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Memorias de un informático desengañado
Vida, vivencias e idas de olla de un informático desilusionado
Acerca de
Los pensamientos de un informático desengañado que ahora mismo está intentando el sueño de todo español, ser funcionario.
Mientras tanto dedica su vida a intentar pasarlo lo mejor posible durante los días existentes entre viaje y viaje.
Sindicación
 
Aquellos maravillosos años
Así me sentí en la cena. No puedo negarlo, cuando catorce años después de haber dejado el colegio con fama según mis compañeros de empollón e introvertido todos se sorprenden de lo alto que estás, de que estás más flaco, o de que estás puesto guapetón la verdad es que la moral te sube.

Yo me imaginaba que muchos se iban a sorprender al verme porque la verdad es que no me parezco casi nada al niño que acabó la EGB hace catorce años o al adolescente que abandonó el instituto hace ya diez. Por suerte hace ya unos años que me quité de encima los complejos que podía tener y me dediqué a ser yo mismo. Y la verdad es que si te sientes bien por dentro, acaba notándose por fuera.

Fue curioso volver a ver a mucha a la que había perdido el rastro hace años. Cuanto menos era divertido ver al que era uno de los más chulos del colegio y que tenía a la mitad de las niñas locas, convertido en un señor bajito, gordo y calvo. Tampoco estuvo mal hablar más de una hora con la chica en quien más pensé durante segundo de bachillerato aunque esté un poco desmejorada y su novio también haya sido compañero mío de clase. Interesante fue volver a ver a una chica a la que no presté mucha atención (en esa época las chicas no me resultaban interesantes) aunque fue conmigo a clase desde los tres hasta los catorce años convertida en una auténtica preciosidad sin importarme que después de toda la noche hablando me dijera que estaba intentando tener un hijo con su marido. O enterarme que si tiene suerte me puedo encontrar al año que viene en algún instituto como compañero de trabajo a uno de mis mejores amigos de aquella época.

También me gustó que casi todos me preguntaran por mi padre y que lo hicieran recordando anécdotas de una manera nostálgica sin guardar rencor por su supuesta dureza.

Una buena noche.
 
Catorce años después
El sábado pasado cuando estaba a punto de salir de casa para irme de fiesta recibí una extraña llamada de teléfono. Extraña primero por ser al teléfono fijo. Después de unos cuantos años de móviles con sus correspondientes politonos empieza a resultar raro escuchar el tradicional ring ring de toda la vida. Al otro lado del hilo había una persona que preguntaba por mí utilizando mi nombre y apellidos. Un poco asustado (este tipo de llamadas no suelen prometer nunca nada bueno) contesté que era yo. Por suerte no me comunicaron ninguna desgracia. Era un antiguo compañero de clase del que hacía años que no sabía nada. Me llamaba para decirme que hoy se iba a celebrar una cena de reencuentro de nuestro curso de octavo de EGB. Como hoy no tenía ningún plan mejor para allí que me voy en un rato.

Mi pueblo no es mi grande (unos cuarenta mil habitantes) pero el hecho de estar casi pegado a Valencia hace que en el fondo seamos un barrio más de la gran ciudad lo que hace que prácticamente no mantenga contacto con la gente que tantas horas de clase compartió conmigo. Además aquella época no fue de las mejores de mi vida. Sí, ya se que la adolescencia es dura para todos, pero en mi caso fue un poco más de la media. Mi padre era profesor en el colegio al que yo iba. Además era de los que tenía fama de duro, así que muchos compañeros me utilizaban a a mí para descargar las frustraciones que les ocasionaban los suspensos que mi padre repartía. Además yo era lo que se suele decir un poco repelente. Tenía pinta de empollón y aunque apenas estudiaba sacaba muy buenas notas (que según muchos compañeros conseguía gracias a las influencia de mi padre). Nunca fui agredido físicamente (ni estuve cerca de serlo tampoco) pero fui el objetivo constante de las burlas y menosprecios de gran parte de mis compañeros. Con ello, tal vez me volvía más retraído, lo que hacía que fuera un blanco más propicio aún para ellos.

