, hemos hecho la promesa de volver a vernos los tres. Que yo aún tengo más ganas de marcha.
De vuelta del campo
Ayer volví a casa después del campo de trabajo. Estas más de dos semanas de convivencia dan para mucho, tanto que me va a ser imposible contarlo. Como siempre en un campo de trabajo, llegas solo y te vas con un montón de amigos, en este caso amigas. Al final fuimos cinco voluntarios y veinte voluntarias (y eso porque dos danesas se fueron el segundo día). Si a esto se suma que yo era el único chico normal (el resto de chicos eran uno fue con la exnovia con la que dormía pero que se acabó enrollando con otra, un porrero farlopero pijo sevillano bastante capullo, un bisexual espiritual y un francés que apenas hablaba castellano) hace que haya sido el niño mimado de todas ellas. Si me ponía una camiseta roja venían cuatro o cinco chicas a decirme lo bien que me quedaba el rojo. Si me dejaba barba (tuve que hacerlo porque yo salía disfrazado de moro en un desfile) otras cuatro o cinco me decían que me quedaba muy bien. Si me afeitaba la barba y me dejaba perilla otras tantas a decirme que aún estaba mejor. Y cuando me puse el polo verde de Irlanda vinieron ocho o nueve a decirme que les encantaba y que, por supuesto, me quedaba muy bien el verde.
Además este ha sido el campo de trabajo en el que menos he trabajado. Nos despertaban a las diez y media y pasábamos un par de horas organizando actividades para la gente del pueblo. Luego estas actividades se realizaban por la tarde y por la noche, pero como esas cosas también se suelen hacer en otros campos de trabajo nos librábamos de las cuatro o cinco horas de trabajo físico de la mañana. Este horario tan flexible hizo que ya el primer día nos fuéramos a la cama las cuatro de la mañana, para ir poco a poco acostándose más tarde. De los quince días de campo yo he visto amanecer diez veces. Aunque parezca mentira el cuerpo se acostumbra a dormir menos de dos horas y si no le pides esfuerzo físico aguanta un par de semanas a ese ritmo. Bueno, incluso peor porque la última semana como eran las fiestas del pueblo nos pasamos las noches en el pub bebiendo cubatas a tres euros hasta que se hacía de día.
Tanto tiempo rodeado de chicas da para mucho, si lo sabes hacer bien, claro. Mi objetivo en el campo no era comerme algo, aunque no le dije que no cuando surgió la oportunidad. Yo me pasé diez días hablando con todo el mundo (voluntarias, voluntarios, monitores, gente del pueblo) aunque poco a poco vas conectando más con unos que con otros. Tras varios días de acercamiento, el miércoles, cinco noches antes del final pasó lo que tenía que pasar con Clementina, una cordobesa con ojos verdes preciosos. Eso sí, no os penséis que esos últimos días fueron una orgía de desenfreno sexual. Más bien todo lo contrario. Mientras nos estábamos liando ella decía que al día siguiente se iba a arrepentir. Efectivamente al día siguiente parece que se arrepintió y no pasó nada aunque tampoco me importó porque sólo había dormido una hora y bastante tuve con aguantar despierto. Eso sí, el viernes ya empecé el ataque definitivo, lo que no me esperaba es que me rechazara de esa manera. En pocas palabras ella no quería que volviera a pasar nada porque le caía bien y quería que fuéramos amigos. Vamos que tenía miedo de que me enamorara de ella. A mi me gusta bastante, pero yo tengo muy claro que vivimos a setecientos kilómetros y como ya tengo una experiencia con una relación a esa distancia tengo muy claro que no quiero que vuelva a pasar. Por eso le decía que se aprovechara de mí, que era un hombre objeto y que me utilizara que íbamos a seguir siendo amigos pasara lo que pasara, pero que era mejor aprovechar el momento. En el fondo yo creo que la que tenía miedo de que pasara algo más era ella. Al menos logré convencerla para que nos fuéramos al almacén dónde conseguimos un colchón y algo de intimidad. Allí nos pasamos un par de horas contándonos nuestras vidas hasta que amaneció. Al final resultó que el día siguiente (sábado) hubiera sido el noveno aniversario con su novio con el que cortó dos meses antes porque el le puso los cuernos con una alemana. Por eso según dijo ella, estaba en una fase golfa de su vida en la que no quería nada de compromiso. En ese poco compromiso que quería no estaba incluido ni siquiera ver al tío con el que se había liado la noche anterior.
Esa noche tras mas de cuatro horas de ataque continuo (puedo ser muy insistente cuando quiero) me fui a dormir a las ocho de la mañana cansado de que no me hiciera caso. Eso sí, a los quince minutos llegó ella y se metió en mi cama aunque no pasó nada, ni un par de besos. Además a las cuatro o cinco horas se fue a su cama a dormir.