A pesar de eso hice buenos amigos, que mantuve durante un tiempo aunque el discurrir de la vida se encargó de separarnos. Respecto a las chicas yo era demasiado tímido incluso para enamorarme por lo que aquella época de mi vida en el aspecto sentimental pasó un poco desapercibida. Sin embargo una de mis compañeras de clase siguió estudiando conmigo y sí que puedo decir que pensé en ella como algo más que una amiga unos años después aunque os tengo que decir que no creo que ella ni siquiera llegara a enterarse. Pues bien, da la casualidad que una de las que está organizando esto es ella.

No creo que pase nada. Es más no lo voy a buscar, pero no niego que me apetece volver a verla y que me hubiera gustado ser de otra manera durante aquellos años.
 
Mens sana in corpore sano
La frase hecha dice que somos lo que comemos. Con toda la razón que tiene en general la sabiduría popular habría que matizarla un poco. No somos sólo lo que comemos, sino también la cantidad que comemos.

Ayer Cuatro estrenó Soy lo que como un programa que tiene como objetivo analizar los hábitos alimenticios de los participantes para después ayudarles a corregir las pautas incorrectas con el objetivo de mejorar su salud.

Así dicho suena un poco pretencioso. Y lo es. Más que nada porque no pasa de ser un reality show con ínfulas de ayuda social. Digo esto porque uno de los casos presentados ayer es el de una familia sevillana cuyos dos hijos tienen problemas de peso. El chico tenía un poco de sobrepeso (su IMC estaba en torno a veintisiete, pero lo la niña ya era preocupante ya que su IMC casi llegaba a cincuenta. Para lograr semejante índice una niña de doce años que medía 155 centímetros pesaba 110 kilos. El momento culminante de la noche llegó cuando a los padres se les mostró una animación que intentaba mostrar el futuro de la niña si seguía como hasta ahora. Tras ver la animación la madre rompió a llorar. No era para menos, ya que la imagen de la niña con cuarenta años daba pena. Estaba avejentada, con el pelo cano (desde los 25 años una consecuencia clara del exceso de peso) y unas ojeras más grandes que los bocatas que se mete entre pecho y espalda. La amable presentadora le dijo que no estaba todo perdido. Si seguía los hábitos que su maravilloso programa le había indicado el resultado sería totalmente diferente. Dicho y hecho; en la nueva alimentación la niña no sólo se volvía delgada y guapa sino que su pelo lucía brillante y espeso y de las ojeras no quedaba ni rastro.

Tras semejante demostración seguro que la voluntariosa madre que ha permitido que su retoño se pareciera más a una cría de marsopa que a una niña de doce años habrá adoptado las complejas recomendaciones del programa. Estas son verdades ocultas al gran público y tan difíciles de entender como aumentar el consumo de fruta y verdura, reducir el de embutidos y productos grasos o eliminar las calorías vacías como puedan ser los refrescos carbonatados, las salsas procesadas o los azúcares refinados. No creo que sea tan complejo entender eso. Es evidente que por pocas calorías que tenga una coca-cola son más de las que posee la misma cantidad de agua por lo que lo normal sería eliminar esas calorías innecesarias aunque sean pocos ya que como se dice en Valencia tota pedra fa paret.

Pero es que aquí vamos a la parte más importante del asunto. Ahora que se supone que estamos ante la generación más preparada de la historia de nuestro país parece que nos hayamos vuelto tontos de repente. Digo esto porque en el tema de la alimentación no se oyen más que tonterías. De mi viaje por Italia me traje un trozo de queso de los Alpes. Es bastante fuerte y no debe ser precisamente sano, pero a mí me gusta y como no tengo problemas de peso lo puedo consumir sin problemas. Cuando llegué a mi piso lo metí en la nevera y apenas cinco minutos después ya olía toda a queso. Como mis compañeros me preguntaron que era eso se lo expliqué y les ofrecí un trozo si querían probarlo. Ante esa propuesta mi compañera dijo que no, que tenía mucha grasa y que no lo podía probar. Mejor para mí, más parte. Mi sorpresa vino al día siguiente cuando para la comida mi compañera (que cena sólo dos piezas de fruta) frió siete trozos de carne de cordero acompañadas de un calabacín. Pero lo mejor fue cuando de la nevera sacó un brick de nata líquida, lo vertió en un cuenco y empezó a comérselo a cucharadas. Yo no salía de mi asombro. No sólo por la repugnancia que me producía ver a alguien comiendo nata de esa manera (entre mis pocas fobias alimenticias está la nata, la tomo a cuentagotas) sino porque la misma persona que unas horas antes había rechazado un trozo de queso por tener demasiada grasa ahora se metía cucharadas de grasa pura que además es bastante perjudicial para la salud ya que a diferencia del aceite de oliva incrementa el nivel de colesterol malo.

Yo no entro en las preferencias gastronómicas de cada uno. Si le gusta la nata líquida está en su perfecto derecho de tomarla. Igual que la gente que le pone mantequilla a los bocadillos de chorizo o jamón. Para mí es algo desagradable, pero esto es como los culos, todos tenemos uno y no tiene porque gustarnos el de nuestra compañera de piso. Lo que no entiendo es que alguien supuestamente preocupado por su peso haga semejante barbaridad.

Aunque el verdadero problema está en la sociedad consumista en la que vivimos en la que somos un mero objetivo comercial cuya única función es consumir. En este país la nata líquida ha sido un producto desconocido hasta épocas recientes. Ello es debido a una simple cuestión climatológica: en la gran mayoría de este país llueve poco más que en el desierto por lo que el hecho de alimentar una vaca es mucho más caro que en otras regiones más húmedas. Por ello la grasa más utilizada para cocinar ha sido siempre el aceite de oliva. Sin embargo a principios de los noventa la industria láctea se encontró con un problema. Debido al constante incremento de la preocupación por mantener un peso adecuado se empezó a extender el uso de la leche desnatada. ¿Nunca os habéis preguntado como es posible que un producto que necesita más procesamiento que otro sea más barato? Muy sencillo, porque la nata que extraen a la leche en el proceso de desnatado es comercializada aparte. Por ello se logra que el precio de la leche desnatada sea más bajo que el de la leche entera. Pero claro ello provocó la existencia de un subproducto (la nata) que debían vender como fuera. Por ello comenzó una campaña de marketing subliminal para incrementar el uso de un ingrediente totalmente ajeno a nuestra gastronomía aunque sea en recetas inverosímiles. Aunque mucha gente no se lo crea, el ingrediente principal de la salsa carbonara son los huevos, no la nata, siendo esta utilizada en una cantidad mínima, pero claro, los huevos nunca han tenido problemas de venta.

Si se analiza la jugada, les ha salido redonda. Como la gente quiere adelgazar toma leche desnatada. La industria proporciona este nuevo producto cobrándote además el coste del procesado y vendiéndote el subproducto a precio de oro. Como además este subproducto no es bajo en calorías garantiza que la gente seguirá tomando leche desnatada para mantener la línea. Han conseguido la cuadratura del círculo.
 
Bratislava, Budapest y Trento
¿Como explicar lo que ha pasado todos estos días? Ocho jornadas de viaje con el Palanca y Mila por el este de Europa dan para mucho. Yo tenía un poco de miedo. Al fin y al cabo no se conocían, se llevan casi diez años de diferencia y tenían que pasar mucho tiempo juntos. Tampoco sabía seguro como iban a funcionar las cosas con Mila. Al fin y al cabo sólo la conocía cinco días y la última vez que la vi salí corriendo de su casa para no perder el avión apenas un par de horas después de habernos acostado por primera vez.