Ya estábamos en el último día de campo y prácticamente no nos vimos. Yo me desperté antes que ella y me fui a la piscina. Cuando volví comí y me fui a dormir la siesta. Cuando me desperté ella se había ido a la piscina y ya no podía ir porque tenía que estar en el pasacalle de las fiestas (¿os he dicho que tuve que interpretar el papel de un general del caudillo que organizó los juegos moriscos?). Total que hasta más de las doce de la noche no nos vimos mas que cinco minutos en los que ella me dijo que sentía haberse ido a dormir conmigo porque se había dado cuenta que me había sentado mal y que si estaba falta de cariño no tenía que ser yo el que se lo diera. Aunque tuviera algo de razón en el fondo (mas que sentarme mal yo no entendía porque se apartaba de mí cuando se notaba que ella quería más y luego se metía en mi cama sólo para ser abrazada para luego irse sin dar ninguna explicación) le dije que no me importaba, es más que me gustaba (y es verdad).
Por la noche organizamos una fiesta de despedida en el albergue dónde el ron corrió como el agua. Tras algún ataque infructuoso, otra vez de día, yo le dije que me iba a dormir pero que no me importaría recibir una visita. Dicho y hecho, a los cinco minutos apareció ella y no nos importó que hubiera tres personas más en la habitación.
Después de aquella noche nos fuimos unos cuantos a pasar un día en Granada. Al principio éramos once pero nos quedamos a pasar la noche cinco. Bueno, más bien cuatro chicas y yo (Clementina se fue por la tarde porque tenía compromisos familiares). Lo mejor de todo es que nos quedamos en un apartamento en la calle Elvira, el mismo centro de Granada dónde nos pusieron una cama de matrimonio y una individual para los cinco, así que dormí con dos mujeres en braguitas a cada lado. Desde luego no me puedo quejar. Al día siguiente ya me quedé sólo con la Actriz secundaria Bob (mi otra gran confesora en el campo y que vio en directo como Clementina y yo nos dimos algo mas que las gracias por primera vez) y nos fuimos a casa de unos amigos suyos en un pueblo cerca de de Granada para acabar llegando a Valencia al día siguiente.
Durante este campo de trabajo me he dado cuenta de cual es mi tipo de chica. Hablando con Auswitz (un monitor en prácticas que se convirtió en mi mejor amigo allí y mi principal confesor) me di cuenta que no me importa el físico. Bueno, no voy a negarlo, el físico es importante, pero a mi me gustan rubias y morenas, flacas y gordas, altas y bajas no tengo un patrón definido. Lo que de verdad hace que una mujer pase de ser solo un cuerpo a algo más para mí es que necesite protección. De verdad, soy un maldito romántico, podría pasar horas abrazado a alguien a quien aprecio y que lo necesita. Para que luego digan que soy un cerdo machista.
PD: Es viernes por la noche. Acabo de escaquearme de mis amigos diciendo que iba un momento a casa mientras ellos siguen tomando cubatas. Estoy peor de lo que pensaba, la echo de menos.
Además este ha sido el campo de trabajo en el que menos he trabajado. Nos despertaban a las diez y media y pasábamos un par de horas organizando actividades para la gente del pueblo. Luego estas actividades se realizaban por la tarde y por la noche, pero como esas cosas también se suelen hacer en otros campos de trabajo nos librábamos de las cuatro o cinco horas de trabajo físico de la mañana. Este horario tan flexible hizo que ya el primer día nos fuéramos a la cama las cuatro de la mañana, para ir poco a poco acostándose más tarde. De los quince días de campo yo he visto amanecer diez veces. Aunque parezca mentira el cuerpo se acostumbra a dormir menos de dos horas y si no le pides esfuerzo físico aguanta un par de semanas a ese ritmo. Bueno, incluso peor porque la última semana como eran las fiestas del pueblo nos pasamos las noches en el pub bebiendo cubatas a tres euros hasta que se hacía de día.