Por suerte ha salido casi todo bien. La cosa empezó en Bratislava. La ciudad es pequeña pero el centro está bastante bien conservado y tiene un poso austriaco que te hace recordar que hasta hace menos de cien años era parte del imperio Austro-Húngaro. Aunque según los lugareños no hacía nada de frío ya que lo normal es estar a quince bajo cero, los cinco negativos que llegamos a alcanzar eran bastante duros para mí. Puede que el único problema del viaje haya sido ese: he pasado frío como el que más (al menos para lo que estoy acostumbrado) pero no he visto la nieve ni de lejos, en fin otra vez será.

Tras un par de días nos fuimos a Budapest. De esta ciudad tengo poco que decir. Es conocida como la perla del Danubio y sin duda se lo ha ganado a pulso, muy recomendable visitarla. Como habíamos planeado pasamos la nochevieja en una plaza donde alrededor de un concierto había congregados miles de italianos, serbias que ven Upa dance, Azerbayanos que hablan castellano perfectamente y algún que otro húngaro.

El día de año nuevo fue el peor del viaje. Como es normal estaba todo prácticamente cerrado. Además empezó a diluviar mientras estábamos de visita turística así que tuvimos que volver corriendo a casa para no constiparnos. Como no teníamos nada mejor que hacer, la noche se nos pasó viendo un DVD con el rumano que también estaba en el albergue.

Por cierto, si alguien va alguna vez a Budapest sin duda uno de los mejores sitios para dormir es el East Hostel. Está muy cerca del centro (justo al lado del parlamento) y tiene camas desde diez euros (habitación séxtuple). Más que un albergue es una casa con tres habitaciones en la que puedes utilizar todo lo que tiene (cocina, DVD, Internet...) por la que el porrero del dueño apenas pasa, así que te sientes casi como en tu casa.

Tras un día malo vino el que sin duda fue el mejor del viaje. Salimos pronto de casa para aprovechar la soleada mañana. Escalar las colinas de Buda un día soleado que te permite ver con claridad la monumentalidad de esa impresionante ciudad es algo que nunca se me va a olvidar. Por la tarde nos metimos en los Baños Géllert. Tras tres horas a remojo probando las saunas, los baños turcos, las aguas termales, piscinas a 9º, 36º y 38º salimos con una sensación de felicidad indescriptible. Finalmente, Mila y yo conseguimos la intimidad que llevábamos varios días buscando tras ocupar la habitación doble en la que habían dormido dos finlandeses la noche antes.

Tras hacer una noche de escala en Bratislava donde probamos las delicias de la gastronomía eslovaca al disfrutar de un postre a base de patatas fritas en manteca de cerdo con semillas de amapola y azúcar glas, empezó la despedida. Dejamos al Palanca en el aeropuerto de Bérgamo (se volvía a Sevilla la mañana siguiente) y enfilamos rumbo a Trento. Cuando planeamos el viaje decidí pasar un par de días en Pavía (la ciudad donde estudiaba ella) pero como el día ocho empieza una beca Leonardo para Bruselas tuvimos que cambiar los planes. Así que sin esperarlo llegué a casa de mis suegros para pasar un par de días. No me puedo quejar para nada ya que todos me han tratado muy bien. Incluso puedo decir que a su padre le he caído bastante bien a pesar de las dificultades idiomáticas (mi italiano es decente para haber pasado allí sólo siete días, pero apenas puedo decir nada). Lo único es que su abuela piensa que soy demasiado mayor para su nieta (le saco más de cinco años) y por mucho que le dijimos que éramos sólo amigos no termino de convencerse. Además debido a u problema con el idioma cuando me dijo que me portara bien le contesté que cuando llegara a Valencia pensando que me había dicho que me afeitara. Creo que la única que no se rió fue la nonna.

Así que tras dos intensos días en Italia nos despedimos otra vez de una manera un poco precipitada con la promesa de vernos en Bruselas dentro de poco.