Tanto tiempo rodeado de chicas da para mucho, si lo sabes hacer bien, claro. Mi objetivo en el campo no era comerme algo, aunque no le dije que no cuando surgió la oportunidad. Yo me pasé diez días hablando con todo el mundo (voluntarias, voluntarios, monitores, gente del pueblo) aunque poco a poco vas conectando más con unos que con otros. Tras varios días de acercamiento, el miércoles, cinco noches antes del final pasó lo que tenía que pasar con Clementina, una cordobesa con ojos verdes preciosos. Eso sí, no os penséis que esos últimos días fueron una orgía de desenfreno sexual. Más bien todo lo contrario. Mientras nos estábamos liando ella decía que al día siguiente se iba a arrepentir. Efectivamente al día siguiente parece que se arrepintió y no pasó nada aunque tampoco me importó porque sólo había dormido una hora y bastante tuve con aguantar despierto. Eso sí, el viernes ya empecé el ataque definitivo, lo que no me esperaba es que me rechazara de esa manera. En pocas palabras ella no quería que volviera a pasar nada porque le caía bien y quería que fuéramos amigos. Vamos que tenía miedo de que me enamorara de ella. A mi me gusta bastante, pero yo tengo muy claro que vivimos a setecientos kilómetros y como ya tengo una experiencia con una relación a esa distancia tengo muy claro que no quiero que vuelva a pasar. Por eso le decía que se aprovechara de mí, que era un hombre objeto y que me utilizara que íbamos a seguir siendo amigos pasara lo que pasara, pero que era mejor aprovechar el momento. En el fondo yo creo que la que tenía miedo de que pasara algo más era ella. Al menos logré convencerla para que nos fuéramos al almacén dónde conseguimos un colchón y algo de intimidad. Allí nos pasamos un par de horas contándonos nuestras vidas hasta que amaneció. Al final resultó que el día siguiente (sábado) hubiera sido el noveno aniversario con su novio con el que cortó dos meses antes porque el le puso los cuernos con una alemana. Por eso según dijo ella, estaba en una fase golfa de su vida en la que no quería nada de compromiso. En ese poco compromiso que quería no estaba incluido ni siquiera ver al tío con el que se había liado la noche anterior.
Esa noche tras mas de cuatro horas de ataque continuo (puedo ser muy insistente cuando quiero) me fui a dormir a las ocho de la mañana cansado de que no me hiciera caso. Eso sí, a los quince minutos llegó ella y se metió en mi cama aunque no pasó nada, ni un par de besos. Además a las cuatro o cinco horas se fue a su cama a dormir.
Ya estábamos en el último día de campo y prácticamente no nos vimos. Yo me desperté antes que ella y me fui a la piscina. Cuando volví comí y me fui a dormir la siesta. Cuando me desperté ella se había ido a la piscina y ya no podía ir porque tenía que estar en el pasacalle de las fiestas (¿os he dicho que tuve que interpretar el papel de un general del caudillo que organizó los juegos moriscos?). Total que hasta más de las doce de la noche no nos vimos mas que cinco minutos en los que ella me dijo que sentía haberse ido a dormir conmigo porque se había dado cuenta que me había sentado mal y que si estaba falta de cariño no tenía que ser yo el que se lo diera. Aunque tuviera algo de razón en el fondo (mas que sentarme mal yo no entendía porque se apartaba de mí cuando se notaba que ella quería más y luego se metía en mi cama sólo para ser abrazada para luego irse sin dar ninguna explicación) le dije que no me importaba, es más que me gustaba (y es verdad).
Por la noche organizamos una fiesta de despedida en el albergue dónde el ron corrió como el agua. Tras algún ataque infructuoso, otra vez de día, yo le dije que me iba a dormir pero que no me importaría recibir una visita. Dicho y hecho, a los cinco minutos apareció ella y no nos importó que hubiera tres personas más en la habitación.
Después de aquella noche nos fuimos unos cuantos a pasar un día en Granada. Al principio éramos once pero nos quedamos a pasar la noche cinco. Bueno, más bien cuatro chicas y yo (Clementina se fue por la tarde porque tenía compromisos familiares). Lo mejor de todo es que nos quedamos en un apartamento en la calle Elvira, el mismo centro de Granada dónde nos pusieron una cama de matrimonio y una individual para los cinco, así que dormí con dos mujeres en braguitas a cada lado. Desde luego no me puedo quejar. Al día siguiente ya me quedé sólo con la Actriz secundaria Bob (mi otra gran confesora en el campo y que vio en directo como Clementina y yo nos dimos algo mas que las gracias por primera vez) y nos fuimos a casa de unos amigos suyos en un pueblo cerca de de Granada para acabar llegando a Valencia al día siguiente.
Durante este campo de trabajo me he dado cuenta de cual es mi tipo de chica. Hablando con Auswitz (un monitor en prácticas que se convirtió en mi mejor amigo allí y mi principal confesor) me di cuenta que no me importa el físico. Bueno, no voy a negarlo, el físico es importante, pero a mi me gustan rubias y morenas, flacas y gordas, altas y bajas no tengo un patrón definido. Lo que de verdad hace que una mujer pase de ser solo un cuerpo a algo más para mí es que necesite protección. De verdad, soy un maldito romántico, podría pasar horas abrazado a alguien a quien aprecio y que lo necesita. Para que luego digan que soy un cerdo machista.
PD: Es viernes por la noche. Acabo de escaquearme de mis amigos diciendo que iba un momento a casa mientras ellos siguen tomando cubatas. Estoy peor de lo que pensaba, la echo de menos.





